Fe, Razón e Historia

15 julio 2006

 

 

Benedicto XVI y María:

Arte de vivir, arte de amar
 


Pasó por Valencia Benedicto XVI, como una ligera brisa, no como una tormenta con gran aparato eléctrico, que era lo que algunos esperaban del hombre que en su día fue calificado de Panzerkardinal. Otros especularán con sus silencios o sus alusiones, pero todos los análisis apresurados se estrellan frente a una realidad más sencilla y que puede comprender todo aquel que lea y medite la Biblia. Y es que el Papa no es un polemista, de ésos que creen que siempre hay que “dar con el mazo” para que todos se enteren bien. Para quienes creemos que es alter Christus y no queremos poner etiquetas, nos recuerda lo que dice Isaías del Siervo de Dios: no disputará ni gritará, no quebrará la caña quebrada ni apagará la mecha humeante... (Is 42, 2-3), porque a veces nos olvidamos de que incluso los poderosos e influyentes de este mundo comparten la fragilidad de nuestra naturaleza humana.

En su homilía de Valencia, el Papa nos ha hablado de María en estos términos: “María es la imagen ejemplar de todas las madres, de su gran misión como guardianas de la vida, de su misión de enseñar el arte de vivir, el arte de amar”. Amor y vida son términos ligados a una madre, aunque, en definitiva, a todo ser humano por el mero hecho de serlo, pero las mentalidades dominantes han hecho de los conceptos de la vida y el amor simples pretextos para un estilo de vida marcadamente individualista, por no decir egoísta. Nos hablan de “vivir su vida”, de “hacer el amor”..., expresiones en su origen del idioma francés, pero que tienen fácil traducción tanto en otros idiomas como en la vida. ¿Dónde queda el verdadero arte de vivir? Hoy se ha escondido tras la carcasa del cuerpo, entre enjuagues, afeites y apariencias, en el mensaje de que a mayor placer, mayor salud. ¿Y el arte de amar? En realidad, se parece al expresado por Ovidio en aquella obra, que causó escándalo nada menos que en la Roma de Augusto, pero sin tanta sofisticación...

Como contraste está María, prefigurada en personajes del Antiguo Testamento como la reina Esther. María, al igual que Esther, se aferra a la oración porque sabe que no tiene otro defensor que Él (Est 4, 17 ) Su poder viene precisamente de apoyarse en Dios, de la fuerza de la oración, que es el gran secreto del cristiano, donde se le ofrece la misma oportunidad de Moisés: poder hablar con Dios cara a cara como si se tratara de un amigo (Ex 33, 19 ). Frente a quienes piensan que rezar es abstraerse de la realidad, el cristiano hace de su oración un arte de vivir, una guía para atravesar las encrucijadas de este mundo, pero también un hilo conductor para recordar que los que nos rodean son hijos del mismo Padre. Del arte de amar, María también sabe bastante, y como decía hace unos años el cardenal Ratzinger en su libro María, Iglesia naciente, “porque ama, el padecimiento no le es ajeno en forma de com-pasión”. Esto que el autor refería a Dios es por entero aplicable a María, en la Pasión de su Hijo o cuando recibe como Madre al discípulo tan amado por el Maestro (Jn 19, 26).

Arte de vivir, arte de amar, arte de caminar con seguridad y confianza de la mano de María.

Antonio R. Rubio Plo
Historiador y analista de Relaciones Internacionales

 

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