Fe, Razón e Historia

04 marzo 2008

 

 

65 años del estreno de Casablanca:

El dilema moral de Rick Blaine

 

 

 

 

A finales de noviembre de 1942 tenía lugar el estreno en Nueva York del film Casablanca, mito permanente del cine y a la vez un destacado ejemplo de la propaganda aliada en la pantalla durante la II Guerra Mundial. No fue casualidad que la película se exhibiera poco después del desembarco angloamericano en el norte de África, aunque el estreno estuviera inicialmente previsto para enero. Fue una decisión de la Warner Bros, que al mismo tiempo despachó a Marruecos algunas copias del film para que pudieran ser vistas por las tropas. El crítico del New York Times fue el más entusiasta con un film cuyo protagonista Rick Blaine, encarnado por Humphrey Bogart, era el arquetipo de quienes presentaban una enconada resistencia “a las fuerzas del mal que están en pie hoy en Europa”. Señalaba además que la película no haría feliz al gobierno colaboracionista francés de Vichy, aunque esto era otro mérito a su favor.

 

En un tiempo de incertidumbres y peligros, los guionistas Julius y Philiph Epstein buscaban que muchos espectadores americanos pudieran identificarse con Rick, el solitario y en apariencia cínico propietario de un café de Casablanca, el hombre que confiesa a Renault, el corrupto capitán de policía francés, que “nunca arriesga su cuello por nadie”, y que recibe la respuesta de que ésa es una “inteligente política exterior”. Pero es sabido que al final Rick se sacrifica por el bando del bien y ayuda a escapar a Ilsa, su antigua novia, con su marido Víctor Laszlo, un jefe de la resistencia checa.

 

Casablanca sigue planteando dilemas de tipo moral en su tiempo y en el nuestro. Los apremiantes conflictos éticos se imponen sobre los efectos externos del film: las luces y penumbras de unas imágenes de corte expresionista que se abaten sobre personajes presos de la angustia, del fracaso o la desilusión. El café de Rick es un lugar peligroso para los refugiados del nazismo que confluyen en él: un purgatorio que puede no tener la salida del paraíso e incluso ser la antesala del infierno. De hecho sería el mismísimo infierno si algunos de sus ocasionales transeúntes no se ayudaran a veces entre sí. Hay, por tanto, un enfrentamiento entre el bien y el mal; y quizás esto es lo que explica la perennidad de una mítica película, pues nada hay más pasajero que el relativismo moral. Deberíamos pensar que las obras del cine o la literatura en las que los personajes tengan rasgos de ambigüedad moral están llamadas a envejecer más rápidamente que otras en los que sus protagonistas respondan a modelos más definidos. No es extraño que un film en color de los 60 y 70 se nos pueda presentar más deslavazado que otro en blanco y negro de los 40 como Casablanca. Y es que los antihéroes suelen ser seres convulsos y un tanto esquizofrénicos. No pocas veces son retrato de un tiempo determinado y están predispuestos a envejecer mal.

 

Casablanca era también un llamamiento a la redención, sobre todo de los americanos aislacionistas, aquellos que, a pesar de Pearl Harbor, seguían pensando que EEUU debía mantenerse al margen de la guerra. Con el personaje de Rick, que en un momento de la película llega incluso a decir que el único bando que le interesaba era él mismo, los guionistas les estaban transmitiendo el mensaje de que no importaba que en el pasado hubieran sido apáticos o cínicos: había llegado la hora del patriotismo y de la lucha contra un poder en el que algunos veían al diablo vestido con camisa parda. El cinismo y la rudeza de algunas expresiones de Rick no se agotaban en sí mismos, no eran la rebeldía sin causa de esos antihéroes que han leído más a Nietzsche que a Marx. Ese cinismo no era el de que unas décadas después arremetería contra idea de moral, eso sí convencido de su propia superioridad moral. No era el de “vivir sin obligaciones y gozar sin trabas”, como podía leerse en una pintada de La Sorbona en mayo del 68. Si hubiera sido así, el final de Casablanca habría sido trágico. En cambio, Rick Blaine reaccionaba y salvaba a unos refugiados búlgaros, primero, y finalmente al matrimonio Laszlo. En su historia el sacrificio iba unido a la idea de bien.

 

Antonio R. Rubio Plo

Historiador y Analista de Relaciones Internacionales

 

 

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