Fe, Razón e Historia

22 febrero 2007

 

 

70 años de Vaclav Havel:

Civismo, lenguaje y mentira

 

 

 

70 años de Vaclav Havel: Civismo, lenguaje y mentira. Vaclav Havel, ex presidente checo y destacado disidente de la época del comunismo, ha cumplido setenta años. Es todo un ejemplo de intelectual comprometido con la verdad, alguien que denuncia las trampas del lenguaje propias de la sociedad comunista y de la posmoderna. Antonio Rubio Plo.

 

El 70º aniversario de Vaclav Havel (Praga, 5 de octubre de 1936) ha estado marcado, entre otros acontecimientos, por la representación de su obra teatral completa en Nueva York. Es un reconocimiento americano a otra de las “conciencias de Europa”, diecisiete años después de la revolución de terciopelo, ejemplo del triunfo de un auténtico civismo de innegable sello europeo. En la visión de Havel, el civismo no tiene el mismo significado que tendría para Robespierre o Lenin. Civismo son valores y no la sumisión incondicional al poder establecido, por mucho que éste presuma de virtuoso. Civismo es valentía ante las injusticias también en aquellos sistemas que presumen de modélicos; es amor a la verdad en el reino del relativismo; es libertad de las conciencias que no se satisface con migajas externas; es lucha para no acallar la voz de la conciencia que exige responsabilidad en la vida pública... En resumen, el civismo haveliano, presente en la histórica Carta 77, es una ética caracterizada por el amor al bien. Todo un programa válido para las sociedades comunistas y poscomunistas, modernas y posmodernas.

En las obras teatrales de Havel emerge con fuerza su concepto de civismo, capaz de enfrentarse al miedo y la inacción, sensaciones experimentadas por Leopold Kopriva, el protagonista de Largo desolato (1984). Kopriva es un profesor de filosofía, que bebe, se atiborra de medicamentos y se encierra en su casa, temeroso de que la policía pueda un día ir a buscarle. Al final, las autoridades le ofrecen dejarle en “paz” si reconoce públicamente que su libro, molesto para el régimen, no ha sido escrito por él sino por otra persona utilizando su nombre. La alternativa es diabólica –después de todo, el diablo es casi una tradición en Praga-, pues supone privar a Kopriva de su propia identidad. Pero es un personaje muy auténtico al estar marcado por la ambigüedad: ese profesor es a la vez héroe y cobarde. Quizás tenga algo un rasgo en común con personajes de la historia checa como Benes, el presidente checo representante de toda una tradición liberal centroeuropea, pero al mismo tiempo el hombre que tuvo aceptar el compromiso de Munich y el que ratificó, después de la guerra, el decreto de expulsión de los alemanes de los Sudetes.

Havel nunca pone en duda las buenas intenciones de todos sus personajes. Las tiene Kopriva, aunque sirven para subrayar su falta de carácter. Parecen tenerla los dos funcionarios del régimen que le visitan: son correctos y nada agresivos. De hecho, están persuadidos de que contribuyen al bienestar de su país. Mas la gran paradoja de las buenas intenciones, si sólo se quedan en sentimientos, es que incluso pueden llegar a empeorar las cosas. En Largo desolato, la cobardía y la razón de Estado se dan la mano aunque se disfracen de sentido del deber, responsabilidad, paz, justicia... En el fondo todo se explica por la manipulación del lenguaje, denunciado por Havel en 1989 en su discurso de aceptación del premio de la paz de los libreros alemanes. Esta misma denuncia la reiteraría, siendo presidente checo, en la Universidad Internacional de Florida ante una nutrida audiencia del exilio cubano en septiembre de 2002. Señaló que no se puede abandonar una reflexión libre y culta para reemplazarla por un puñado de gastadas consignas utópicas: este camino no nos llevará a un mundo mejor. Havel ha insistido –y sigue insistiendo- en que “el rey está desnudo”. Lo más cómodo sería aceptar el lenguaje de la mentira, creer en él o intentar adaptarse a él. La conciencia ha de rebelarse contra esa violencia verbal y moral, que inexorablemente irá acompañada de alguna violencia física.

Al igual que Agustín de Hipona, Havel podría haber titulado alguno de sus escritos: “Contra los maniqueos”. No cabía secta más purista y más autoconvencida de estar en posesión de la verdad. En tales casos, los adversarios del maniqueísmo se encuentran con una dificultad añadida: se quiere despertar en ellos una especie de mala conciencia porque estarían enfrentándose al “partido del bien”. Es un fruto de la manipulación del lenguaje, pero mientras haya hombres como Havel, no se podrá considerar a la esclavitud como “una forma superior de libertad”.

Antonio R. Rubio Plo
historiador y analista de relaciones internacionales

 

 

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