Fe, Razón e Historia

21 mayo 2006

 

 

Junto a la cruz de Liébana

 

 

Belleza, pintoresquismo, naturaleza... Estas expresiones son un vano intento de describir los atractivos del valle de Liébana, en el sector cántabro de los Picos de Europa, que se ven hoy acrecentados por la llegada de miles de personas que valoran cada día más lo que se conoce como turismo natural o rural, lejos de las estruendosas aglomeraciones urbanas del invierno y del verano: las de las jornadas laborales sobredimensionadas y las de las playas masificadas. Pero a Liébana y a su monasterio de Santo Toribio también llegan peregrinos en un año jubilar que se celebra cuando la festividad del santo cae en domingo, tal y como ha sucedido en este 2006. El objeto de la peregrinación no es otro que un fragmento original de la cruz de Cristo, el mayor de todos los conservados y que pertenece al brazo izquierdo de la cruz, y en el que puede distinguirse el agujero donde fue clavado Jesús. El fragmento se encuentra actualmente en el interior de una cruz de plata dorada, realizada a mediados del siglo XVI.

La visita al monasterio de Liébana traerá al viajero la evocación de un brillante pasado religioso y cultural: santo Toribio, el evangelizador de aquellos abruptos parajes en el siglo VI; Beato, el monje del siglo VIII cuyos comentarios al Apocalipsis están asociados a bellos códices ilustrados que preanuncian el románico... Mas todas aquellas construcciones en las que se combinan estilos artísticos de siglos diferentes, toda la brillante tradición de teología y cultura están siempre en función de algo mucho más profundo. Son la presentación externa, una de tantas en el devenir de los siglos, del mensaje cristiano, que a los hombres de todas las épocas toca descubrir y redescubrir. Sin embargo, desde una óptica alejada –o difusa- de la fe, las reliquias no despiertan ningún entusiasmo. El racionalismo las relega al apartado de la superstición; una cierta antropología se empeña en buscar analogías con ritos precristianos; otros las consideran como ejemplos de épocas superadas de la fe... En tales circunstancias adversas, una peregrinación corre el riesgo de quedarse en aspectos meramente formalistas, distanciados de la fe que venera las reliquias como testimonio visible del mensaje de Cristo.

La peregrinación no será tal sino la anima un propósito de encuentro personal con Cristo. A este respecto, Benedicto XVI, en su mensaje para la apertura del Año Santo Lebaniego, hacía una exhortación “a vivir este acontecimiento como un don singular de Dios y una ocasión propicia para revitalizar la existencia cristiana personal y comunitariamente, acercándose al misterio de la cruz redentora de Cristo, signo de vida verdadera, fuente de perdón y ejemplo supremo del amor de Dios por los hombres”. Estas palabras recogen, entre otros aspectos, la dimensión personal y comunitaria de la existencia cristiana. Una doble dimensión que a veces se olvida. Cuando llega un jubileo, muchos piensan sobre todo en la indulgencia que conlleva, tras la recepción del sacramento de la penitencia, un perdón personal. ¿Es sólo un borrón y cuenta nueva individual? El cristianismo y su experiencia de conversión nunca pueden ser individuales. Es vano el intento de circunscribirlo a un individualismo más, una especie de afición instalada en uno de esos compartimentos estancos que tanto abundan en nuestras sociedades. Mas el cristiano no puede aspirar a vivir en una celda ni en una “arca de Noé”.Ningún seguidor de Cristo vive su fe en soledad, porque quien lleva consigo a Cristo nunca está solo, con independencia del ambiente en que se encuentre, de que le rodeen muchos, pocos o ningún cristiano. De ahí que una auténtica peregrinación deba aspirar a un encuentro personal con Cristo, una experiencia capaz de transformar toda una vida, de arrojar luz o de llevar a hacerse preguntas trascendentes en una sociedad en la que la fe cristiana es débil y poco cultivada hasta agostarse. Todo un contraste con un mundo que, obsesionado por la competitividad y el progreso técnico, exige un cultivo continuo de los saberes profesionales. ¿No habremos confundido algunas veces los cristianos la sencillez con la ignorancia?

La cruz de Liébana es una invitación a poner la mirada en Cristo crucificado, un Jesús que ha padecido por amor a los hombres, aunque a muchos de ellos les siga turbando o escandalizado la imagen del Crucificado, imagen del dolor en un mundo que pretende abolir u ocultar el sufrimiento. Ante esa imagen, no es tanto ocasión de plantear preguntas sino miradas, y recordar que una de esas miradas también la dirigió Dimas, el buen ladrón. En esa mirada le llegaría la fe, el instante de la conversión, que no es otra cosa que el reconocimiento del Crucificado como salvador de los hombres. Esa mirada da la vuelta por completo a la historia y a la lógica humanas: es la fe que penetra con sorprendente audacia en la intimidad de un Dios que escribe con su sangre el libro del amor . La respuesta de Jesús crucificado está llena de seguridad y certeza, impensables en alguien que a los ojos de sus ejecutores era un fracasado que había sido contado entre los malhechores. Esa respuesta proclama: “Te lo aseguro: hoy estarás conmigo en el Paraíso” (Lc 23, 43). En la cruz Dimas ha reconocido al Dios del amor.

Reconozcámoslo nosotros, si somos peregrinos, en el fragmento de madera de Liébana. Llamémoslo, como Dimas, por su nombre: Jesús (Lc 23, 42). La familiaridad denota confianza, y la confianza se hace sólida con el trato personal. La Eucaristía, memorial de aquel sacrificio de la cruz, nos llevará a una unión más íntima con Él.

 

Antonio Rubio Plo
Historiador y Profesor de Relaciones Internacionales

 

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