Fe, Razón e Historia

09 abril 2007

 

 

En la muerte de Henri Troyat:

Rusos y otros seres humanos

 

 

Reflexión sobre un gran escritor francorruso que mira con ojos comprensivos a los personajes de su universo histórico y literario que transcurre por los caminos de la Rusia eterna. Antonio R. Rubio Plo.

A los noventa y cinco años, y sin abandonar hasta el último momento su compulsiva labor creadora, ha fallecido Henri Troyat, el seudónimo de Lev Tarassov, escritor ruso de origen armenio que durante más de seis décadas ha sido una de las plumas más valoradas por el público francés. Su vida personal se confunde no sólo con la de Francia en el siglo XX sino sobre todo con la de su patria de origen: una Rusia que va más allá de los límites espaciales y temporales para hacerse eterna en la evocación histórica. Tarassov llegó a Francia con tan sólo nueve años y en su infancia y adolescencia sacó a flote el coraje necesario para empaparse de la historia y cultura de su país de adopción, algo que no todos los exiliados rusos supieron hacer pues se convirtieron en prisioneros de la nostalgia, en personas que envejecieron pensando en que la próxima Pascua ortodoxa la celebrarían en la tierra que abandonaron precipitadamente con el triunfo del leninismo.

Pero la Rusia evocada por Troyat, seudónimo sugerido al escritor por un directivo de las ediciones Plon, terminaría por formar un universo enciclopédico de zares, zarinas, políticos, aristócratas, aventureros, escritores, compositores.... Catalina la Grande, Alejandro I, Nicolás II, Rasputin, Pushkin, Gogol, Dostoievski, Tolstoi, Gorki, Pasternak, Tchaikovski... La lista de biografías no se agota en estos nombres ni tampoco el de novelas históricas. Se diría que Troyat escribía y escribía sin parar, siendo octogenario o nonagenario, para transmitir al gran público el inmenso legado de la Rusia anterior a 1917 o incluso de la posterior que no se resignaba a ser absorbida por la propaganda del nuevo mesianismo materialista. Nunca volvió a Rusia, ni siquiera tras la caída del comunismo. Acaso tuvo el temor de que la Rusia descrita en sus libros ya no existiera o quizás pretendió perpetuar sus recuerdos de niño que paseaba por su padre junto al Kremlin en su Moscú natal. Por entonces los ecos de la gran guerra europea estaban lejanos y las tormentas de 1917 aún no se habían desencadenado.

Troyat llego a escribir de sí mismo que su vida transcurría entre las nubes rusas y la tierra firme francesa. Llegó a ser un cronista de Rusia que se expresaba en francés, pero en ningún caso sus relatos eran superficiales y distantes. El secreto de su éxito era el hacerse cercano, meterse en la piel de sus personajes y procurar entender sus sentimientos y reacciones. Adquiría así la capacidad de comprenderlos y en cierto modo de disculparlos por muy turbulentas que hubieran sido sus vidas. La clave para entender a muchas personalidades históricas –y también a mucha gente corriente de todas las épocas- es su desgarramiento, su incapacidad para aceptarse y asumir sus limitaciones. Son muchos los que han caído –y siguen cayendo- en la misma trampa: afirmar su poder imponiéndose sobre los demás de forma tiránica. Es una dinámica que también se repite en nuestros días: muchos no se atreven a ser buenos, a hacer aflorar sus buenos sentimientos... Se les ha vendido la idea de que hay que ser frío e implacable; hay muchos malos de pose que prefieren ir contra su propia conciencia porque es la única manera de no ser rechazados. Lo vemos en bastantes personajes de Troyat pero también lo recalcó un siglo antes el propio Dostoievski.

Henri Troyat pudo cultivar un estilo profundamente humanista gracias a la tranquilidad de su refugio literario y al apoyo de su mujer. Su tiempo era para el trabajo, la investigación, los ensueños... Atrás quedaban sus primeros años de penurias y sufrimientos, y de los que sólo pudo librarse por medio de la literatura. Pero su plácida vida de escritor no le impidió hacer una reflexión que en nuestras sociedades acomodadas tiende a olvidarse: en la existencia humana “la partida nunca está ganada”, las situaciones en apariencia más sólidas pueden derrumbarse como si se tratara de un castillo de naipes. Para uno, esto es fatalismo; para otros, el testimonio de una sabiduría que no quiere enquistarse en lo puramente material.

 

Antonio R. Rubio Plo

Historiador y Analista de Relaciones Internacionales

 

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