Fe, Razón e Historia

07 septiembre 2007

 

 

Tocqueville y los ciudadanos individualistas

 

Vivimos en una sociedad posmoderna, que suele apreciar el pasado sobre todo en forma de best seller histórico y que no piensa en el futuro pues se imagina vivir en un eterno presente. Se nos asegura que las ideas no cuentan, que cada uno tiene las suyas y que filosofía, religión e ideología son términos equivalentes y situados al margen de lo racional. Cientificismo y racionalidad como en el siglo XIX: las claves que encierran la vana ilusión de explicar hasta lo inexplicable. Pero las ideas no han muerto y leer a ciertos pensadores arroja luz sobre unos tiempos no tan novedosos como se pretenden. Uno de ellos es Alexis de Tocqueville, un hombre de origen aristocrático que en el siglo XIX se dio cuenta de la irresistible ascensión de la democracia, una constante histórica que se hubiera producido aún sin la Revolución Francesa. El oponerse a ella le parecía una tarea inútil. Por el contrario, pretendía analizarla hasta sus últimas consecuencias, y lo demostró en su monumental obra, La democracia en América. Tocqueville fue de los primeros en darse cuenta que la libertad podía estar amenazada no sólo por el consabido despotismo autoritario sino también por el “despotismo blando” de un Estado que, sin embargo, se presenta a sí mismo como dispensador y garante de derechos y libertades.

“Ciudadanía democrática”, “ciudadanismo” o “republicanismo” son expresiones insertadas en determinados discursos políticos y libros de texto. Irreprochables y políticamente correctas pero un Tocqueville, con grandes capacidades analíticas y oratorias, no se dejaría llevar por los fáciles entusiasmos que algunos exhiben en nuestros días. El pensador francés se daría cuenta enseguida de una paradoja de esta sociedad posmoderna: se habla a menudo de ciudadanía mas esto no significa necesariamente una llamada a una mayor participación en la vida política. La libertad, tal y como la conciben muchas personas, poco tiene que ver con la vida pública. No es una cuestión de sufragios, asambleas o representatividades, en la tradición de Grecia y Roma. Esa sería la “libertad de los antiguos”, por emplear una famosa expresión de Benjamín Constant en 1819. No es la preferida en una sociedad que se caracteriza por ser hipercrítica con la clase política. Antes bien, lo que más valoran muchos de nuestros conciudadanos es la dimensión privada de la vida, de tal modo que no ha perdido actualidad otra apreciación de Constant sobre la “libertad de los modernos”: su objetivo es la libertad en los placeres privados y sólo llaman libertad a las garantías acordadas por las instituciones privadas a dichos placeres. Mas Tocqueville llegó pronto a la conclusión de que este contexto social lleva rápidamente a minusvalorar la vida política y los deberes cívicos. Es el triunfo del individualismo. La sociedad sólo está compuesta por una atomización de individuos, de los que Tocqueville diría que “se imaginan placenteramente que su destino está por completo en sus manos”. Y por si fuera poco, nuestro autor apreció otra engañosa creencia de su tiempo y del nuestro: que los asuntos económicos son autónomos de los políticos y que se bastan a sí mismos. Uno de los regímenes conocidos por Tocqueville, la monarquía de Luis Felipe de Orleáns, el llamado “rey ciudadano”, fomentaba esta creencia que sólo lleva a interesarse por el enriquecimiento personal. Un individualismo burgués del que el ciudadano estaba ausente. Hoy muchos dirían que mientras la economía vaya bien, lo demás poco importa. Pero en aquel régimen francés la avidez de riquezas y la corrupción representaron engañosos espejismos que ocultaban la revolución que trajo la Segunda República en 1848.

¿Qué se entiende por ciudadanos en una sociedad autocomplaciente y ávida de bienestar individual? Se nos dirá que estas tendencias no son incompatibles con el fomento de la tolerancia o la solidaridad. Pero una cosa es fomentar sentimientos y otra muy diferente adquirir hábitos de conducta. Las buenas intenciones nunca serán un sucedáneo de la acción. Tampoco son suficientes para frenar la tendencia al individualismo de las sociedades democráticas, presentida por Tocqueville hacia 1840: “el individualismo predispone a cada ciudadano a aislarse de la masa de sus semejantes y a apartarse con su familia y amigos; crea una pequeña sociedad para su uso y abandona voluntariamente la gran sociedad”. También advirtió que esta tendencia lleva a arrinconar a los cuerpos intermedios, lo que hoy conocemos como sociedad civil. El resultado es un Estado todopoderoso y unos satisfechos ciudadanos individualistas.

Antonio R. Rubio Plo
Historiador y analista de relaciones internacionales

 

 

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