Fe, Razón e Historia

21 mayo 2006

 

 

 

Menéndez Pelayo:

estatuas, estereotipos y realidades

 

 

No es la primera vez que para la retirada de una estatua se alegan razones técnicas, como es el caso de la de Marcelino Menéndez Pelayo, decidida por Rosa Regás, directora general de la Biblioteca Nacional. Se diría que los tiempos bárbaros en que se fusilaba o se ponía una cuerda al cuello a una estatua y se la arrastraba hasta un calabozo o una cuneta parecen ser cosa de los pasados siglos XIX y XX. En nuestro mundo posmoderno las cosas son menos traumáticas: el olvido interesado y la descalificación pública del personaje representado son más certeros que todos los martillazos sobre la piedra. La estatua –o el rótulo de la calle- seguirá incluso en su sitio pero la indiferencia y la ignorancia de los viandantes hará el resto, algo que seguramente tiene sus orígenes en la omisión o el rechazo del personaje en los libros escolares.

 

Si alguien considera que la cima de la modernidad literaria sigue siendo Jean Paul Sartre, Marguerite Duras y, en general todas las corrientes culturales que venían del otro lado de los Pirineos entre 1950 y 1980, no nos podremos extrañar que no le guste Marcelino Menéndez Pelayo. Para empezar era un historiador –y encima un historiador de las ideas, no de las estructuras-, pertenecía a los intelectuales que creían en la continuidad histórica de España y no hubiera compartido los ardores semánticos de los partidarios de la llamada “España plurinacional”. Si a esto añadimos que el nombre de Menéndez Pelayo se asocia con el franquismo –sus obras completas empezaron a editarse en la década de 1940-, tenemos sobradas y políticamente correctas razones para que la estatua del escritor montañés se vaya al jardín de la Biblioteca Nacional y no se cruce con las miradas de los investigadores o visitantes que suben las escaleras del edificio del paseo de Recoletos. Sin embargo, cualquier lector bien informado no estaría tan seguro de que don Marcelino hubiera sintonizado con el régimen de Franco, pues fue un liberal conservador del partido de Canovas y acaso también hubiera compartido el rechazo de Antonio Maura a la dictadura de Primo de Rivera.

 

Acaso uno de los principales valores de Menéndez Pelayo –por desgracia, no siempre imitado hoy- es la serenidad con la que expone las doctrinas de aquellos de quienes discrepa. Esto puede apreciarse en su Historia de los heterodoxos españoles, aunque, a decir verdad, al final carga las tintas sobre el krausismo, quizás por haber polemizado con sus representantes en sus años juveniles universitarios. Por lo demás, es conocida su amistad con Galdós, hombre de ideas republicanas y anticlericales. Tenía la suficiente honradez para reconocer sus méritos literarios, pues sabía diferenciar perfectamente entre la ideología y el buen hacer humano y profesional de un genial escritor. De hecho, en el discurso de recepción a Galdós en la Real Academia Española, Menéndez Pelayo pronuncia estas palabras que son una auténtica demostración de respeto por el amigo: “A nadie es lícito, sin nota de temerario u otra más grave, penetrar en la conciencia ajena, ni menos fulminar anatemas que pueden dilacerar impíamente las fibras más delicadas del alma. Una novela no es una obra dogmática ni ha de ser juzgada con el mismo rigor que un tratado de teología”.

 

Por lo demás, Menéndez Pelayo era un investigador riguroso que no escribía ni hablaba de oídas. De ahí su rechazo por algunas teorías que han llegado hasta nuestros días como la de intentar buscar la verdad en el arte, ese arriesgado intento de mezclar belleza y difusas referencias metafísicas que al final demuestra estar vacío de contenido. Tampoco compartía esos afanes –que siguen presentes hoy- de buscar en Cervantes ocultas intenciones heterodoxas o de considerar a los místicos españoles como santa Teresa y san Juan de la Cruz como meros continuadores e imitadores del sufismo musulmán o del misticismo judío. Lo cierto es que Menéndez Pelayo conocía muy bien las ideas y los hechos a los que se refiere en sus escritos, pues a todo supo dar acogida en su peculiar universo filosófico y literario.

 

Antonio R. Rubio Plo.

 

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