Fe, Razón e Historia

09 abril 2007

 

 

Mensaje de Benedicto XVI: Individualismo y pragmatismo en la Europa de hoy

 

Benedicto XVI no ha querido caer en el triunfalismo en el 50º aniversario de la Unión Europea, pese a reconocer sus logros. Antes bien, ha subrayado algunos rasgos preocupantes de la Europa de hoy: el individualismo y el pragmatismo. Antonio R. Rubio Plo.

El 50º aniversario de los tratados de Roma ha dado lugar a la Declaración de Berlín, un documento con el objetivo de salvar las discrepancias existentes en el seno de la Unión y fijar una nueva fecha mágica, la de 2009 en la que se celebrarán elecciones al Parlamento Europeo, a la que se aplazan los problemas existentes de articulación institucional. Pese a lo que se afirma en algunos países que ratificaron la Constitución europea, lo más probable es que un nuevo tratado acabe sustituyendo a un texto nonato que no encontrará apoyo en todos y cada uno de los Veintisiete. Es significativo que en la Declaración de Berlín no haya referencias a la Constitución ni a futuras ampliaciones. Al omitir temas conflictivos al texto sólo le queda felicitarse por los logros alcanzados en medio siglo que pasan por la superación de las líneas divisorias en Europa y por una serie de políticas económicas y sociales.

Sin embargo, Benedicto XVI no ha tenido reparos en hacer algunas objeciones a la actual deriva del proceso de construcción europea. Como todos sus antecesores, el Papa es un europeísta convencido, como podían serlo algunos de los padres fundadores de la Unión que eran católicos practicantes aunque en su proyecto buscaran el consenso de otros políticos socialdemócratas y liberales. Coincidían con ellos en que los nacionalismos excluyentes habían llevado a esas “guerras civiles europeas” que fueron las dos contiendas mundiales. El problema más llamativo al que alude Benedicto XVI es el demográfico. Las estadísticas son irrebatibles, pero lo más preocupante no son tanto las cifras sino la constatación de que todo esto es consecuencia de la extensión de una determinada mentalidad: la de un “un peligroso individualismo, que no tiene en cuenta las consecuencias para el futuro”. Cabe preguntarse acerca de la siguiente contradicción: en una Europa que nos habla continuamente de políticas sociales y de solidaridad, ¿por qué florece el más rabioso individualismo y se configuran tantos “derechos a la carta”? Algo estará fallando si la solidaridad se reduce en bastantes personas a dar un número de cuenta corriente para colaborar en una o en muchas ONGs. A pesar de tantos eslóganes solidarios, en la práctica parecemos asistir a una concepción de la sociedad propia del liberalismo manchesteriano: la sociedad no es más que el agregado de los individuos que la componen. Más nos sorprende todavía que algunos de los más acérrimos defensores de la idolatría de los derechos individuales –de todos los colores y generaciones diferentes- se proclamen socialdemócratas. Quizás algunos llenen así las carencias del marxismo, puestas de manifiesto tras la caída del muro, pero el resultado es una “conversión” al individualismo de los tiempos premarxistas.

Benedicto XVI advierte también sobre los riesgos del pragmatismo que se cultiva en Europa. Es un pragmatismo que se presenta “como equilibrado y realista”, una mentalidad teñida de relativismo que piensa que todo es compromiso. Esto también podría calificarse de acuerdo, transacción, consenso e incluso de búsqueda de paz. Si una comunidad de valores –y la UE se ha proclamado así aunque no expresamente en la Declaración de Berlín- se articula en torno a la obtención de compromisos, estará demostrando que los valores que dice defender no son estables sino relativos y por tanto, cambiantes y susceptibles de interpretación y modificación por los gobiernos de turno. Dice a este respecto el Papa: “¿No es motivo de sorpresa que la Europa de hoy , mientras quiere presentarse como una comunidad de valores, conteste cada vez más el hecho de que hay valores universales y absolutos?”. Todo un contraste con culturas asiáticas o africanas que están orgullosas de sus valores y no se plantean modificaciones con fines tácticos. El relativismo de este planteamiento sólo puede traer como consecuencia para Europa una duda existencial que también termina por ser esencial: si partimos de lo coyuntural como norma de conducta y esto no lo hemos hecho en el pasado, esas épocas anteriores se basarían en planteamientos erróneos o al menos no válidos para el mundo de hoy, ya fueran de origen griego, romano o cristiano. En el mejor de los casos, sólo serán piezas de museo que podremos admirar, por ejemplo, en las correspondientes celebraciones de las capitales europeas de la cultura. Tales valores no podrán servir de referencia en el momento presente. Eso también supondrá la negación de que el ser humano tenga una naturaleza estable y permanente. Si es así, los derechos humanos serán relativos y serán relativizados por un poder que se creerá revestido del mesianismo de instituirlos desde arriba y que no soportará la más mínima objeción de conciencia. No es casual que el Papa afirme que “hay que salvaguardar el derecho a la objeción de conciencia, cada vez que los derechos humanos fundamentales sean violados”.

Es posible que muchos europeos actuales no quieran escuchar el mensaje sobre la libertad de las conciencias que nos dejaron santos cristianos o políticos romanos, pero al menos deberían prestar atención al mensaje de Antígona que antepone su conciencia a las arbitrariedades del poder. Esta muchacha griega debería ser proclamada también patrona de Europa.

Antonio R. Rubio Plo
Historiador y Analista de Relaciones Internacionales  

 

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