Fe, Razón e Historia

22 febrero 2007

 

 

Timothy Garton Ash y la Navidad

 

Entre los analistas más rigurosos de la actualidad internacional está el historiador británico y profesor de Oxford, Timothy Garton Ash, cuyos artículos de The Guardian son ampliamente difundidos en la prensa mundial. Garton Ash labró su prestigio estudiando sobre el terreno los últimos meses de los regímenes comunistas a lo largo de aquel histórico 1989 y no tuvo reparo en evocar su similitud con las revoluciones de 1848, una oleada de revoluciones liberales y democráticas que sacudió a los regímenes autoritarios europeos de aquel momento. Semejante comparación no podía hacer muy felices a quienes consideraban al comunismo como la etapa final de la historia y disculpaban las violaciones de los derechos humanos achacándolos a “errores” personales de los líderes que se habrían desviado de los dogmas de la ortodoxia marxista-leninista. O simplemente se limitaban a ocultar los fallos del sistema para no dar armas a los adversarios. Comparar el comunismo en Berlín, Praga o Varsovia con las reaccionarias Prusia o Austria del siglo XIX era inadmisible para muchos, pero los hechos fueron tercos: aquellas estructuras de poder, construidas tras la II Guerra Mundial, se derrumbaron ante revueltas y manifestaciones populares.

Han pasado los años y la Europa poscomunista y posmoderna se enfrenta a nuevos retos que afectan directamente a sus raíces y a su historia. No sólo en España sino también en otros países europeos triunfa la corrección política y se intenta arrojar la Navidad cristiana al basurero de la Historia, por emplear una expresión de Lenin, dejando únicamente sitio para luces y cintas de colores, regalos y copiosas e indigestas cenas; intentando convencer a muchos con argumentos del positivismo y cientificismo del siglo XIX, que sólo estamos ante tradiciones paganas que fueron ocultadas por el cristianismo... A este respecto, Garton Ash nos recuerda en un reciente artículo que recibió una felicitación del embajador británico en Washington en la que se refiere al Yuletide, el solsticio de invierno pagano, propio de pueblos nórdicos y germánicos. El historiador se manifiesta encantado con este término empleado en la felicitación, y lo ve perfectamente compatible con la Navidad sentimental y anticuada de Dickens que a él mismo le gusta. Pese a ser británico, creemos que Garton Ash se equivoca: estará disfrazado por los ropajes victorianos y los tópicos de un sentimentalismo que considera que sus historias sólo sirven para emocionarse a lágrima viva, pero Dickens es un autor cristiano. La compasión que brota de sus historias nace de un profundo amor a los seres humanos, una moneda nada común en una Inglaterra decimonónica que había consagrado a veces un individualismo feroz en nombre del progreso y de un supuesto amor al trabajo. No cabe imaginar a un Dickens que fuera nostálgico del paganismo céltico, que a algunos sólo nos evoca bosques sombríos, escudos, espadas y cuernos de cerveza.

Pese a todo, Garton Ash pide un respeto para los creyentes aunque él se confiese agnóstico y forme parte de ese innumerable conjunto de europeos que durante la Navidad participa en ceremonias religiosas y canta villancicos sin saber –ni creer- lo que canta. La Navidad así se vacía de contenido, pero sigue teniendo para personas como este historiador, un aspecto entrañable de unión familiar o de solidaridad, pero poco más. Este profesor de Oxford no tiene reparo en reconocer, con el historiador suizo Jacob Burckhardt, que Cristo es “la figura más bella de la historia del mundo”.

Ambos nunca podrían aceptar, no obstante, a un hombre que es Dios. Desde una óptica exclusivamente racionalista, tal afirmación se inscribe en la categoría de los mitos paganos reelaborados por el cristianismo. Sin embargo, a nuestro juicio Garton Ash se equivoca cuando pide respeto sólo para los creyentes y libertad de crítica, incluso desafiante y ofensiva para las creencias. La religión se asemeja de este modo a la superstición, algo que ha de ser erradicado de las conciencias de una gente que sin duda será buena, pero hay que reconocer que no está en sus cabales. Se parece un poco a lo que decían en la antigua Roma: “¡Qué lástima que éste sea cristiano!”. Además se olvida que ofender las creencias, en nombre de una ilimitada libertad de expresión, es ofender a los creyentes que se consideran como tales. Distinguir radicalmente entre creencias y creyentes equivale a separar la religión de la vida o en el mejor de los casos esconderla para que nadie la note. Quien crea en un Dios hecho hombre, no puede imaginar que sus seguidores no quieran difundir su mensaje en este mundo.

Antonio R. Rubio Plo
Historiador y Analista en Relaciones Internacionales

 

 

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