Fe, Razón e Historia

21 mayo 2006

 

 

La segunda muerte de Robespierre

 

Un libro muy recomendable para quienes quieran conocer las raíces históricas de esta Europa poscristiana y posreligiosa, es Poder terrenal del historiador británico Michael Burleigh, que aborda de manera profusa, amena y documentada el período histórico que va desde la Revolución Francesa a la I Guerra Mundial. Por si fuera poco, tras la reciente presentación del libro en Madrid, el autor nos promete una segunda parte. Esta obra nos permite comprender no sólo los procesos de descristianización de las masas en distintos países europeos a partir de la revolución industrial sino, sobre todo, el origen de las “religiones políticas” que han llegado hasta nuestros días: son los “ismos” que se presentan como superadores del cristianismo, aunque tanto los dirigentes revolucionarios franceses como los nacionalistas o los socialistas se apropiaron de no pocas ideas y símbolos cristianos en sus intentos de construir “religiones”de la nación o de la humanidad.

Este libro me ha permitido arrojar un poco de luz a una conversación mantenida hace tiempo con un amigo filósofo. Le manifesté que en la última década del siglo pasado muchos se hicieron la ilusión de que comenzaba una nueva era de paz en la historia humana, en la que las estatuas de Hitler, Stalin o incluso las de Lenin, habían quedado arrumbadas definitivamente. Asistiríamos a la segunda muerte –por emplear un término del Apocalipsis- de estos personajes, es decir a que sus ideologías terminarían en el basurero de la Historia, expresión utilizada por Lenin. Sin embargo, me pregunté por qué Robespierre y sus compañeros del Comité de Salud Pública, de acreditada experiencia en terrorismo de Estado como los citados políticos del siglo XX, no merecían la misma reprobación que los urdidores del Holocausto o del Gulag. Es cierto que Robespierre apenas ha conservado su nombre en las placas de las calles de Francia y que su reinado del Terror no suele merecer hoy, como en otros tiempos, algún tipo de elogio en los libros de texto, pero la segunda muerte de Robespierre no se está produciendo porque él y sus compañeros jacobinos edificaron los cimientos de una “religión política” aún vigente, de un laicismo declaradamente antirreligioso. Y es que si lo pensamos bien, los discursos del revolucionario francés encontrarían un perfecto encaje en intervenciones de políticos, por ejemplo en algunos españoles de la República proclamada en 1931, aunque también –y esto es lo preocupante- en la España actual.

En el libro de Burleigh se transcriben detalles de un discurso de Robespierre sobre la moralidad política, que no desentonaría en estos tiempos, precisamente por su sentimentalismo, que tanto se lleva en esta era posmoderna. Frases grandilocuentes, con ansias de conmover a un auditorio con muchas ganas de aplaudir al orador, expresiones que señalan de modo tan inapelable como unilateral, quiénes son los buenos y los malos: “En nuestro país queremos que la ética sustituya al egoísmo, la integridad al honor, el imperio de la razón a la tiranía del gusto cambiante, el mérito a la intriga, el talento al ingenio, la grandeza del hombre a la mezquindad de los “grandes”...”. Tras escuchar estas palabras, se llega a la conclusión de que no cabe disentir ante estos bellos ideales. Hacerlo, según Burleigh, es una lepra moral. Se podría decir también que toda disidencia es expresión de un miembro enfermo, que hay que amputar antes de que infecte a todo el organismo. El empleo del bisturí se hace forzoso para que reinen las supuestas paz y bondad universales. Al “malo” le corresponde probar que es de los buenos, debe decir que sí a todo –bastará muchas veces con que lo diga con sus labios para que sus jueces se sientan satisfechos-, pues sí no lo hace comete una especie de crimen contra la humanidad. Lo lamentable es que algunos de esos disidentes, que se proclaman liberales, digan que esos discursos son angélicos, evangélicos u otra expresión por el estilo. En todo caso, son maniqueos pero no cristianos. Responden esas palabras a las ideas sobre la justicia y la virtud que tenía Robespierre, que consideraba que el terror revolucionario era justicia, una justicia severa e implacable, una emanación de la virtud. No se convierte, sin embargo, en terrorista al estilo de Hitler o Stalin, pues adorna su discurso de un sentimentalismo que aboga –hasta casi la lágrima- por los inocentes, los débiles o la humanidad. Eso sí, los que no entran dentro de estas categorías, no pueden esperar protección o piedad.

¿Por qué no se produce la segunda muerte de Robesperre y de sus compañeros jacobinos? Porque sigue habiendo continuadores que tienen la exclusiva del “partido del bien”, que esgrimen la patente de la bondadosidad con grandilocuencia y dramatismo.

Antonio R. Rubio Plo

 

 

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