Fe, Razón e Historia

12 enero 2007

 

 

Roncalli y Benedicto XVI

 

 

La huella de Ángelo Roncalli, aquel representante pontificio en Turquía entre 1935 y 1944 que hoy conocemos como el beato Juan XXIII, ha estado muy presente en el viaje de Benedicto XVI. De hecho, el Papa actual puso sus jornadas en tierras turcas bajo la intercesión de su antecesor y el resultado ha sido bastante positivo frente a algunos negros augurios mediáticos. En dos ocasiones, Benedicto XVI ha empleado en sus discursos una de las citas más emotivas de monseñor Roncalli en su Diario del alma, fechada a finales de 1939: “Yo amo a los turcos, aprecio las cualidades naturales de este pueblo, que tiene también su puesto preparado en el camino de la civilización”.

Se ha dicho que la diplomacia vaticana no escatima en cortesías, pero la hospitalidad turca tampoco le va a la zaga como habrá podido comprobar Benedicto XVI en sus entrevistas con altos dirigentes políticos, líderes religiosos y autoridades locales de Estambul. Mas la auténtica cortesía no se queda en buenos modales: va acompañada de paciencia, pues la caridad es benigna y no descortés, tal y como enseñaba un Pablo de Tarso que nació en tierras de Anatolia. En cualquier caso, un cristiano –desde el laico más ignoto a un Papa pasando por un representante pontificio- hará bien en seguir el consejo de monseñor Roncalli puesto en práctica en su jornada diaria en Turquía: “No omitir nunca la oración: breve, si no se puede más, pero viva, ágil y sosegada”. No cabe otra cosa –ayer, hoy y mañana- que hacer acopio de paciencia, iluminada por la caridad; sólo queda –y es mucho porque se asienta en la confianza en Dios- hacer uso del “martirio de la paciencia” al que se refería monseñor Agostino Casaroli, el gran artífice del deshielo de la diplomacia vaticana con los países comunistas. En este caso, en el del diálogo interreligioso, las dosis de paciencia quizás tengan que ser mayores. Mas no olvidemos que ese diálogo no es para buscar textos consensuados, como sucede en la política, sino que ha de ejercerse desde la autenticidad de cada una de las partes. El respeto y la admiración que monseñor Roncalli se granjeó entre los turcos, nació del simple hecho de que estaban ante un cristiano auténtico, un enamorado de su Dios que irradiaba sencillez evangélica. Pero en ningún caso el beato Juan XXIII se queda en consideraciones de diálogo y paciencia. Su opción es más radical, como radical fue la de Cristo, su modelo. Hace confianza con monseñor Adriano Bernareggi, obispo de Bérgamo, al escribirle estas palabras: “Con todo, amo a estos queridos turcos en Jesucristo. Los amo porque pertenece a mi ministerio de padre, de pastor y de Delegado Apostólico; los amo porque creo que están llamados a la Redención”.

¿Cómo no recordar el espíritu católico, verdaderamente universal del beato Juan XXIII, al escuchar la homilía de Benedicto XVI en el santuario de Meryem Ana Evi, la Casa de la Madre María, en Éfeso? El Papa mencionaba la Carta a los Efesios (2, 14) en la que el Apóstol señala, en referencia a judíos y paganos, que Cristo ha hecho de ambos un único pueblo. Realmente estas palabras trascienden el significado originario de judíos y no judíos. Hoy, más que nunca, pueden extenderse a “las relaciones entre los pueblos civilizaciones presentes en el mundo”, pues Cristo ha venido como el mensajero de la paz a todas las naciones, “pues todas proceden del mismo Dios, único creador y señor del Universo”. No es casualidad que estas palabras se pronunciaran en un lugar mariano, venerado y respetado por los musulmanes en el recuerdo de la madre de Jesús, a quien consideran un gran profeta.

Al término de su viaje a Turquía, Benedicto XVI bien podría hacer suyas estas palabras del beato Juan XXIII, anotadas en unos ejercicios espirituales en su tierra bergamesca en octubre de 1936. En ellas se hace evidente una cierta nostalgia de Estambul, un destino que muchos eclesiásticos nunca habrían apetecido: “Veo que amo al pueblo turco al que me ha enviado al Señor. Sé que el camino que he emprendido en las relaciones con los turcos es bueno y, sobre todo católico y apostólico. Debo proseguirlo con fe, prudencia y celo sincero, a costa de cualquier sacrificio”. En estas consideraciones aquel buen pastor, que llegaría a ser Papa, se nos presenta como todo un precursor en su tiempo y en el nuestro.

 

Antonio R. Rubio Plo
Historiador y Analista de Relaciones Internacionales

 

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