Fe, Razón e Historia

01 agosto 2007

 

 

La crítica de Amos Oz al relativismo moral

 

 

Amos Oz es un escritor israelí cuyas obras son muy apreciadas en Europa. En el caso de España, las ventas de sus libros han crecido tras haber sido galardonado con el Premio Príncipe de Asturias. Las preferencias políticas del escritor son, por lo demás, bien conocidas: vivió durante mucho tiempo en un kibbutz y participó en el movimiento pacifista israelí Peace Now. Siempre se ha manifestado contra todo tipo de nacionalismo o integrismo, pero no es un “progresista” al uso. Antes bien, está bastante alejado de esa izquierda europea, pacifista y sentimental, pro-palestina hasta el extremo de pasar por antisemita. Pese a todo, Oz no cree que sea una cuestión de antisemitismo sino de dogmatismo. El escritor considera que hay palestinos más pragmáticos que algunos defensores europeos de su causa. Pero el pragmatismo no abunda ni dentro ni fuera de Oriente Medio. Pragmático no es aquél que no tiene escrúpulos, alguien que no es idealista: es aquél que piensa que hay que llegar a un compromiso y que las dos partes enfrentadas tienen que ceder por doloroso que sea para ambas. Oz es consciente, sin embargo, de que el término “compromiso” no es aceptable para aquellos que se consideran como la suma expresión del idealismo y la integridad moral. “Compromiso” suena a componenda e incluso a traición. Y “traidor” es un calificativo que Amos Oz ha escuchado con frecuencia. También lo han escuchado algunos de los protagonistas de sus libros simplemente por no quererlo verlo todo blanco o todo negro.

Cuando se está en medio de dos extremismos, un intelectual como Oz aboga por el relativismo. Mas su relativismo no es de tipo moral. Lo sería si afirmara que todo vale por igual. Es más bien un “relativismo bueno” en el sentido de tratar de buscar puntos de contacto entre las personas y negar que éstas puedan reducirse a meras ideologías. Es un relativismo que apuesta por el sentido del humor y la buena literatura, algo que los extremismos no saben ni quieren apreciar. Por ejemplo, es fácil de imaginar que a un extremista no le guste Chejov. Pero una de las afirmaciones de Oz que más desconcertarían en esta sociedad posmoderna es que el bien y el mal no son cosas irrelevantes. Nuestro escritor critica con dureza esa mentalidad que hace a los hombres “víctimas de las circunstancias”. Es lo que domina en muchos consultorios psicológicos y, por supuesto, en el Derecho penal. La consecuencia es eliminar el bien y el mal de la existencia humana. Se entienden así expresiones como que la “sociedad”, el “sistema” o la “globalización” son los responsables de todo. A este respecto podríamos añadir que todos los que en nuestras sociedades exigen penas más duras contra los delincuentes, están luchando por una causa perdida. Esa mentalidad en la que todos somos víctimas y no culpables, es la responsable de la crisis de confianza de muchas personas en la justicia.

Amos Oz se ha atrevido a poner en duda un argumento empleado por Hannah Arendt en su libro Eichmann en Jerusalén, algo que escandalizó en su momento pero que luego ha pasado a formar parte de la mentalidad dominante: la banalización del mal. Según la filósofa alemana, Eichmann sólo era un obediente burócrata del nazismo: no era plenamente consciente de lo que estaba haciendo. Obedecía las órdenes de exterminio de los judíos como podría haber acatado otro tipo de mandatos. Eichmann no era un arquetipo del mal: no encarnaba ni a Yago ni Macbeth. Oz se da cuenta de que este argumento no niega la existencia del mal pero sí de los malvados. Arendt ha caído de esta manera en un peligroso relativismo moral. Tampoco quiere decir esto que Amos Oz quiera señalar con el dedo a los que son buenos y malos. Ya lo hacen muchos de los habituales peticionarios, los “abajo firmantes”, una práctica que detesta el escritor aunque él mismo acostumbrara a hacerlo en otros tiempos. No le gustan ciertos pliegos de firmas y aduce este ejemplo: antes que condenar al conductor en un accidente de tráfico, el deber primario es auxiliar a los heridos. Señala que es una tradición judía aunque él no sea un judío religioso.

El escritor israelí nos previene de continuo contra la banalización del mal porque, en definitiva, equivale a negar la libertad humana. Los que combatían al nazismo durante la II Guerra Mundial, tenían más claro que hoy lo que era el mal. Si el hombre es libre, puede escoger entre hacer el bien o el mal. Pero esta opción, que pone al ser humano ante su responsabilidad, es ocultada por el fatalismo o el determinismo de la mentalidad dominante, que no son sino otros nombres del relativismo moral.

Antonio R. Rubio Plo
Historiador y Analista de Relaciones Internacionales

 

 

Página principal

darfruto.com