Fe, Razón e Historia

21 mayo 2006

 

 

Voltaire y el Islam

 

 

 

 

Para el laicismo Voltaire es un punto obligado de referencia, pues sus escritos nos hablan de un Dios que no necesita de las religiones. Esto es un paso obligado para profesar un escepticismo que presume de racional, pero al que no le importa muchas veces hacer dejación de la racionalidad para mostrar sus fobias antirreligiosas. Pese a todo, la difusa religión “natural” de Voltaire encuentra de vez en cuando el momento preciso para alabar otras religiones, con excepción, por supuesto, del cristianismo.

 

En su Diccionario filosófico, Voltaire elogia a Mahoma, prototipo de conquistador y legislador, y lo contrapone a un Jesús que no combatió con la espada ni dejó nada escrito.

 

También saca a relucir su proverbial antisemitismo —¿por qué los anticristianos son antisemitas, y a la inversa?— para señalar que el Islam es más sensato porque no adora a un judío. Quizás esto haya animado a algunos musulmanes de nuestro tiempo a valorar a un Voltaire que quiso hacer el panegírico de una religión tolerante e indulgente. Insisten en su enfoque positivo hacia el Islam aunque no desconozcan la existencia de una obra teatral, Mahomet ou le fanatisme, en la que Mahoma adquiere los rasgos de cabecilla de una horda asiática, de un Maquiavelo árabe que sólo vive para su sensualidad y ambiciones políticas. Voltaire lo presenta como un Tartufo con espada, que nos haría reír si sus palabras no estuvieran marcadas por la “lógica” de la sangre y del fuego.

 

Llevados por su afán de encontrar un valedor reconocido en el Occidente laicista, ciertos musulmanes han llegado a justificar a Voltaire con el argumento de que estos ataques al Islam eran una forma de escapar a la censura de la Francia de Luis XV, y que en realidad estaban dirigidos contra la Iglesia católica.

 

Quizás no les falte algo de razón, pero esto no es obstáculo para desconocer que Voltaire no tenía ninguna simpatía por las religiones organizadas. Hay que saber leer en el Diccionario filosófico este juicio sobre el Islam, en absoluto halagador: “Al menos sus mentiras han sido más nobles y su fanatismo más generoso”. Para Voltaire, apologista de una supuesta religión sin Dios, el Islam estaba en lo cierto cuando proclama un único Dios todopoderoso, ¿aunque tiene realmente el dios del deísmo volteriano algún poder, cuando el filósofo no cree que se ocupe de los asuntos humanos? Lo cierto es que quien no creía ni en Moisés ni en Jesús, ambos por cierto de origen judío, menos aún estaba dispuesto a reconocer a Mahoma como profeta. Y es que una religión sin Dios termina por ser un exquisito ejercicio de ateísmo práctico.

 

Los elogios volterianos del Islam no son desinteresados: son tan sólo un instrumento para combatir al cristianismo. Cabe preguntarse: ¿Es también volteriana la islamofilia actual de algunos políticos e intelectuales que alardean de su laicismo militante?

 

Antonio R. Rubio Plo

 

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