Echar raíces

17 abril 2007

 

 

Textos: Pablo Prieto

No apto para viejos                   

 

 

 

Tumbado a la bartola,

dormitando bajo la higuera,

estaba el apóstol Bartolomé

antes de convertirse,

en la postura que él mismo inventó,

medio acostado y medio sentado,

medio despierto y medio dormido,

medio pensando y medio soñando,

medio asintiendo y medio negando,

medio buscando y medio huyendo,

medio feliz y medio amargado,

medio enamorado y medio frustrado,

lo propio del hombre viejo son las medianías,

que adopta formas de lo más diversas:

apatía, aburrimiento, desencanto, desilusión, disipación, activismo, tristeza,

todo lo cual puede resumirse en una sola palabra:

pereza,

¿de qué?, no se sabe, pues la pereza es palabra perezosa

y le da pereza averiguar sus causas,

noséquémásdaquiénsabedéjamenpazayquécansaditostoy,

si oyes esto

es que tienes delante a un perezoso standard,

un mediocre resignado con su mediocridad,

que vive a la bartola,

que traga sumisamente el cóctel de su propia mentira,

aburrimiento, tristeza y miedo,

agítese bien y sírvase ni muy frío ni muy caliente,

míralo con esperanza, como pre-converso que es,

pero no entres a sus tristes razones:

“me gustaría pero no puedo,

levantarme a la hora, perseverar en el estudio, recoger la mesa, orar cada día, cortar la murmuración, aconsejar al confundido, dominar la concupiscencia, cambiar el mundo, 

uf, qué difícil,

el ambiente está crudo, si yo te contara,

todo me influye, me afecta, me repercute, me presiona, me agobia, me limita, ay”.

Porque detrás de un perezoso suele haber un miedoso,

su miedo no es de hacer esto o lo otro,

sino de ser quien es, de atreverse a serlo,

del vértigo de la vocación,

“¿y si fracaso?, se pregunta,

¿y si fallo en mi vocación, me lío, me ahogo, me rompo, me muero?,

¿y si defraudan mi entrega o hieren mi intimidad?”,

es el miedo congénito del pecado,

que hace al hombre tumbarse a la bartola,

buscar la felicidad en la facilidad,

preferir lo hacedero a lo verdadero,

bajo la higuera el mundo es pequeño y dulce como un higo,

es mejor comer higos que plantar bosques,

es más fácil engañarse que superarse”.

No entres, insisto, a estos capotes,

no le digas “quédate y te explicaré”,

dile por el contrario lo del apóstol Felipe:

ven y verás (Jn 1, 46),

arrástralo con tu amistad hacia los sacramentos, que son Cristo dándose,

porque sólo Él cura del miedo congénito,

el canguelo de la vocación,

el vértigo de la eternidad:

contempladlo y quedaréis radiantes, y vuestro rostro no se avergonzará (Sal 33,6).

 

* * * * * * * * * * *

 

¡Sursum corda! ¡levanta el corazón!, ¡arriba!,

reiníciate, enciéndete,

sal de tu agujero, déjate sacar,

¿no ves a Cristo que te tiende la mano?, ¿que te dice “sal fuera”?,

retuércete si es necesario,

como el niño lunático,

también san Pablo mordió el polvo antes de ver,

ánimo, muévete,

¿no ves a Bartimeo saltando a ciegas?

No salto porque vea, dice Bartimeo,

salto porque quiero ver,

¡salta!,

saltar ya es comenzar a ver,

fíate, mueve los brazos,

agítate como los diez leprosos,

que blandían sus muñones harapientos,

¡desgañítate!,

en el fondo del pozo de nada sirve suspirar,

desgárrate,

a ver si de una vez te penetra la gracia,

métete en ese Costado abierto,

¿acaso no ha venido a vendar los corazones desgarrados?,

ábrete paso, si estás sucia, desahuciada y arruinada como la Hemorroísa,

¿no la ves avanzar entre codazos y pisotones?,

chilla como la Cananea,

insiste, fastidia, incordia, molesta, machaca, marea,

hasta que los Apóstoles supliquen “Maestro haz algo por favor”,

venga, despierta, espabila,

no repitas por favor el numerito de Getsemaní,

levántate como Mateo del telonio,

deja ya de manosear tu calderilla…

reiníciate, enciéndete,

¡sursum corda!,

¡arriba los corazones!

  

* * * * * * * *

  

¡Líbrate de la momia!,

esa bruja que hay en ti,

san Pablo lo llamaba el hombre viejo (Efesios 4, 21),

el carcamal que cada cual lleva dentro,

cenizo, resabiado, siempre quejándose:

"no vale la pena",

"lo he intentado muchas veces",

"me gustaría pero no puedo",

"el ambiente está crudo, si usted supiera",

"ya me conozco".

¡No es cierto!:

nunca te conoces lo bastante como para estar seguro

de lo que puedes o de lo que quieres.

Vale ya de renquear:

es preciso nacer de nuevo (Jn 3, 7).

Y todos estamos por nacer,

por hacer,

por madurar,

por convertir.

La conversión es aquel parto, doloroso y gozoso,

en que la madre y la hija son la misma:

¡Sácate de dentro a esa persona maravillosa que hay en ti!

 

* * * * * * * *

 

¡Qué vida tan triste la del iceberg!

Resignado a flotar, es arrastrado por todas las corrientes.

Parece duro, pero va deshaciéndose poco a poco.

No es fácil acercarse a él, tan frío y cortante.

Cuando choca jamás se amolda ni se adapta, simplemente se rompe.

Aparenta mucho en la superficie, pero ignora su profundidad, que es tanta.

¡Qué triste, Señor, tanto iceberg a la deriva en el océano del mundo...!

 

* * * * * * * *

 

No quiero ser como soy,

me humilla ser como soy,

me arrepiento de ser como soy,

me propongo no ser como soy,

lucho por no ser como soy,

rezo para no ser como soy,

pero en cualquier caso, Señor,

ayúdame a aceptar

ser como soy.

 

* * * * * * * *

 

Tres tristes traspuestos,

haciendo el ridículo en Getsemaní,

de pura tristeza se dormían (Lucas 22, 45).

Mientras tanto el diablo les canta una nana:

duérmete niño, que viene el Coco,

y se come a los niños que duermen poco.

¡Ay, incautos, que nos sabéis

que son precisamente los dormidos

los que devora el Coco!

 

* * * * * * * *

 

Pellízcate,

no te duermas, venga,

esfuérzate por rezar en tu Getsemaní,

sus ojos estaban cargados por la tristeza,

zúrrate, espabílate, sacúdete,

la tristeza es la anestesia del diablo,

perseverad conmigo (Mt 26, 38),

nos dice despertándonos,

trabájate la oración, no me seas flojo,

mírame a Mí,

que estoy triste hasta la muerte (Lucas 22, 45),

y sin embargo me hinco de rodillas,

a Mí la tristeza me mantiene despierto

¡y tú ahí, acurrucado como un gato!

 

* * * * * * * *

 

Sujetadlo y conducidlo con cautela (Mc 14, 44),

dice Judas,

“es un sujeto imprevisible, lo sé por experiencia, llevo años con él y no me aclaro”.

Los hombres de Judas se mueren de miedo:

“ojo con las manos, que hacen milagros cuando menos lo esperas,

atádselas fuerte, cuidado”.

Por eso los hombres de Judas llevan palos y espadas,

y se ocultan en las sombras de la noche,

vaya a ser que su mirada les fulmine,

o que saque de pronto sus armas secretas,

con Jesús nunca se sabe.

No te acerques demasiado,

puede fastidiar tu fin de semana,

tu hora cómoda de levantarte,

tu sofá mullido ante la televisión,

átalo fuerte, ten cuidado,

puede involucrarte en asuntos espinosos,

o sacar a relucir tus trapicheos,

con Jesús nunca se sabe;

protégete,

escóndete en la penumbra,

no se te ocurra rezar,

no des la cara,

únete a la cuadrilla de Judas,

venga, coge tu palo…

 

* * * * * * * *

 

Cristo, Esposo de la Iglesia, nos envuelve a los cristianos en su boda sin fin.

La invitación se extiende a todos los hombres:

mi banquete está preparado, venid a las bodas (Mt 22,4).

 

Y tan íntimamente nos invita

que nos identificamos, misteriosamente, con la Esposa.

La Iglesia, en efecto es “el misterio de la íntima unión de cada hombre con Dios

y de todos los hombres entre sí”.

 

¿Y dónde se celebra?, ¿cómo ir?, ¿qué hacer?

Jesucristo se nos une estrechamente en cada Misa,

en cada sacramento,

cuando seguimos la enseñanza del Santo Padre,

cuando acogemos al prójimo en nombre suyo:

tu familia, tus amigos, tantos que esperan tu ayuda,

que languidecen en las cuatro esquinas del mundo:

ahí está la Iglesia.

 

* * * * * * * *

 

La boda entre Dios y la Humanidad tiene lugar en la Encarnación,

donde lo divino y lo humano forman una sola persona: Jesucristo.

Justamente esto es lo que celebramos en la Liturgia:

dos mil años de amor,

Jesús dándose sin cesar,

prodigando su misericordia,

su paz, su verdad candente y luminosa,

vendando corazones desgarrados,

haciéndose pan del peregrino,

esperándote en el Sagrario,

taladrando la Historia hasta llegar a ti;

Dios se ha hecho de tu misma pasta,

principio y fin de tu biografía,

Amor de los amores,

el único que puede saciar nuestro corazón,

ávido de ternura,

indómito y traicionero.

  

* * * * * * * *

 

Somos caminantes;

lo de aquí abajo es una travesía,

una escalada al Cielo, recia y esforzada:

¡qué angosta la puerta y estrecho el camino que conduce a la Vida! (Mt 7,14).

Pero vivimos de esperanza y no de experiencia.

El guía, el camino, las provisiones y la meta son la misma cosa:

Él.

¡Que nadie se eche atrás!,

¡sursum corda!,

¡tanto alcanzas cuanto esperas!

¡espera mucho, desea mucho!

¡desear es aumentar la capacidad de recibir!

Como los hijos del trueno, que dijeron a Jesús:

¡podemos! (Mc 10, 39).

Y tú ¿hasta dónde quieres llegar?,

¿te atreves al Cielo?,

¿por quién vives?,

¿te labras el amor?,

 ¿o te conformas con tu conformismo?,

¿esa vidilla ramplona y aburguesada?

Atención, no pierdas tu tren:

la aventura del hombre sobre la tierra se llama santidad.

 

* * * * * * * *

 

A chorros le salía la gracia,

de su Cuerpo

emanaba una fuerza milagrosa,

lo tocabas y si estabas comido de lepra,

si eras torpe, ciega y sordomuda,

o jorobada por los pecados,

te curabas por simple contacto,

sus gestos desprendían misericordia y perdón.

más tarde fundó la Iglesia, para que fuera su Cuerpo a través de los siglos,

quiere que accedamos a Él por esa puerta santa:

No vale autoabsolverse, autosalvarse, autoconfesarse,

enjuagarse los pecados uno mismo,

como Pilato con su palangana:

es más cómodo engañarse que superarse.

Tú, en cambio, ten el coraje de ponerte de rodillas como el leproso:

Señor, si quieres puedes limpiarme (Lucas 5, 12),

y recibir la gracia, la misericordia que sabe a beso,

el abrazo tierno de Dios-Padre.

 

* * * * * * * *

 

O cambias el mundo o el mundo te cambiará a ti.

Faltan cristianos de una pieza, intrépidos,

no cristianillos acomplejados y pusilánimes:

esto está que arde.

sois la luz del mundo (Mt 5, 14)

y hay que llegar a todos:

a los tristes,

a los aletargados,

a los que van a la deriva como un iceberg,

a los desfondados,

a los empantanados en la impureza,

a los que confunden felicidad con facilidad,

a los que arrastran la cadena de sus días,

amargados, aburridos,

disimulando el vacío con amores fáciles,

episódicos, epidérmicos

y sobradamente etílicos,

a las que malbaratan su intimidad en el rincón de un tugurio,

sin más expectativa que la resaca matutina,

el vómito dominical,

y todo con la complicidad de nuestro conformismo,

de nuestra decorosa inhibición,

de la cobardía políticamente correcta.

fuego he venido a traer a la tierra (Lc 12, 49).

Vale ya de complejos:

¿eres suficientemente valiente?,

¿leal con tus amigos?,

¿das esos consejos que escuecen pero curan?,

¿les hablas de Jesucristo?,

¿en la facultad, en el instituto, en el colegio, en el bar, en la disco, en la cancha?,

¿das la cara por el Papa?

el amor de Cristo nos apremia (2 Corintios 5, 14).

 

* * * * * * * *

 

La oración es oír, abrir y recibir a Jesús:

mira que estoy a la puerta y llamo;

si alguno oye mi voz y me abre, entraré a él, y cenaré con él

y él conmigo (Apocalipsis 3,20).

 

¡Descorre tus cerrojos,

ábrele de par en par!

Alza una oración potente y arrebatada:

no le des las sobras del día,

esos cuchicheos distraídos mientras concilias el sueño.

Para encontrarse con Cristo hay que chillar como la Cananea,

como Bartimeo que saltó hacia Él tirando su capa.

Cristo fascina, Cristo cautiva, encanta, electriza, enamora.

 

¿Le dedicas al día un rato sólo para Él?,

¿siquiera un cigarro para hablar de tú a tú?,

¿dejas que te organice la vida?,

¿repostas combustible en el Sagrario?,

¿y por la calle, te olvidas de orar?

 

Al cristiano de tercer milenio le gusta el asfalto,

lleva el rosario en el bolsillo,

pisa fuerte aquí abajo,

vive de lo que reza y reza de lo que vive,

se come el mundo,

y pasa tooooooooodo el día on line con Dios:

¡dondequiera que estés hay cobertura!.

 

 

* * * * * * * *

 

Limpiando los mocos de un niño o las babas de un retrasado no se nos caen los anillos.

O por ayudar a un minusválido,

o atender a un enfermo,

o asistir a un moribundo.

En las chabolas no huele a perfume pero está Cristo.

Búscalo entre los necesitados,

rózate con el dolor ajeno,

complícate la vida:

visitando a los abandonados,

colaborando en alguna obra social,

dando catequesis,

restaurando la vieja iglesia de un pueblo…:

sentirás que recibes mucho más de lo que das.

Y todo lo que no se da se pierde.

 

* * * * * * * *

 

Plántale cara al pecado,

invéntate la sonrisa,

reviste la pena de tu pecado con el traje de tu cariño,

perfuma el dolor por lo malo con el olor de lo bueno.

cuando ayunes perfuma tu cabeza y lava tu cara (Mt 6, 16),

La penitencia no sólo tiene mil caras,

sino que todas sonríen.

 

* * * * * * * *

  

Tu vida es el libro que vio san Juan en el Apocalipsis,

sus tapas están cerradas por siete broches o correas,

y no puedes abrirlo ni leerlo,

yo lloraba mucho porque no se encontró a nadie digno de abrirlo (Ap 5, 4).

¿Cómo no llorar si no puedes leer el libro de tu propia vida?,

¿si no entiendes porqué te pasa lo que te pasa,

qué significa, a qué viene, qué lectura tiene?

Haces bien en llorar si te has quedado al margen de tu propia novela,

sin protagonizarla,

arrastrado por las circunstancias;

si le has perdido el hilo a tu historia y ya no sabes de qué va.

Si te encuentras en esta tesitura, al menos ten el coraje de afrontar tu drama.

Haz como Juan: coge el libro de los siete sellos

y llórale a tu Dios…

 

* * * * * * * *

 

Olvidándome de lo que queda atrás me lanzo a lo que tengo por delante (Flp 3, 13).

Lo uno es requisito de lo otro.

Con ello no renuncio a mi historia sino todo lo contrario:

me dispongo a proseguirla.

No me olvido de la historia en cuanto vivida

sino en cuanto pasada.

Pero eso sí,

me olvido enérgicamente:

por mucho que pesen

hay que levar todas las anclas si quieres zarpar.

 

* * * * * * * *

 

Tuve miedo y por eso enterré tu talento…siervo holgazán. (Mt 25, 24-25).

La parábola pone de manifiesto ese vínculo sutil

que une la pereza con el miedo.

Detrás de un perezoso suele haber un miedoso.

El perezoso recula ante su propia grandeza,

y entonces alega la multiexcusa polivalente:

“no puedo”.

 

* * * * * * * *

 

Eres duro porque cosechas donde no sembraste (Mt 25, 24).

Quise sembrar, respondió Dios,

pero la semilla, que eras tú, no se dejaba…

 

* * * * * * * *

 

Si no te empeñas en ser humanísimo te quedas en humanorro.

 

* * * * * * * *

 

“Eso que dices es muy bonito, la teoría está muy bien,

pero sé realista, abre los ojos, la vida es dura”.

Así nos replica el pragmático de turno cuando le hablamos de santidad.

Me asombra esta fe inquebrantable que tienen algunos en lo que san Pablo llama “hombre viejo”:

el hombrecillo disminuido, desmedrado, mortecino, que desiste de sí,

que alega su impotencia como excusa de todos sus fracasos.

Creer en el hombre viejo requiere más fe aún

que creer en el nuevo, que es Cristo.

En contra de lo que parece, el problema del escéptico es un exceso de credulidad.

 

* * * * * * * *

 

Pese a su apariencia condescendiente el perezoso es inflexible consigo mismo:

se da por mediocre, se desecha como inútil, abdica de su grandeza, desiste de su vocación, se condena al hastío…

 

* * * * * * * *

 

El hombre viejo acata su debilidad como un dogma y pretende imponérsela a Dios para que le diga “amén”.

 

* * * * * * * *

 

Sólo amas si mejoras.

Quien ama está siempre corrigiéndose,

renovándose,

reformándose,

arrepintiéndose,

en estado de constante superación.

Quien ama no para quieto,

quien ama se curra,

quien ama se zurra.

 

* * * * * * * *

 

El día que digas “es que yo soy así” te saldrá el carcamal que llevas dentro.

 

* * * * * * * *

 

Deja de acariciar a ese androide que te empeñas en ser,

el muñeco de plástico que ha fabricado tu cobardía:

ese no eres tú.

Busca tu verdadera identidad,

pide a Cristo el don de conocerte:

a quien venciere le daré una piedrecita blanca, y en ella escrito un nombre nuevo, que nadie conoce sino el que lo recibe. (Apocalipsis 2, 17).

¡A quien venciere!

Porque sólo te conoces cuando luchas, y no al revés.

Eres mejor, mucho mejor de lo que sospechas:

sácate de dentro tu mejor tú.

 

* * * * * * * *

 

Sobre el sarcófago la cara del faraón reluce

risueña y mofletuda.

Ábrelo y encontrarás a la momia tiesa y pellejosa.

Si quieres ayudarle ten paciencia

pues las momias se lían mucho.

 

* * * * * * * *

 

El egoísmo está en ti como el gusano en su manzana:

crece comiendo,

come avanzando,

avanza creciendo.

 

* * * * * * * *

 

Créete.

No como un dogma de fe sino como una promesa.

Eres el milagro andante con que Dios te prueba su amor.

Mírate y cree que madurarás,

multiplicarás tus talentos,

descubrirás tus tesoros.

Tú eres infinitamente más que tú.

Créete y crécete.

 

* * * * * * * *

 

¡Señor, ábrenos!

pero él respondió: no os conozco (Mt 25).

Parece un castigo excesivo para unas chicuelas que ni son depravadas ni perversas

sino sólo un poco atolondradas,

inconscientes, ligeras, ya se sabe, cosas de la edad…

Así representa el Señor la estupidez que nos amenaza a todos,

sea cual sea la edad, sexo o condición.

Aunque también está escrito:

las meretrices precederán a los fariseos en el reino de los cielos.

Siendo así, ¿por qué se muestra el Juez tan inflexible con estas nenas olvidadizas, diciendo: no os conozco?

Quizá porque los pecados se cometen, se reconocen, se confiesan, se absuelven y se asimilan;

en cambio ¡ay de la fofa y suave y blanda indiferencia del al-fin-y-al-cabo-todo-da-más-o-menos-igual,

esa mullida vaguedad en que flotan tantas y tantos!

 

* * * * * * * *

 

Sólo se levanta quien se levanta para alguien.

Como las vírgenes: ¡que viene el esposo!;

como los muertos de Cafarnaún, y de Naím: a ti te digo, levántate;

como Lázaro podrido en su agujero: ¡sal fuera!;

como el lisiado de Jerusalén: levántate, toma tu camilla y anda;

como el mismo san José: levántate, toma al niño y a su madre y huye…

¡Cuántos sonámbulos, Señor, vagan por la tierra!

Avanzan dormidos sin darse cuenta.

Si se tropiezan unos con otros es porque en realidad aún no se han levantado.

 

* * * * * * * *

 

Un padre tenía dos hijos (Mt 21, 28).

A estos dos los reconozco en mí.

Siento, en efecto, dos voces que dicen una sí y otra no,

como los hermanos de la parábola:

ve a trabajar a mi viña, y uno responde no quiero, y otro .

Pero este era un síperoyaveremos,

síperodepende,

síperosiesotellamo,

síperosegúnquécosas.

En una palabra: dijo sí, pero no fue.

Qué poco crédito, Señor, tienen mis síes,

vacilantes, indecisos, engañosos.

El otro en cambio dijo no quiero, pero se arrepintió y fue.

Quien va arrepentido va mejor, llega antes, cava más hondo.

A esta viña divina ir, lo que se dice ir,

sólo se va arrepentido.

 

* * * * * * * *

 

Se arrepintió y fue.

Dijo sí moviendo los pies y no la lengua,

un sí que se mira y no se oye,

como la viña, Señor, que me mandas cuidar,

que crece y fructifica en silencio.

 

* * * * * * * *

 

Se arrepintió y fue.

En realidad no son dos actos sino uno sólo.

En esta viña arrepentirse de no ir ya es ir,

dolerse de no estar es haber llegado.

Porque en la viña de este Padre te labras tu filiación;

siembras, cultivas y riegas tu condición de hijo;

aquí te ahíjas trabajando tu sí,

diciéndolo con tu trabajo ordinario,

cara a Dios mi trabajo afirma y celebra y consolida mi condición de hijo,

y esta filiación da frutos,

o al menos, Señor,

con tu ayuda, quiero darlos.

 

* * * * * * * *

 

La penitencia todo lo asume y procesa:

el cansancio, la enfermedad, el estrés, el sueño.

 

Todo puede enderezarse a Dios para demostrarle arrepentimiento:

chascos,

disgustos,

impaciencias,

decepciones,

ingratitudes,

desilusiones,

incertidumbres.

 

Aplicando la debida intención todo se aprovecha:

lo que molesta,

lo que aburre,

lo que indigna,

lo que harta,

lo que crispa,

lo que enrabia.

 

Todo rinde amor, convenientemente reciclado:

la pesadumbre ante los fracasos,

la vergüenza de volver a las andadas,

la vista de la propia cochambre,

de tanto bicho que bulle en el corazón.

 

¡Todo vale, insisto!

 

El corazón contrito y humillado dios no lo desprecia (Salmo 50, 19).

 

Al Señor no le importa cómo fue triturada tu pobre basura:

lo que quiere es que se la entregues.

 

* * * * * * * *

 

"Qué guapo soy,

tengo cara de milagro",

pensaba el ciego de Jerusalén.

Le había dicho el Maestro:

anda y lávate en la piscina de Siloé,

que significa enviado (Jn 9, 6).

Y allá que se fue,

enviado por el Enviado a la piscina del Enviado,

a esa piscina que es Cristo mismo:

"lávate en mí y te verás en mí".

Untados de barro los ojos

avanzaba el ciego doblemente ciego.

"¡Vaya gafas que se ha echado!",

bromeaban los vecinos.

Y al lavarse lo primero que vio

fue su propia cara reflejada en el agua,

pues quien quiere mirarse tiene que lavarse.

Y se encontró francamente agraciado:

"qué guapo soy, Señor,

me parezco a mí mismo una barbaridad".

 

* * * * * * * *

  

El ciego mientras se lavaba el barro de los ojos, se veía a sí mismo.

Es un “verse” completamente distinto al de Narciso,

que se enamoró de su reflejo en el agua.

El ciego se maravilló viéndose en Cristo,

en cambio Narciso se ofuscó en su propia imagen y se ahogó en ella. (Cf. Jn 9, 6).

 

 

 

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