Fe, Razón e Historia

22 febrero 2007

 

 

Algunos errores y fantasías en el Código da Vinci

 

 

 

Quizás el principal argumento de Sir Leigh Teabing, el historiador que es uno de los principales personajes de El Código Da Vinci de Dan Brown, sería  éste: “¿Puedes demostrar que la Biblia es verdad”? Se le podría, a su vez, responder: “¿Puedes demostrar que son verdaderas tus afirmaciones con las que quieres asegurar que Jesús de Nazareth, el Hijo de Dios para los cristianos, es un personaje manipulado por una Iglesia que se movería sólo por oscuros intereses de poder”? La pregunta se hace extensiva al propio Dan Brown. De la lectura detallada de su libro también podríamos sacar una conclusión: “¿Cómo puede ajustarse a la verdad un libro que contiene numerosos errores históricos, y que además indica un profundo desconocimiento, por parte de su autor, sobre lo que es la Iglesia católica?”. Estamos ante un relato de fantasía, con todos los ingredientes comerciales para ser un best seller, sobre todo en una época en que muchas personas se ensimisman en lo misterioso y en lo oculto en un intento vano de escapar a la supuesta monotonía de sus vidas.

 

“Ni son ciencias ni están ocultas” dijo una vez un profesor con sentido común a un alumno que le confesó su interés por los temas esotéricos. Además en las críticas a la fe religiosa, ¿no se nos ha repetido, desde hace más de dos siglos, que lo que realmente importa es la razón humana? Pero ¿dónde está esa racionalidad en un mundo que hoy se deja llevar por las supersticiones y los conocimientos “secretos” para unos pocos iniciados, y que parece adherirse no al “pienso, luego existo” sino al “siento, luego existo”? El Código Da Vinci ha triunfado, entre otras cosas, porque alienta este mensaje que pretende “tranquilizar” a algunos y hasta servirles de supuesta coartada: “Nos han estado engañando durante veintiún siglos”. Es curioso que afirmen que todo es mentira aquellos que se proclaman relativistas. ¿No es el relativismo el arte de moverse con habilidad entre las aguas de la verdad y de la mentira por parte de quien ya no es capaz de distinguir entre una y otra? Es muy cierto que el libro está lleno tanto de errores como de fantasías, denominaciones que podrían ser perfectamente intercambiables. Estamos ante un engaño disfrazado,  eso sí de ficción literaria. Su carácter de ficción  admite la  poca consistencia de sus argumentos, pero tampoco pretende aportar grandes tesis. Basta tan sólo con sembrar la duda y, por tanto, la desconfianza, y si éstas caen en terreno abonado... De ahí que en muchos casos estemos ante un autoengaño por parte de algunos lectores pues el libro les da precisamente aquello que quieren leer. Si fuera una novela en que se desmitificara, por ejemplo, el caso Galileo, no hubiera tenido tanta difusión entre unos determinados ambientes siempre dispuestos a señalar con el dedo acusatorio a la Iglesia católica.

 Presentamos a continuación algunos de los errores o fantasías del libro de Brown, que no agotan, por supuesto, muchos otros existentes. De hecho, podría escribirse otro libro con ellos. En cualquier caso, su principal falacia es que un relato de ficción pretenda revestirse de las apariencias de la búsqueda de la verdad y de la objetividad.

 

UN ELOGIO DEL PAGANISMO

 

Robert Langdon, protagonista de El Código da Vinci, es un profesor de “simbología religiosa” en Harvard, aunque esta materia no existe ni en ésa ni en ninguna otra universidad seria.  Eso no quiere decir que no existan interesantes estudios sobre simbología, que nos ayudan a entender el significado del arte, sobre todo religioso. Lo cierto es que Langdon hace constantemente un elogio, por activa o por pasiva, de las religiones paganas anteriores al cristianismo. Insiste en que lo pagano no es satánico, tal y como se afirmara en los primeros siglos cristianos, cuando los ídolos de esas religiones eran asimilados a los demonios. Para Langdon, el paganismo es  tan sólo el culto a la Naturaleza, expresado en diferentes dioses, y que conservaron los campesinos del Imperio romano (el nombre se deriva de pagus, aldea) tras el triunfo del cristianismo en el siglo IV. Según Langdon, lo pagano acabó convirtiéndose injustamente en sinónimo de lo villano, lo malvado o lo ruin.

 

Este desprecio por el paganismo respondería además una conspiración de los cristianos para borrar el lado femenino en la religión, pues en el paganismo había muchas diosas. Podría tomarse esto por una apología feminista, pero también cabe deducir que el ideal de Langdon sería el andrógino, el hermafrodita (presente, por cierto, en la mitología griega), y hoy también vivo en la figura del “metrosexual” y que acaso tendría acaso otro precedente en el petimetre de la literatura del siglo XVIII. ¿Sería ése el auténtico equilibrio del ser humano del que algunos hablan? ¿Dónde esta ahí lo natural, que tanto se predica? Y es que al leer este nos queda la impresión de que hay quien querría dar por superada la existencia de los sexos –o de los géneros, como ahora se dice- y crear un nuevo ser con características de ambos. Si lo hemos visto en esas revistas de divulgación supuestamente científica, que proliferan en los quioscos, tampoco nos extrañará ver esa idea implícita en El Código da Vinci. De su lectura podríamos incluso especular sobre si la Mona Lisa de Leonardo era, en realidad, un ser andrógino.

 

En opinión de Langdon, el cristianismo se apropió de los símbolos paganos. Cita algunos ejemplos: el 25 de diciembre, día del nacimiento del dios pagano del Sol, pasó a celebrarse la Navidad o nacimiento de Cristo; el domingo o día elegido por los cristianos para su fiesta semanal era también el del culto al Sol (está presente en el sunday del idioma inglés)... En realidad, la fiesta de la Navidad fue fijada en la Iglesia oriental hacia el 379 ó 380, muchos años después del reinado de Constantino, a quien se atribuye el establecimiento de esa fiesta en el 25 de diciembre. En realidad, la fecha de la muerte de Jesús ya había sido celebrada por los cristianos del siglo II en el 25 de marzo, día también de la encarnación de Jesús y que coincide además aproximadamente con la Pascua judía, acontecimiento que coincidió, según nos relatan los evangelios, con la muerte de Jesús. Al parecer, al fijar esa fecha los cristianos seguían la tradición judía de que los grandes profetas morían el mismo día el mismo día en que habían nacido o habían sido concebidos. Si aceptamos el 25 de marzo como fecha de la concepción, nueve meses después tenemos el 25 de diciembre. En cualquier caso, no hay ninguna relación directa entre el 25 de diciembre cristiano y la fiesta pagana del nacimiento del Sol. Respecto al domingo, el día del Señor en que se conmemora la resurrección de Cristo, era celebrado por los cristianos desde el siglo I, tal y como podemos leer en los Hechos de los Apóstoles (20, 7), aunque también hay un testimonio más explícito de San Justino, filósofo cristiano del siglo II, que describe en su Primera Apología la celebración eucarística del domingo.

 

CAZA DE BRUJAS Y RITOS PAGANOS

 

Otra de las afirmaciones del Código da Vinci es que la Iglesia quemó cinco millones de brujas en trescientos años. Aunque no se dice, debe tratarse del período comprendido entre los siglos XVI y XIX, pero las cifras son tan exageradas como la extensión del período, que debió abarcar una parte de los siglos XVI y XVII. Los lugares debieron ser, sobre todo, Francia, Alemania y Suiza, países convulsionados entonces por las luchas político-religiosas entre católicos y protestantes. En algunos casos encontramos como responsables a autoridades católicas o protestantes, pero son muchos más los ejemplos de autoridades civiles. Por cierto, ¿a qué categoría, civil o religiosa, pertenecerían los responsables de la célebre “caza de brujas” en Salem, Massachussets, a finales del siglo XVII?  Y es que en el calvinismo, en su versión de los puritanos de Nueva Inglaterra o en la de la Ginebra de Calvino, difícilmente podía distinguir dónde empieza la esfera civil y la religiosa. En todo caso, para Teabing, el historiador de la novela, la “caza de brujas” sería una muestra de la continua persecución de lo femenino por parte de la Iglesia. Para él, además lo femenino va asociado a la Madre Tierra, a la Naturaleza, con lo que el trasfondo del mensaje del libro adquiere tintes más o menos ecologistas, además de feministas. De ahí que tampoco sea extraño que ese mensaje se vuelva izquierdista, pues, según Teabing, la izquierda ha representado siempre lo negativo, mientras que la derecha evoca lo positivo, la corrección, la destreza y la legalidad. Sin embargo, los conceptos de izquierda y derecha vienen de la Revolución Francesa, cuando los diputados se sentaban a la izquierda o la derecha del presidente de las asambleas. Es un contrasentido histórico hablar, por tanto, de persecución de la izquierda a lo largo de veintiún siglos de cristianismo.

 

Langdon tampoco entiende la presencia del crucifijo en la religión católica: ¿cómo se puede venerar un instrumento de tortura? No es casualidad que el crucifijo no esté presente en las iglesias protestantes y que las imágenes de Jesús, utilizadas por quienes gustan de lo esotérico o ven en él a uno de tantos profetas, nunca vayan asociadas a su crucifixión. Es, desde luego, una imagen molesta para algunas sensibilidades, las mismas que, con Nietzsche, pensaban que ha llegado el momento de sustituir la corona de espinas por la corona de rosas. De ahí sólo hay un paso hacia la idealización del paganismo y de otras religiones antiguas: en ellas existía incluso la prostitución sagrada en los templos. Esto es lo que nos recuerdan las afirmaciones de Langdon que idealizan la unión sexual de hombres y mujeres como medio para alcanzar una especie de nirvana, algo así como una experiencia de la divinidad, que, por cierto, debe ser un tanto breve. ¿No aletean por ahí las teorías de Freud? Ni que decir tiene que Langdon no hace ninguna alusión a la fecundidad –y eso que hay unas cuantas diosas paganas de la fecundidad- ni mucho menos a ningún tipo de convivencia estable, por no decir matrimonio. Un ejemplo gráfico es el ritual de entrada de la primavera que contempla Sophie, la protagonista femenina de la novela, y en el que el “oficiante” es su tío, el gran maestre de la sociedad secreta que aparece en el libro: el priorato de la Orden de Sión. ¿No es demasiada literatura –con todo su lenguaje florido de naturaleza, armonías y energías-  para adornar el erotismo?

 

Lo que nos parece una contradicción es que, después de tanto elogiar a las religiones paganas, el historiador Teabing acabe proclamando que todas las religiones están basadas en invenciones. Entendemos que Teabing vea invenciones en el cristianismo, pero si tampoco las religiones paganas, tan alabadas en el libro, contienen alguna verdad, ¿en qué debemos creer? Seguramente sólo en nosotros mismos, observadores perpetuos con el monóculo del escepticismo, salvo en los dogmas de lo políticamente correcto.El historiador de la novela se parece a esos paganos de la Roma antigua que no creían en su interior en los dioses paganos, pero hacían como que creían y participaban en toda clase de ceremonias externas, pues presumir de ateísmo podía socavar el orden social y político existente.

 

 LA DIVINIDAD DE CRISTO Y LOS EVANGELIOS GNOSTICOS

 

 Entre las afirmaciones de Teabing no falta la de que la Biblia es un producto del hombre, no de Dios. Dice también que fue Constantino el que tuvo el propósito de unificar   Roma con el cristianismo por medio del concilio de Nicea (325), aunque en El Código da Vinci no hay la más mínima referencia al arrianismo, doctrina que fue condenada en dicho concilio y que niega la divinidad de Cristo, exactamente igual que en la novela de Dan Brown. No obstante, Teabing afirma que antes de Nicea, Jesús (nunca se le llama Cristo en el libro) era un mortal para los cristianos. ¡Extraña religión que durante cuatro siglos había seguido a un simple mortal! ¿Cómo tomaban los cristianos por el Señor a alguien que sólo era mortal? ¿Qué llevaba a los mártires a padecer por él? ¿Nunca se había hablado en aquel tiempo de la resurrección de Cristo, presente en los Evangelios y en todos y cada uno de los escritos del Nuevo Testamento? Pero en la novela se señala que en Nicea fue aprobada  la divinidad de Jesús en una votación muy ajustada. Este sería el origen de la Iglesia católica, apostólica y romana, sin embargo la Iglesia ya era romana desde que Pedro, el primer Papa, se estableció en Roma.

 

 Según Teabing, Constantino habría hecho elaborar una Biblia en la que hay referencias a la divinidad de Cristo. Se habrían suprimido todos aquellos textos en que no existen  esas alusiones. Si esto es así, los secuaces de Constantino, que parecía tener más poder que el Papa, habrían tenido que elaborar apresuradamente el canon de libros del Nuevo Testamento. No obstante, los testimonios de los Padres de la Iglesia del siglo II ya nos señalan la existencia de unos libros básicos en la fe cristiana: los cuatro evangelios y las cartas de San Pablo. Con todo, insiste Teabing en que se salvaron los manuscritos del Mar Muerto (dice que se descubrieron en la década de 1950, cuando en realidad los descubrió accidentalmente un beduino jordano en 1947) y  los llamados evangelios gnósticos. Mas los manuscritos del mar Muerto no son textos cristianos sino que pertenecen a la secta judía de los esenios. Respecto a los evangelios gnósticos, es significativo que en ninguno se hable de la Pasión y Muerte de Jesús, punto central del Misterio cristiano. No es extraño, pues el gnosticismo (“gnosis” significa conocimiento) presume de ser espiritualista y todo aquello que tenga que ver con el sufrimiento o la muerte le repele. Tampoco se ven en estos evangelios que Jesús tenga sentimientos humanos –hambre, sed, sueño-, tal y como nos presentan los evangelios cristianos. El gnosticismo rechaza el cuerpo y el mundo material: considera que el cuerpo es una prisión del espíritu pero la liberación espiritual sólo lo alcanzan unos pocos iniciados. Así, la religión, que tiene más de magia y rito que de creencia, se transforma en un asunto puramente individual. ¿No nos recuerda esto ese “sé tú mismo” que tanto predican los profetas de la New Age y de las religiones de supermercado que nos inundan con sus libros, revistas y programas televisivos? Nada que ver con el “conócete a ti mismo” socrático, pero ese eslogan lleno de racionalidad no es políticamente correcto en esta época de espiritualismos desencarnados.

 

MARIA MAGDALENA

 

Otra afirmación de  Teabing es que los evangelios gnósticos son las únicas fuentes que nos permitirían vislumbrar la verdad sobre María Magdalena, que  fue difamada y tachada de prostituta por la Iglesia primitiva. No es cierto, pues la Iglesia la considera como santa, ya que estuvo junto a la cruz de Jesús y anunció a los apóstoles la Resurrección del Maestro (Jn 20, 11-18). En ningún momento se dice en los evangelios que fuera una prostituta. En el de Lucas (8, 2-3) se la menciona entre las mujeres que seguían a Jesús, pues había echado de ella siete demonios. Es cierto que en el capítulo anterior de este mismo evangelista, se narra que una pecadora ungió con perfume los pies del Maestro (Lc 7, 36-49), mas no hay ningún indicio que la identifique con María Magdalena. Mas la gran “revelación” de la novela de Brown es que Jesús se casó con Magdalena, según se deduciría de algunos evangelios gnósticos. Por ejemplo, en el Evangelio de María Magdalena, Pedro reprocha a Jesús que la prefiere a los apóstoles. Es otro ejemplo más de rechazo del primado de Pedro, del antirromanismo característico del protestantismo, y otro motivo para acusar al catolicismo de misógino. Sin embargo, ¿por qué no cita Brown un evangelio gnóstico como el de Tomás? En él se pone en boca de Jesús: “Porque cada mujer que se haga a sí misma varón entrará en el reino de los cielos”. Si de esto se deduce que los gnósticos del siglo II eran feministas...

 

Otra de las ocurrencias de Teabing es que María Magdalena pertenecía a la tribu de Benjamín, y era además de sangre real. Así pues, el supuesto matrimonio de Jesús y María continuaría esa estirpe. Pero, ¿dónde está la realeza en la tribu de Benjamín? Sólo la encontramos en Saúl, primer rey de Israel (libro I de Samuel), pero allí también se lee que ese rey perdió la confianza de Dios: el profeta Samuel le dice que su reino no se mantendrá (I Sam 13, 13).  Mas sigamos con las fantasías de Teabing:  tras la muerte de Jesús, María habría dado a luz a una niña llamada Sara. Con la ayuda del tío (¡) de Jesús, José de Arimatea, Magdalena viajó en secreto a Francia. Su linaje se perpetuaría  hasta el siglo V, en el que sus descendientes habrían emparentado con los reyes merovingios. Por cierto, en la novela se dice que los merovingios fundaron París, aunque sus fundadores fueron una tribu céltica del siglo III a de C., los parisii. De cualquier modo, los romanos ya conocían París y le dieron el nombre de Lutetia. Según Teabing, Dagoberto fue el último rey merovingio (finales del siglo VII),  y entre sus descendientes estaría Godofredo de Bouillon, uno de los líderes de la primera cruzada. Pero el último rey merovingio fue Chilperico III y fue depuesto por Pipino el Breve, fundador de la dinastía carolingia y padre de Carlomagno, y esto sucedió a mediados del siglo VIII. Teabing está implícitamente desechando la legitimidad de los carolingios, en particular la de Carlomagno, coronado como emperador de Occidente por el Papa León III en el año 800. Nos está queriendo decir que hubo una conspiración promovida por el sucesor de Pedro y  los carolingios, continuadores entonces del imperio de Constantino, para eliminar a la dinastía merovingia, los verdaderos descendientes de Jesús y María Magdalena. Vuelve a salir de nuevo el antirromanismo.

 

Teabing señala además que, con el cambio de milenio, habría llegado el momento de revelar el gran secreto, celosamente guardado por la Iglesia católica. Hemos entrado en la Era de Acuario (¡otra vez la New Age!) y se acabó la Era de Piscis (el pez es el símbolo cristiano que encontramos, por ejemplo, en las Catacumbas). El mensaje concluyente de Teabing podría figurar en la contraportada de cualquier libro de autoayuda: “Los hombres aprenderán la verdad y aprenderán por sí mismos”. Y es que en la Era de Piscis, el hombre no debía de pensar por sí mismo.

 

LEONARDO DA VINCI Y EL SANTO GRIAL

 

Según El Código da Vinci, Leonardo era homosexual y adorador de la naturaleza, pero no se aportan pruebas concluyentes. Una cosa es que Leonardo pudiera ser un tanto anticlerical, como algunos sabios renacentistas,  y otra que no fuera creyente. Se afirma además en el libro que el artista aceptó cientos de encargos lucrativos que le hizo el Vaticano. No es cierto, pues Leonardo apenas estuvo en Roma, y desarrolló su carrera principalmente en Milán y la corte francesa. Con Leonardo, el personaje de Langdon vuelve a expresar su interés por lo andrógino – o por lo homosexual, que no está tan distante-, y así llega a decir que la Mona Lisa es Leonardo disfrazado de mujer. Es más: Mona Lisa sería un anagrama de los dioses egipcios Amón e Isis, un ejemplo del equilibrio entre lo masculino y lo femenino. Mas no es cierto que Amón tenga nada que ver con la fertilidad, pues no estaba asociado este dios solar a la diosa Isis, que sí simbolizaba lo fértil. En cualquier caso, Leonardo nunca dio el nombre de Mona Lisa a este retrato. Lo hizo su biógrafo Giorgio Vasari tres décadas después de su muerte. No obstante, se atribuye la identidad de la retratada a Lisa, esposa de un ciudadano florentino llamado Francesco del Giocondo.

 

Sophie, la protagonista de la novela, usa el cuadro de Leonardo “La Virgen de las Rocas”, como un escudo y lo aprieta junto a su cuerpo. Es asombroso porque es una tabla de madera, no un lienzo, y mide casi dos metros de altura. Se nos dice también que el paisaje tenebroso de este cuadro representa un lugar de Escocia, con lo cual se enlaza con las leyendas del Santo Grial y el ciclo artúrico. Mas en la novela, el Grial no es el cáliz de la Ultima Cena sino una mujer, María Magdalena. Ella es, y no Juan, el personaje que está más cerca de Jesús en La Ultima Cena de Leonardo. Si esto es así, ¿por qué no aparece  también en el cuadro este discípulo, tan citado en los evangelios? Al hablar de este cuadro, se da pie también a otro error. Dan Brown debe de creer que la escena representa la institución de la Eucaristía, pero cómo no se ve el cáliz, el novelista concluye que en realidad el cáliz es un símbolo del vientre femenino, de la fecundidad y de la diosa. El Grial es, por tanto, la mismísima Magdalena, que estaría al lado de Jesús. Brown se equivoca, pues el cuadro lo que realmente representa es el momento en que el Maestro revela a sus apóstoles que uno de ellos le habrá de traicionar (Jn 13,  21-30). No es necesario, en consecuencia, que aparezcan en escena el pan y el cáliz.

 

La conclusión de toda estas teorías, expuestas en boca de Robert  Langdon, es que el varón creó el concepto de pecado original, pues Eva resulta culpable de haberle engañado con la manzana. Nada de eso se dice en el Génesis: allí se dice que quien engaña es la serpiente. Ella representa al enemigo del ser humano, el demonio, el que arroja la  sospecha sobre el propio Dios e incita a Adán y Eva a pecar (Gn 2, 1-6).

 

UN “MONJE” DEL OPUS DEI

 

 El asesino de la novela es el albino Silas, al que se califica de monje del Opus Dei, y va por ahí eliminando gente, sin desprenderse de su hábito. Es evidente la falsedad, pues el Opus Dei no es una orden religiosa sino una prelatura de la Iglesia católica, y está integrada por laicos y sacerdotes. Su sede central no está en la Lexington Avenue de Nueva York sino en Roma, al contrario de lo que se dice en la novela. No hay tampoco ningún “Maestro” (¡otra vez la religión para unos pocos iniciados!) en la Obra. Se diría que el Opus Dei juega en estas páginas el mismo tópico papel que desempeñaron los jesuitas en siglos anteriores: una especie de “larga mano” del Papado, un supuesto centro de poder más poderoso que el propio Vaticano. Al final aparece en el libro un Papa “reformista” que está dispuesto a anular la concesión de la Prelatura y que llega a proponer que los miembros de la Obra se separen de la Iglesia y formen un grupo aparte. Algo absolutamente inverosímil, tanto como el citado monje Silas, que nos recuerda a los personajes literarios del monstruo de Frankestein y de Quasimodo. Es el prototipo del asesino torpe y manipulado por otros, y para ser un ultraortodoxo católico, no tiene mucha idea de lo que puede haber en el altar de una iglesia, pues cuando visita la iglesia de Saint Sulpice en París, descubre una inscripción referente a un pasaje del libro de Job (38, 11). A Silas no se le ocurre otra cosa  que consultar este pasaje en una Biblia que hay en el altar. Mas en los altares católicos no se encuentran biblias sino misales.

 

EL PRIORATO DE SION

 

Según El Código da Vinci, Godofredo de Bouillon, descendiente de los reyes merovingios y participante en la Primera Cruzada, habría sido el encargado de velar por los documentos que supuestamente aparecieron bajo las ruinas del templo de Herodes, y bajo las del templo de Salomón. Estos documentos contendrían, por supuesto, la verdadera historia de Jesús y la Magdalena. La Iglesia habría querido hacerse con ellos, pero los templarios, detentadores del secreto, habrían chantajeado al Papado con su divulgación, lo que les habría producido un  poder político y religioso inusitado en Europa Occidental hasta principios del siglo XIV, cuando en 1307 la codicia del rey francés Felipe IV llevó a la supresión de la orden,  medida autorizada por el Papa Clemente V. En la novela no se habla del papel del rey francés y se cargan las tintas sobre el Papa que no residía en Roma, como se dice en el libro, sino en Aviñón. Desde entonces las leyendas sobre los templarios han estado ligadas a todos los esoterismos posibles, y en particular a la masonería. Pero no fueron ellos los impulsores del arte gótico –otra falsedad- sino los monjes cistercieneses. Godofredo de Bouillon tampoco fue un fundador de los templarios, pues murió en 1100, un año después de la conquista de Jerusalén por los cruzados. La fundación de la orden tuvo lugar aproximadamente dos décadas después.

 

El Priorato de la Orden de Sión sería el continuador de los templarios, algo que ya apareció en el libro El enigma sagrado, aparecido en 1981, traducido a diversos idiomas y ampliamente divulgado por una serie documental de la BBC. Su primer gran maestre habría sido Godofredo de Bouillon, pero lo más inverosímil es la lista de dirigentes que se han sucedido a lo largo de los siglos. Se trata de celebridades como Sandro Botticelli, Leonardo da Vinci, Isaac Newton, Víctor Hugo, Claude Debussy o Jean Cocteau. Naturalmente falta el nombre del gran maestre actual... Mas la referencia a esta supuesta orden es mucho más reciente: se remonta a finales de la década de1950 y se relaciona con las andanzas de Pierre Plantard, un individuo que se presentaba como descendiente de los reyes merovingios y que estaba relacionado con grupos de extrema derecha de marcado carácter antisemita. Un detalle para reflexionar: quienes sean antisemitas, forzosamente tienen que ser anticristianos. La afirmación es también cierta si la formulamos a la inversa. Es una cuestión de coherencia ideológica. Después de todo, Jesús era judío.

  

CONCLUSION

 

Alguien podría alegar que, después de todo, El Código da Vinci es una novela, un relato de ficción al que no hay que dar demasiada importancia. Lo que pasa es que Dan Brown presenta su obra como un descubrimiento de la auténtica realidad sobre Jesús. Está sugiriendo que el cristianismo, y en particular la Iglesia católica, es desde sus orígenes la historia de una tremenda manipulación: los fieles  habrían sido engañados durante más de dos milenios. Y ahora resulta que una novela sirve para revelar la verdad, el “gran secreto” escondido de Jesús y María Magdalena.

 

Hay quien pensará que puede que haya algo de cierto en esta trama, pese a los innumerables errores históricos contenidos en la novela. Mas nunca encontraremos una verdad de fondo revestida con un aluvión de errores de forma. El relativismo imperante no podrá convencernos de lo contrario. Con todas las mentiras, aunque se repitan por activa o por pasiva, nunca se construye una sola verdad.

 

Antonio R. Rubio Plo.  Revista Arbil, n. 89

 

 

Página principal

darfruto.com