Echar raíces

11 diciembre 2006

 

 

 

Dar doctrina

(breve homilía)

 

Una vez que sus hermanos subieron a la fiesta, entonces él también subió, no públicamente sino como a escondidas. Los judíos le buscaban durante la fiesta y decían: ¿Dónde está ése? Y había entre la gente muchos comentarios acerca de él. Unos decían: Es bueno. Otros, en cambio: No. Seduce a la gente. Sin embargo, nadie hablaba abiertamente de él por miedo a los judíos (Jn 7, 10-13).

 

Se hacían muchos comentarios sobre él. Hacían conjeturas, juicios, críticas. En esta fiesta de los Tabernáculos que nos describe san Juan no se habla de otra cosa. ¿Dónde está ése?, preguntaban. Y en todos los corros y comidillas se repetía lo mismo. Lo llaman “ese” pues todo el mundo sabe quién es, y lo presienten en la fiesta, lo sospechan cerca. Y en efecto afirma el Evangelio que no subió públicamente sino como de incógnito.

 

¡Jesús incógnito! ¡Jesús verdaderamente presente en el Sagrario! Aquí, Señor, también estás de incógnito, pasas inadvertido. Estás en el centro de esta gran ciudad de los hombres, te metes de lleno la fiesta de nuestra vida, provocas comentarios, inquietas corazones.

 

¿Dónde está ése? Ignoran el dónde porque desconocen el quién. Se hacían muchos comentarios --sigue el Evangelio--. Unos decían “es bueno”; otros “no, sino que engaña a la gente”. ¿Cómo van a saber dónde está si apenas lo conocen?

 

Quien te conoce, Señor, te encuentra; quien te ama adivina tu paradero. Por eso estamos aquí, en esta capilla, adorándote, procurando hablar contigo. Pero tu lugar no es sólo la iglesia con minúscula sino todo el mundo, porque nos sales al paso en cualquier momento y circunstancia. Como en este episodio, en que te vemos deambulando por calles y plazas de Jerusalén, así estás en nuestra ciudad, sin que nadie te reconozca.

 

Se hacían muchos comentarios sobre él. ¡Cuántas ideas vagas, superficiales, infundadas sobre Jesús! ¡Cuánta confusión sobre la Iglesia, su enseñanza, sobre el Dogma, la Moral, la Liturgia! ¡Qué necesario dar buena doctrina, sembrar la verdad en los corazones! ¡Qué responsabilidad!

 

Dar doctrina no es dar datos, ni siquiera datos buenísimos y edificantes, sino dar a Cristo. Das a Cristo cuando explicas a un amigo, con gracia, con tacto, con ingenio, la fe que vives: los sacramentos, el magisterio sobre el matrimonio y la familia; das a Cristo cuando aconsejas un buen libro, y también cuando disientes respetuosa pero enérgicamente ante el error.

 

¡No te calles! Porque cuando dicen “¿dónde está ese?” tu sabes la respuesta ¡Sabes que se encuentra en su Iglesia, no sólo con minúscula sino con mayúscula, la Iglesia universal, la nueva Jerusalén!

 

Por amor de Sion no callaré --dice Isaías--, por amor de Jerusalén no descansaré, hasta que rompa la aurora de su justicia y su salvación llamee como antorcha (Is 62, 1).

 

Dar doctrina es un aspecto irrenunciable del apostolado cristiano, particularmente urgente hoy día. Pensemos en los colegios, la universidad, los medios de comunicación, la cultura. ¡Cuánta oscuridad! No sólo ignorancia, sino muchas veces deformación, desinformación, mentira. ¿Qué hay detrás de todo esto sino miedo, miedo a la verdad? Lo vemos en este episodio de los Tabernáculos: Nadie hablaba en público de él por miedo a los judíos.

 

¡Detrás de la ignorancia está el miedo! Miedo a lo que exige la verdad, a sus consecuencias, su ley. Sí, la verdad es ley de las conciencias, pero muchos prefieren amordazar la conciencia para hacer lo que les da la gana.

 

¿Qué haremos nosotros? Ante todo prepararnos bien: estudiar, leer, aprovechar las actividades formativas en que participamos.

 

“Urge difundir la luz de la doctrina de Cristo ---dice san Josemaría---.     Atesora formación, llénate de claridad de ideas, de plenitud del mensaje cristiano, para poder después transmitirlo a los demás” (Forja 841).

 

Y después, o mejor dicho, al mismo tiempo, buscaremos medios, lugares, ocasiones para hablar de Dios. De Dios y del hombre, que es su semejanza, porque todo lo humano habla de Dios y conduce a Él. “Camina por el hombre –dice san Agustín—y llegarás a Dios”.

 

¿Qué ágoras, por tanto, frecuentaremos? ¿No podríamos organizar o participar en alguna reunión, foro, tertulia donde podamos exponer nuestras ideas? ¿O colaborar en algún medio de comunicación, ahora que las nuevas tecnologías lo hacen tan asequible? O al menos ¿no podríamos influir más decisivamente a nuestro alrededor?

 

Se hacían muchos comentarios sobre Él. Comentemos también nosotros, pues tenemos mucho que decir. Conocemos a Cristo no de oídas, como tantos parlanchines, sino en persona, porque lo tratamos en la oración. ¿Y cómo no hablar de lo que nos llena el alma?

 

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