Fe, Razón e Historia

04 marzo 2008

 

 

Política, ética y cristianismo

 

 

 

Una conversión es siempre un asunto muy personal aunque tenga repercusiones externas. Acerca de su trayectoria sólo sabremos lo que quiera decirnos la persona interesada, pues somos incapaces de escrutar las conciencias. El protagonismo habría de ser para un Dios que mueve los corazones, pues solemos olvidar a menudo que las conversiones no son un final de historia sino más bien un principio. La vida del convertido debería de ser la crónica de una perseverancia, con todos sus altibajos, pues nuestra fragilidad bien nos puede llevar a desandar lo andado.

Pero un convertido nunca podrá librarse de juicios y especulaciones, que suelen aumentar si es un personaje público. Tal es el caso del ex primer ministro británico Tony Blair, recibido en la Iglesia Católica pocos días antes de finalizar 2007. Blair ha sido discreto a la hora de expresar su vivencia personal aunque no hace mucho tiempo no dejó de llamar la atención sobre la ausencia de la religión en la vida pública europea, y en particular la británica: todo un contraste con Estados Unidos. Pero esto no es un hecho de ahora: entre los primeros ministros de Gran Bretaña de los últimos dos siglos no abundan los políticos que fueran practicantes. No lo era desde luego el más prestigioso de todos ellos, Winston Churchill, que en sus discursos no dejó de aludir vagamente al Todopoderoso, aunque su formación intelectual estuvo muy marcada en su juventud por la lectura de The Martyrdom of Man de Winwood Reade, obra de ecos darwinistas y casi niezstcheanos en la que se exalta al hombre como único amo de su propio destino en un mundo hostil. Quizás una excepción fuera la del liberal William Gladstone, un personaje con el que algunos historiadores han comparado a Blair. Desde los bancos de la oposición, Gladstone protestaba en 1876 por la pasividad del conservador Disraeli en los Balcanes que no quería quebrantar el sacrosanto principio de equilibrio en las relaciones internacionales. A diferencia de lo que se había hecho con los griegos unas décadas antes, Gran Bretaña no prestó ayuda a la rebelión de Serbia y Montenegro contra los otomanos. Blair, en cambio, impulso la “intervención humanitaria” de la OTAN en Kosovo en 1999, seguidas de otras intervenciones británicas contra los talibanes en Afganistán o contra los “señores de la guerra” en Sierra Leona. Siendo primer ministro, Gladstone favoreció un proyecto de autonomía para Irlanda que no saldría adelante por la oposición de los conservadores. Más de un siglo después, Blair desempeñó un destacado papel en el proceso de pacificación del Ulster. En estas y otras iniciativas de Tony Blair hay un acusado trasfondo ético que no puede desvincularse de sus convicciones cristianas, pese a que en otros temas como el del aborto un partido como el laborista no se ajuste a la defensa cristiana del derecho a la vida desde su concepción.

Blair estaba convencido en 2003 que el derrocamiento de Sadam Hussein era un episodio de la lucha de la libertad contra las tiranías. Habría convencido a algunos sectores de una opinión pública antibelicista si la posguerra de un terrorismo cruel y extremista no hubiera empañado una arrolladora victoria militar. Irak contribuyó al desgaste político del primer ministro que, pese a su tercera victoria electoral en 2005, tuvo que abandonar el poder dos años después para no comprometer más las posibilidades de su partido. Después de todo, no resulta sencillo defender una política exterior como la de Blair en una época de auge del multiculturalismo y el relativismo, que han arraigado con fuerza en círculos intelectuales y grandes sectores de la opinión pública en Occidente. Tienen mucho peso las voces que critican toda idea de extender la democracia y el respeto de los derechos humanos más allá de las fronteras occidentales, e incluso en el interior de esas fronteras no son pocos los que defienden excepciones culturales a la hora de aplicar las normas de un Estado de Derecho.

En estos momentos de regreso a actividades privadas, compatibles con su poco agradecido papel de mediador en Oriente Próximo, Tony Blair ha dado el paso para convertirse al catolicismo. No se conocen grandes detalles de este paso trascendental en su vida pero si consideramos que las grandes decisiones no suelen ser improvisadas, habrá que remontarse a sus lecturas de sus años de estudiante en Oxford, unas influencias no siempre valoradas por quienes analizan su trayectoria política. Blair reconoció en diversas ocasiones su admiración por el pensamiento del filósofo escocés John Mac Murray (1891-1976), cuyas obras prologó en 1992. El presbiteriano Mac Murray se vio impactado por los horrores de las trincheras del frente belga en 1915: terminó rechazando el rigorismo moral de sus orígenes calvinistas, y se consideró cristiano al margen de toda Iglesia organizada. Sus charlas radiofónicas en la BBC en los años 30 le dieron una cierta popularidad, y desde esa tribuna proclamaría, por ejemplo, que es la amistad, el fundamento del cristianismo, en unal interpretación de Jn 15, 15: “Ya no os llamo siervos...os he llamado amigos”. Mac Murray criticaba el platonismo y el racionalismo cartesiano, pensaba que los individuos prosperan en comunidades fuertes, y que unos deben apoyarse en otros. Afirmaba también que “la vida humana es intrínsecamente una vida en comunidad”. Este comunitarismo se encontró entonces –y mucho más ahora- con la oposición férrea de un individualismo liberal que no desea someterse al más mínimo vínculo. Este individualismo busca hacer tabla rasa del pasado en nombre de la libertad y aunque sea en contra de la propia razón. No quiere admitir que los derechos deben ir a la par que las responsabilidades. Si leemos en una enciclopedia que Mac Murray gozó de su mayor popularidad desde 1930 hasta mediados de los 50, no es difícil imaginarse las causas de su olvido posterior. La contracultura de los sesenta estaba llamando a las puertas.

Mac Murray reafirmó la diferencia entre sociedad y comunidad: la primera es la expresión de la necesidad mutua mientras que la segunda es expresión del amor. La comunidad es un vínculo más difícil de construir. En él hay un claro sentido moral. Lo problemático es que en nuestra época no todo el mundo entiende lo mismo por moral e incluso se niega la existencia de la inequívoca dimensión personal de la moral. El propio Blair aseguraba certeramente en uno de sus discursos que aspiraciones nobles de tipo social como la construcción de hospitales, la mejora de la enseñanza o la lucha contra el desempleo en ningún caso pueden ser un sustituto de una moralidad personal. De una cosa estamos seguros: quien afirma algo así está más cerca del cristianismo que cualquier simple reformador de estructuras externas.
 

Antonio R. Rubio Plo
Historiador y Analista de Relaciones Internacionales

 

 

Página principal

darfruto.com