Fe, Razón e Historia

06 septiembre 2006

 

 

Slavoj Zizek:

Cultura popular, ateísmo y leninismo
 

Otro representante del laicismo de hoy: un filósofo esloveno, posmoderno y deliberadamente contradictorio, admirador de la cultura popular americana, del psicoanálisis y del Lenin revolucionario. Antonio Rubio Plo.


En una antología de pensadores del laicismo actual no podría faltar el filósofo esloveno Slavoj Zizek, quizás más conocido en las universidades norteamericanas que en las europeas, aunque su formación es sobre todo euro-occidental: se empapó de marxismo-leninismo, como cualquier comunista de la época de Tito, pero nunca fue un comunista ortodoxo, pues añadiría a las teorías anticapitalistas una fuerte dosis de psicoanálisis, adquirida en el París de Lacan, sin olvidar un denso componente hegeliano, pues es uno de los raros filósofos posmodernos que reivindica el papel de la Historia. Mas Zizek no estaría completo sin otros elementos de la cultura popular norteamericana: los films de Hitchcock, las novelas de Patricia Highsmith, las citas de Groucho Marx, Matrix... En realidad, la lista sería mucho más larga y casi inagotable, pues tampoco se reduciría al cine estadounidense. La versatilidad de Zizek sería capaz de relacionar las novelas de Henry James con Star Trek, o de hacer un ensayo conjunto sobre Paul Claudel y George Orwell, escritores a los que alguna vez ha elogiado. No es extraño, por tanto, que Zizek haya sido tachado de contradictorio, una imagen que él mismo gusta de cultivar, pues no soporta que lo encasillen. Su gusto por la paradoja no es, sin embargo, algo trabajado y meditado, al estilo de Chesterton. Antes bien, a veces da la impresión de ser un espadachín siempre en guardia o un mago que saca de su sombrero los objetos más dispares.

A un polemista como Zizek no le importa hacer profesión de fe en un ateísmo combatiente. Ha afirmado que san Pablo fue el primer leninista, algo así como el verdadero fundador del “partido cristiano”, ha reconocido el mérito del cristianismo por haberse opuesto a la noción pagana de destino, pero siempre ha terminado por arremeter contra la institución eclesiástica. De hecho, el filósofo no se ha privado de decir que las iglesias deberían ser reconvertidas en silos de cereales o casas de la cultura, como en los tiempos estalinistas y maoístas; y ha sugerido que el legado más preciado de Europa es el ateísmo, pues es de los que ven en filósofos como Lucrecio, Spinoza o Hume ejemplos de una elevada moralidad que sólo es explicable desde sus respectivos ateísmos De aquí se podría deducir una cierta oposición entre ética y religión, que Zizek elevó a la categoría de dogma tras los sucesos del 11-S. Le dio a la vuelta a la conocida cita de Dostoievski en Los hermanos Karamazov, “Si Dios no existe, todo está permitido”. Según Zizek, precisamente porque Dios existe, atrocidades como las de Nueva York son posibles. Esto responde a una serie de criterios, muy repetidos ahora en nuestras sociedades occidentales: hay un terrorismo de origen religioso; el conflicto de Oriente Medio es una lucha entre religiones; Europa fue barrida en los siglos XVI y XVII por las guerras de religión.. Se llega así a una conclusión, que empieza a hacerse moneda común: la religión es fuente de guerra y de discordia. Hay que relegarla del espacio público para que... podamos vivir en paz. Es una vieja idea volteriana, pero podría servir hasta para justificar una persecución religiosa. ¡Y todo por empeñarse en ignorar que en muchos casos lo religioso es tan sólo una cobertura de lo político! Incluso Zizek ha reconocido que las mayores atrocidades del siglo XX han sido obra del estalinismo, una ideología atea sin duda, pero el filósofo considera que a aquellos gobernantes todo les estaba permitido porque se consideraban dioses.

Pero Zizek abandona su vertiente sarcástica cuando se trata de hablar de Lenin. No tiene nostalgia de los partidos leninistas, pero sí del audaz líder bolchevique que se hace con el poder en Rusia en 1917. Para él es un representante de la “política de la verdad”, alguien indispensable en la lucha anticapitalista en el tiempo de la globalización. No es exagerado afirmar que para Zizek, Lenin es la verdad hecha partido, aunque es poco creíble imaginar que ni por asomo él aceptara someterse a la estructura burocrática forjada por una revolución leninista. Es alguien capaz de entusiasmarse con el acto violento que se presenta como liberador, mas está destinado a ser un crítico de la situación del día siguiente. Después de todo, Zizek, uno de los fundadores del partido liberal esloveno, es de los que creen como un dogma en la libertad de elegir. Su alergia hacia el autoritarismo le hará percibir tendencias autoritarias hasta en el anarquismo.

Antonio R. Rubio Plo
Historiador y analista de relaciones internacionales

 

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