Fe, Razón e Historia

18 mayo 2007

 

 

Benedicto XVI, sucesor de Sajarov
 

 

Benedicto XVI, sucesor de Sajarov. Benedicto XVI es el sucesor de Andrei Sajarov en la Academia de Ciencias Morales y Políticas de París, un gran sucesor de un científico que también luchó por la dignidad del hombre y la libertad de las conciencias. Antonio R. Rubio Plo.

     

En 1995 el entonces cardenal Ratzinger fue admitido como miembro asociado extranjero en la Academia de Ciencias Morales y Políticas de París. Ahora es el primer Papa que forma parte de este foro académico. En este areópago de más de dos siglos de existencia sería preciso subrayar un detalle que algunas veces se olvida: la propia denominación de la Academia es un ejemplo de la profunda interconexión entre ética y política, que tiende a diluirse desde el momento en que triunfa una ética individualista que pone la libertad del individuo como exclusiva medida de todas las cosas. El vínculo entre ética y política pasa por la búsqueda de lo que habitualmente se ha conocido como el bien común, que no es ni mucho menos la agregación amorfa y carente de fundamento de un sinfín de supuestos bienes individuales. Una institución académica como la francesa puede ser un lugar de intercambios y debates dirigidos a los ciudadanos y a los legisladores, tal y como recordara recientemente Benedicto XVI a una delegación de la Academia que le visitó en el Vaticano.

Si el Papa Ratzinger sucedió en la nave de la Iglesia a un Papa de la talla de Juan Pablo II, en la Academia sustituyó a Andrei Sajarov, el científico que prefirió remplazar la dudosa gloria de ser el padre de la bomba atómica soviética por el de defensor de la dignidad de la persona humana. Por eso Benedicto XVI alababa a este otro antecesor suyo en estos términos: “Esta importante personalidad nos recuerda que, tanto en la vida personal como en la pública, es necesario tener la valentía de decir la verdad y de seguirla, de ser libres con respecto al mundo que nos rodea, el cual tiende a menudo a imponer sus modos de ver y los comportamientos que se han de adoptar”. A Sajarov se le brindó como a tantos otros, la alternativa de la “especialización”, algo que no es exclusivo de los regímenes comunistas sino de todos aquellos sistemas que creen en las bondades sin límites de todo progreso material. En su caso, el científico debía limitarse a desarrollar lo mejor posible su labor. Estaba prohibido hacerse preguntas de carácter ético. Debía “deshumanizarse” a mayor gloria del llamado progreso científico porque ya en 1955, cuando Sajarov expresaba sus primeras dudas sobre las pruebas nucleares, no era aceptable que un particular, por muy prestigioso que fuera, pretendiera hacer juicios de valor sobre la actuación del Estado. El uso del arma nuclear era competencia exclusiva de los políticos y de nadie más. A este respecto, señalaba Ratzinger en el elogio de su predecesor en la Academia: “Negar la capacidad humana de juzgar en lo que concierne al hombre en cuanto hombre, es crear un nuevo sistema de clases y envilecer así a todo el mundo, porque entonces el hombre no existe como tal”. No es muy diferente la situación en algunos países democráticos de la vieja Europa, que presumen incluso de ser democracias avanzadas. En esas sociedades que defienden el relativismo y el pragmatismo se impone un pensamiento dominante que niega la existencia de una ética universal y objetiva. En consecuencia, hay una negación de la libertad de las conciencias lo que, en definitiva, una negación del propio hombre. No será extraño que personas de una talla moral comparable a la de Sajarov se vean ridiculizados o perseguidos, pero esta vez no en Oriente sino en Occidente, que paradójicamente es cuna de libertades. La conciencia puede rebelarse bajo todos los regímenes políticos. Estamos acostumbrados a ver esas rebeliones en tiempos del nazismo y del comunismo pero lo llamativo será verlas en regímenes que contienen en sus constituciones un largo elenco de libertades formales. Mas esos regímenes pueden sentirse amenazados en esos mismos fundamentos si en sus respectivas sociedades se extiende un nihilismo banal, una expresión debida al filósofo americano Richard Rhorty, cuyo ideal es una sociedad liberal en la que no existen valores y criterios absolutos: el único objetivo a alcanzar es el bienestar material.

Sajarov sigue siendo un ejemplo para el mundo de hoy. Benedicto XVI recordaba su trayectoria a sus colegias de la Academia en estos términos: “Bajo el régimen comunista, su libertad exterior estaba limitada, su libertad interior, que nadie le podía quitar, lo autorizaba a tomar la palabra para defender con firmeza a sus compatriotas, en nombre del bien común”. Tendrán que sonar hoy también voces para defender la auténtica libertad del hombre, no una caricatura de libertad que se reduzca a hacer todo lo que es materialmente posible sin ningún tipo de límites y sin criterios de valor. Entre esas voces sucesoras de Sajarov se encontrará siempre en lugar destacado el Papa Benedicto XVI, miembro asociado extranjero de la Academia de Ciencias Morales y Políticas de París.

 

Antonio R. Rubio Plo
Historiador y Analista de Relaciones Internacionales

 

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