Fe, Razón e Historia

29 diciembre 2007

 

 

El cardenal Scola y la religión en la vida pública

 

 

El Patriarca de Venecia, subraya que la religión no debe ceñirse al ámbito de lo privado. No se puede exigir a un creyente que se comporte como si Dios no existiera.

 

 

 

En una mayoría de los países de la Europa posmoderna, y en particular en España, si alguien hiciera una encuesta sobre cuál habría de ser el papel de la religión mayoritaria –y en general de todas las religiones- en la vida pública, se encontraría con respuestas nada sorpresivas: la mayoría de los interrogados diría que la religión es algo que concierne exclusivamente a la esfera privada. No debería tener más trascendencia ni presencia en el espacio público. Incluso encontraríamos posturas radicales, aunque incapaces de verse a sí mismas como tales, que tratarían de borrar toda huella religiosa en ese espacio aunque estuviera fundamentada en tradiciones arraigadas: eliminaría fiestas religiosas populares o suprimiría radicalmente la presencia en ellas de autoridades civiles, buscaría sucedáneos civiles de las celebraciones religiosas, vetaría la presencia de signos o servicios religiosos en edificios públicos... Ni que decir tiene que el argumento justificativo sería el de “prohibido imponer”, o bien no faltaría la clásica referencia al pasado de la Iglesia católica, sombrío a más no poder, y apartado de un supuesto modelo de Jesús entre idealizado y difuso. En el fondo, el eslogan del “prohibido prohibir” de mayo del 68 ha triunfado en plenitud; ha triunfado la visión plana de lo religioso reducido a un conjunto de normas y prohibiciones. Pero ahora los nuevos “prohibidores” proscriben a los supuestos “prohibidores” de antaño, si bien no suelen atacar violentamente a sus fieles y a sus lugares de culto.

 

En tales circunstancias, ¿quién se atreve a pedir un lugar para las religiones en la vida pública? La negativa –o el silencio- no viene sólo de los prejuicios anticlericales o antirreligiosos: parte de la base de la autosuficiencia del hombre posmoderno. Un gran intelectual y estudioso de las relaciones entre la fe y la cultura, el cardenal Angelo Scola, patriarca de Venecia, ha puesto de relieve que se está imponiendo una visión antropológica, bien resumida en esta frase del filósofo alemán Marc Jongen: “El hombre es sólo el experimento de sí mismo”, referencia empleada por Scola en un discurso de septiembre de 2006, incluido en su reciente libro sobre la laicidad. No es difícil entrever que detrás la frase citada no hay referencias ni a la cultura ni a la historia, y se adivina la llegada del superhombre de Nietzsche. No llega esta vez con camisas pardas ni de ningún otro color. Llega sin signos políticos, y a veces lo hace en bata de laboratorio, como apóstol de la biotecnología y vendedor de un paraíso alegre y autosatisfecho. En sus múltiples publicaciones, monseñor Scola suele hacer referencia a este Prometeo de hoy, mas no deja de subrayar una realidad que no todos quieren ver: el paraíso terrenal es sólo para las sociedades acomodadas del norte. Se nos ocurre preguntar que si los del sur están excluidos por su pobreza, su fealdad o por aferrarse a religiones y tradiciones impropias de quienes se consideran más avanzados. Pero tampoco nos extraña esta exclusión: Nietzsche decía que el hombre será para el superhombre, “motivo de risa o de dolorosa vergüenza”. Esta apoteosis “humanista” posmoderna, que no deja de ser deshumanizadora al despreciar a otras personas, tampoco contempla entre sus parámetros el papel de la religión en la vida pública. Como mucho, se podría conceder que la religión puede tener algún papel externo si está vinculada a tradiciones populares, se podría incluir en la sociología de lo lúdico, pero ya hemos visto que hoy hay personas que ni siquiera quieren admitir esta mínima presencia. Lo que menos se les pasará por su cabeza es que su actitud sea dogmática o intransigente. Antes bien, creen que su postura representa un bien para el conjunto de la sociedad. Los maniqueísmos de tintes mesiánicos, que tratan de construir paraísos terrestres, suelen presentar esas contradicciones.

 

Pese a todo, el cardenal Scola pide para la religión un papel en la vida pública. Ha planteado una pregunta que tiene su lógica: “¿Por qué el creyente que vive en sociedad tiene que comportarse como si Dios no existiera?”. Podríamos añadir: ¿Por qué los otros han de ver en su fe religiosa una expresión de irracionalidad, de locura o de manía? La persona religiosa es reducida así a la caricatura de un ser infantil, eterno menor de edad, ingenuo e incluso de un soberbio y fanático que no quiere admitir, pese a tantas “pruebas” suministradas desde las tribunas de los medios, la mentira y el engaño que representaría la religión. Estas perspectivas podrían llevar a algunos a sentir nostalgia de cristiandades de otros tiempos, pero no ese es el modelo propuesto por el cardenal Scola. En el fondo, nos propone el viejo consejo de algunos de los primeros cristianos a sus perseguidores romanos: el emperador debería rodearse de cristianos entre sus servidores y consejeros, pues encontraría entre ellos los más leales colaboradores: es el dar al César lo que es del César. Si no siguieron el consejo, era simplemente por su concepción autoritaria del poder: nadie podía hacerles sombra y sólo querían obediencia ciega. También el cardenal Scola está abogando por una cooperación entre la religión y el Estado en un régimen democrático, que nada tiene que ver con el sistema imperial romano. La cooperación será más fructífera si la democracia no es algo meramente formalista, una simple administración de intereses contrapuestos. Scola nos recuerda que la auténtica democracia necesita de un sustrato civil. La democracia debe tener una base antropológica, y aquí juega un papel la cultura, y en consecuencia la religión, pues no se puede separar la fe de la cultura. Estas y otras palabras del patriarca de Venecia, ciudad fronteriza entre Occidente y Oriente, están cargadas de buen sentido en un escenario europeo que se modifica por obra de la globalización.

 

Antonio R. Rubio Plo

Historiador y Analista de Relaciones Internacionales 

 

 

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