Fe, Razón e Historia

22 febrero 2007

 

 

Creer y amar en Polonia

 



El viaje apostólico de Benedicto XVI a Polonia ha sido algo más que una peregrinación emocionante a la tierra y al recuerdo de Juan Pablo II: ha sido también una llamada a la confianza del actual Pedro a su grey de Polonia. Hay quien piensa –aunque pocos lo digan en voz alta- que la Polonia católica está entrando en la Historia, que las epopeyas de la resistencia al nazismo y al comunismo pertenecen a otro siglo y que, por una fatalista ley de un supuesto progreso, ha llegado ya el tiempo del bienestar material ligado al oscurecimiento o a la pérdida de la fe cristiana. Pero Benedicto XVI no ha hecho en sus intervenciones en Polonia ninguna alusión directa a todo esto. El Papa de la sencillez y la claridad huye de las comparaciones históricas, acaso porque él es el representante del Señor de la historia, esa medida del tiempo que no tiene rasgos divinos y no debería escribirse con mayúsculas a la manera hegeliana, por no decir marxista. Por el contrario, el Papa ha hecho una llamada a la fidelidad de los cristianos polacos, lo único importante en cada momento histórico. Y la auténtica fidelidad pasa por las coordenadas de creer y amar, inseparables en la existencia de cualquier cristiano, pues ellas son el fundamento de su esperanza. Creer y amar eran un mandato implícito contenido también en la despedida de Juan Pablo II en su último viaje a su patria (agosto de 2002), cuando exhortaba a sus compatriotas a dejarse siempre llevar de sentimientos de misericordia, de solidaridad fraterna y dedicación al bien común

En nombre de la fidelidad al mensaje cristiano, el Papa criticó en Varsovia, en su homilía de la plaza Pilsudski, el relativismo que pasa la fe por la criba de “la situación histórica y la valoración humana”. Puede que algunos cristianos se aferren en esa coyuntura a una mera aceptación de las verdades de la fe: “los misterios de Dios, del hombre, de la vida y la muerte, de las realidades futuras”. Mas se quedarían en lo abstracto, en lo teórico; olvidarían que en el cristianismo la ley y el amor van juntos. En el cristianismo la ley no puede reducirse a una simple manifestación de poder o de autoridad, a algo que sólo sirviera para marcar una distancia infranqueable entre Dios y los hombres. No basta con creer: los hombres de la antigüedad clásica decían creer en sus dioses, tenían una vida religiosa marcada por festividades, ceremonias y ofrendas... Cumplían con lo dispuesto en sus leyes religiosas, hacían de su credo una religión de los preceptos, pero en realidad muchos no creían en aquellos dioses aunque pocos se atrevieran a proclamarlo porque habrían sido considerados como peligrosos perturbadores del orden social y político. Pero lo que fue verdaderamente perturbador fue el surgimiento de una religión que exigía la acomodación de la propia conducta a la fe, y se explica así la persecución de los cristianos por las autoridades romanas. Cristo no se conformaba con ser una divinidad más del panteón de Roma. Esta idea la subrayó el escritor polaco Henryk Sienkiewicz en su novela Quo Vadis, tan apreciada por Juan Pablo II.

Las verdades de la fe no son algo sólo para adherirse: hay que vivirlas. Tras escuchar los mensajes del Papa en Polonia, habría que recordar que lo importante no es ser un polaco católico sino un católico polaco. Esta es la auténtica prioridad, y es algo aplicable al católico de cualquier otro país. Después de escuchar a Benedicto XVI en la tierra del Papa Wojtyla, no nos extrañará que algunos consideren la encíclica Deus caritas est como un programa de su pontificado. De ahí que en la homilía de Varsovia pusiera el acento en estas palabras evangélicas (Jn 14, 15): “Si me amáis, guardaréis mis mandamientos”. Y los mandamientos que lo resumen todo son los del amor a Dios y al prójimo. Benedicto XVI lo recordaba esta cita en la que hay que “amar a (Dios) con todo el corazón, con toda la inteligencia y con todas las fuerzas, y a amar al prójimo como a sí mismo” (Mc 12, 33). Habría que recordar en estos tiempos cargados de tensiones en la vida política y social –en países europeos como Polonia- que un cristiano fiel al mandato de Cristo ama a los que le rodean: amigos y enemigos, creyentes y no creyentes..., pues sabe que el trigo y la cizaña crecen juntos y que el recurso aparentemente sencillo de arrancar la cizaña, puede llevar a arrancar también el trigo (Mt 13, 29). Un cristiano fiel, “firme en la fe” –como subrayaba Juan Pablo en la Polonia expectante de 1979- intentará hacer realidad el mandato cristiano de creer y amar que hace visible el rostro de Cristo. Lo señalaba el Papa Ratzinger en su homilía de Cracovia: “haciendo bien al prójimo y mostrándoos solícitos por el bien común, dais testimonio de que Dios es amor”.

Antonio R. Rubio Plo
Historiador y analista de Relaciones Internacionales

 

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