Fe, Razón e Historia

06 octubre 2006

 

 

Ibn Jaldún: Historia y fatalismo

 

 

Se clausuró recientemente en los Reales Alcázares de Sevilla dedicada a Ibn Jaldún en el sexto centenario de su muerte. Pero la exposición no sólo evocaba la figura de un político e historiador del siglo XIV, cuya vida transcurrió entre Granada, Fez, Túnez, El Cairo y Damasco: era también un recorrido por las tierras mediterráneas y por las diversas culturas del momento en un itinerario que nos lleva incluso hasta los pueblos turcófonos de Asia Central. El visitante quizás haya salido deslumbrado por el esplendor de cerámicas o tapices y si no tiene unos conocimientos históricos especializados, acaso se deje llevar por los habituales mensajes multiculturalistas que partiendo de la una determinada percepción de los hechos históricos, sueñan con una visión idílica de la convivencia entre culturas diferentes. El problema es que el multiculturalismo se asienta sobre bases frágiles de relativismo, de “pensamiento débil”, mientras que el islamismo es un “pensamiento fuerte”, proselitista y plenamente convencido de sus creencias. De ahí que toda supuesta alianza entre laicismo e islamismo –aunque apele a la convivencia-, siempre será poco sincera en el fondo, dada la visión que uno y otro tienen de lo religioso.

 

De esta exposición de Sevilla se echan en falta más contenidos sobre el pensamiento de Ibn Jaldún, en especial sobre su obra monumental, Al-Muqaddimah, que suele traducirse por los Prolegómenos, y que es el gran tratado clásico de una filosofía árabe de la Historia.

Ibn Jaldún quería hacer de la Historia una ciencia “exacta”, pero sus teorías no eran empíricas sino que partían de “a prioris” fatalistas, ilustrados con ejemplos del pasado. Uno de ellos (libro III, cap. V) es muy significativo: los almorávides y los almohades conquistaron la España islámica partiendo de las arenas del Sahara. Según Jaldún, esto sólo se explica porque abrazaron una doctrina religiosa que encauzó sus ánimos hacia una misma meta y les enseñó a despreciar la misma muerte haciéndoles invencibles en el combate. En definitiva, todo apasionamiento político-religioso sirve para duplicar la fuerza del combatiente. Una curiosa coincidencia con las ideocracias representadas por las revoluciones francesa y rusa. Decía Tocqueville de la francesa que, al igual que el islamismo, llenó la tierra de soldados, apóstoles y mártires. Un apasionamiento de fuego, acero y patriotismo en las guerras de entonces, tal y como decía el jacobino Lazare Carnot, que despreciaba las tradicionales estrategias militares. Mas para Carnot la guerra ya no era un asunto de militares de academia como lo había sido en el siglo XVIII. Ahora hay otro apasionamiento representado por los coches bomba y conductores suicidas en el Irak o en cualquier punto del globo.

El mundo árabe parece estar dejando atrás ese nacionalismo laico que encarnara Nasser o los partidos baasistas de Siria e Irak, aquel que se presentaba hace medio siglo como una fuerza de transformación y que acabaría con monarquías feudales y corruptas. Pero su predicada austeridad y su rigor ideológico no eran islamistas sino que procedían de un socialismo de inspiración occidental. Mas no era una base consistente: así lo hubiera visto Jaldún, pues él afirmaba que los árabes son incapaces de fundar un imperio sin recibir de algún profeta un intenso tinte religioso. Quizá esto explique que la historia musulmana sea una sucesión de restauradores de la ortodoxia. Como en otras religiones, los integrismos ortodoxos son heterodoxos: no unifican sino que crean nuevas sectas.

Compartir estas ideas de Jaldún significa apartarse de la creencia de una historia lineal en la que el progreso es a la vez meta y camino, como podía pensar el socialismo nasserista. Supone creer en una historia cíclica marcada por restauraciones de la pureza religiosa original. Apasionamiento y rigorismo, puestos al servicio del poder.

 

Antonio R. Rubio Plo
historiador y analista de relaciones internacionales

 

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