Fe, Razón e Historia

18 mayo 2007

 

 

Pío XII no fue el Papa de Hitler

 

 

En los últimos años se han multiplicado los libros sobre Pío XII y su relación con el nazismo. No se han ahorrado calificativos gruesos como el del Papa de Hitler en expresión de John Cornwell, por citar uno de los detractores más conocidos del desaparecido Pontífice. La inquina contra el Papa Pacelli viene de muy atrás. Desde la década de 1960 se ha difundido con profusión la imagen de un Papa retrógrado y distante, una especie de antitesis de Juan XXIII, algo que sin duda hubiera entristecido a buen Papa Roncalli. Pero a esa continua, estéril e inútil pugna entre “conservadores” y “progresistas”, asentada sobre apariencias y matices más que sobre profundas realidades, se ha añadido en los últimos tiempos la imagen de un Papa pro-nazi y antisemita. Tal y como señalaba un investigador judío, David G. Dalin, la técnica usada por los detractores de Pío XII es tan simple como implacable: las pruebas a favor son interpretadas de la peor manera posible y se las pone bajo sospecha. Que Einstein, Golda Meir o Chaim Weizmann elogiaran la labor del Pontífice en la protección a los judíos y otros perseguidos por el Tercer Reich se debe tan sólo a que no estaban informados de las tramas secretas y ambigüedades de la diplomacia vaticana. Por el contrario, todas las pruebas en contra, entre las que destacan el supuesto silencio de Pío XII ante el Holocausto, son magnificadas y expuestas sin ningún examen crítico. En tales circunstancias, el acusado está condenado de antemano por sus acusadores. No cabe apelación alguna. Pero la principal conclusión a la que se llega tras la lectura de libros críticos es que la destinataria principal de los ataques es la propia Iglesia católica porque o bien los autores no son católicos o lo que es más frecuente, son católicos que disienten de la Iglesia y toman a Pío XII como blanco de sus ataques.

Desde 1963 con el estreno de la obra teatral El vicario del alemán Rolf Hochhuth la sospecha se ha extendido sobre el nombre de Pío XII y es previsible que los ataques arreciarán cuando culmine su proceso de beatificación, tal y como sucediera con Pío IX. Pese a todo, haría un gran bien a la memoria del Pontífice la actitud de los israelíes, y en particular la de los responsables del Museo del Holocausto en Jerusalén. El Nuncio Apostólico en Israel, monseñor Antonio Franco, se ha negado a participar en las ceremonias anuales conmemorativas mientras la dirección del Museo no retire el comentario a una fotografía de Pío XII en la que se califica de “ambigua” su actitud hacia los judíos. Es una actitud coherente, fiel a la línea de los sucesores de aquel Papa que han tratado de preservar la auténtica memoria histórica, la que se sustenta con estudios rigurosos y documentados, y no con sospechas e infundios. La realidad es que quien quiera estudiar la documentación referente al Nuncio Eugenio Pacelli en Alemania, entre 1917 y 1929, encontrará interesantes premoniciones sobre la llegada del nazismo. En 1935, siendo secretario de Estado, y en una carta abierta al arzobispo de Colonia, no se privará de calificar a los nazis de “falsos profetas con el orgullo de Lucifer”. Cualquier historiador riguroso podrá testificar que Hitler nunca consideró a Pío XII como uno de sus partidarios y en los días más cruciales de la guerra, durante la ocupación alemana de Roma en 1943, no descartó la posibilidad de ocupar el Vaticano y hacer prisionero al Pontífice. No olvidemos tampoco que un año antes la formidable máquina propagandística de Goebbels puso en marcha diez millones de copias de un folleto en el que se calificaba a Pío XII de “Papa filo-judío” debido a las protestas del Nuncio ante el gobierno de Vichy por las deportaciones de judíos franceses.

Los testimonios favorables podrían multiplicarse, pese a no haber intervenciones explícitas del Pontífice en sus discursos y radiomensajes, y entre otros muchos podemos destacar el del cardenal Pietro Palazzini, quien siendo vicerrector del seminario de Roma, ocultó a judíos romanos en los años de la ocupación alemana. A Palazzini le fue otorgada la distinción judía de Justo entre las Naciones en 1985, y en su discurso de aceptación en Jerusalén subrayó que “el mérito pertenece por completo a Pío XII, que ordenó hacer todo lo que podíamos hacer para salvar a los judíos de la persecución”.

Finalizaremos con un detalle significativo, de los que sólo se encuentran en las hemerotecas: el 26 de mayo de 1955, la Orquesta Filarmónica de Israel viajó a Roma para interpretar en el Vaticano la Séptima Sinfonía de Beethoven, una expresión de gratitud del Estado hebreo a la ayuda prestada por Pío XII una década antes. Un concierto sin precedentes y algo totalmente inconcebible si aquel Pontífice hubiera sido realmente el Papa de Hitler.

Antonio R. Rubio Plo
Historiador y Analista de Relaciones Internacionales  

 

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