Fe, Razón e Historia

21 mayo 2006

 

 

De San Estanislao a Juan Pablo II:

Fortaleza y voces discrepantes

 

Un santo antecesor de Karol Wojtyla en la sede de Cracovia fue el obispo Estanislao, patrono de Polonia. Era un santo muy querido para Juan Pablo II porque representaba la expresión del orden moral y de la libertad humana frente a las arbitrariedades de los poderosos. San Estanislao fue hombre libre para proclamar la verdad –de otra manera, el hombre no es libre, como dijera Jesús a los judíos (Jn 8, 32) - hasta el extremo de pagar con su vida, por haber amonestado al rey Boleslao por su conducta moral. No dudó en reprender y aconsejar al monarca cuando éste se llevó una mujer casada a su palacio para convertirla en su amante. Se dice que el obispo era un hombre de carácter pacífico, mas se sintió interpelado a desaprobar con toda firmeza lo que a todas luces constituía un mal ejemplo para los súbditos del monarca, además de un mal para él mismo y su propia familia. La ira real cayó sobre Estanislao, que fue asesinado por Boleslao mientras celebraba misa.

San Estanislao guarda un curioso paralelismo con otros santos obispos mártires como Tomás Becket y Juan Fisher, sin olvidar tampoco al canciller inglés Santo Tomás Moro, aunque las comparaciones más evidentes son las de Juan el Bautista y algunos de los profetas judíos como Isaías y Jeremías. En su mayoría, mueren víctimas de la injusticia de reyes que quieren silenciar su voz por ser testigos incómodos y molestos. Sin duda, esos monarcas debían de creer que los vicios privados son compatibles con las virtudes públicas, pero no se conoce ningún caso de que ese dualismo perverso no haya destruido las vidas de las personas, aunque éstas se hayan esforzado en preservar su imagen externa. En realidad, mezclar el hedonismo de Epicuro con el puritanismo de Calvino produce esquizofrenia, mas esto se ha dado en todos los tiempos y los nuestros no son una excepción.

Por lo demás, hoy sería fácil encontrar a alguien que nos dijera que esas muertes de santos y profetas fueron innecesarias, empezando por la del Bautista, cuya imagen es para algunos más la de un aguafiestas que la del precursor del Mesías. Es comprensible desde el momento en que está ampliamente extendida la creencia de que nadie tiene derecho a entrometerse en la vida privada de los demás. Es comprensible porque en esta época se ha eleva a la categoría de dogma, no tanto que la soberanía reside en el pueblo sino en el individuo. Éste tiene derecho a buscar libremente su felicidad sin otro límite que el meramente subjetivo, con la circunstancia añadida de que incluso algunas leyes han sido elaboradas precisamente para favorecer esa permisividad. Por otra parte, se quiere buscar en el progreso técnico el instrumento y la justificación de ese supuesto camino a la felicidad ilimitada. Tolerancia y progreso, conceptos respetables con raíces cristianas y que no son fruto exclusivo de filosofías racionalistas, adquieren en el mundo de hoy una transformación semántica de signo unívoco y que lleva a los guardianes de las palabras, sentados en las cátedras públicas o mediáticas de lo políticamente correcto, a condenar al silencio o a la vergüenza a toda voz discrepante, bien provenga de los ámbitos de la fe o de la duda razonable sobre si ése es el camino correcto.

Recordaba Juan Pablo II, sucesor de San Estanislao, en ¡Levantaos! ¡Vamos!, su penúltimo libro: “Para un obispo la falta de fortaleza es el comienzo de la derrota. La falta más grande del apóstol es el miedo. La falta de fe en el poder del Maestro despierta el miedo; y el miedo oprime el corazón y aprieta la garganta...”. Es probable que el Papa pensara al escribir esto en el ejemplo del santo obispo de Cracovia. A este respecto, en mayo de 2003 y coincidiendo con el 750º aniversario de la canonización de San Estanislao, Juan Pablo II recordaba que al santo polaco se le considera “un artífice de la verdadera libertad y maestro de una unión creativa entre la lealtad a la patria terrena y la fidelidad a Dios y a su ley, síntesis que se realiza en el alma de cada creyente”. Estas palabras son llamativas ante los intentos, presentes en diferentes regímenes políticos desde la más remota antigüedad, de reducir al cristiano a un ciudadano de segunda clase, con la inaceptable coacción de forzarle a elegir entre su ciudadanía y su religión. Ha sido y sigue siendo frecuente sembrar la sospecha de que un buen cristiano no puede ser un ciudadano leal. ¿Por qué se ha repetido a veces la historia de que el gobernante con “estilo ético”, el filósofo bienintencionado como el emperador Marco Aurelio ha terminado por ser perseguidor de los cristianos? ¿No será que el poder político desea que nadie le haga sombra, desea que no haya conciencias discrepantes que cuestionen sus proyectos de ingeniería social, que es, sobre todo, ingeniería de los espíritus? Ese mismo poder termina por considerar la libertad religiosa, y en especial la libertad de los cristianos, como un “pariente pobre” de los derechos humanos, y para esa mentalidad cualquier manifestación pública de religiosidad podría llegar a ser considerada como un desafío al ordenamiento político y social. Sin embargo, Juan Pablo II en su mensaje de la Jornada Mundial de la Paz (1999), aseguraba que “la libertad religiosa es como el corazón mismo de los derechos humanos”, y en ese mismo documento se recalcaba el derecho de cada ciudadano – y el creyente también lo es- a participar en la vida de la propia comunidad.

Antonio R. Rubio Plo,
historiador y analista de relaciones internacionales

 

Página principal

darfruto.com