Fe, Razón e Historia

27 agosto 2006

 

 

La buena imaginación de Ignacio de Loyola

 


¿Es realmente la imaginación, la “loca de la casa”, tal y como decía Santa Teresa de Jesús? La imaginación tiene fuerza creadora porque es un don de Dios aunque todo depende del uso que queramos hacer de ella. Puede darnos ideas e inspiraciones para nuestra vida pero también puede conducirnos por caminos alejados de la realidad y de los afanes cotidianos. Hay una imaginación buena que puede y debe ponerse al servicio de Dios y los hombres: la imaginación puede despertar en nosotros otras facultades del intelecto. Es importante hacer una defensa de la imaginación en unos momentos en que los únicos “creativos” parecen ser algunos publicitarios que no siempre se caracterizan por su buen gusto. La imaginación es alabada en los primerísimos años de la infancia pero parece estar excluida por ciertos psicólogos de la vida de niños y adolescentes. En esta sociedad de la información se nos ofrece la posibilidad de consultar datos en Internet, lo que para muchos equivale a imprimir una información elaborada por otros y que no necesariamente son unos expertos. Una vez empleada, se usa o se entrega y se olvida. En esta banalización de la información hay poco lugar para la imaginación salvo en lo relativo al continente, lo que se suele llamar “diseño”, aunque no tanto para los contenidos.

También en la vida espiritual hubo un maestro que estaba convencido de que con la imaginación se puede alcanzar a Dios.: Ignacio de Loyola. Sus Ejercicios espirituales son una invitación a meternos en los pasajes de la vida de Jesús, a imaginarnos que estamos allí y estamos viviendo los mismos momentos que Jesús y los personajes de su entorno. Muchos santos han seguido este método ignaciano. Viajar con la Sagrada Familia a Belén y a Egipto, estar en el monte de las bienaventuranzas o en el Calvario es una invitación para tener los mismos sentimientos de Cristo Jesús. Es una oportunidad de empaparse de vida interior. Para algunos será una niñería, una práctica ingenua. Un amigo mío decía que al pensar en la vida de Jesús, lo que él se imaginaba eran todas las superproducciones que Hollywood hizo sobre Jesús o los primeros siglos del cristianismo. Una de “romanos”, en definitiva. Pero este método, que puede valer en algunos momentos de la vida espiritual aunque no necesariamente en otros, no consiste en recrearse en imágenes de cartón piedra o en un Jesús de largos cabellos que la cámara casi siempre sacaba de espaldas. San Ignacio lo aplica a la vida corriente como puede apreciarse en su Autobiografía. Durante sus años de París, pensó en ganarse la vida trabajando en el servicio de algún colegio mayor. El problema podía surgir en el trato con el maestro y los escolares porque servir nunca ha sido valorado en ninguna sociedad aunque ésta fuera oficialmente cristiana. Por muy instruido que sea un servidor e Ignacio lo era, no dejaría de ser un criado. De los reproches que se le dirigieran podían surgir los correspondientes rencores. Ignacio no quería caer en ellos y con su imaginación se propuso identificar al maestro con Cristo y a los escolares con cada uno de los doce Apóstoles. En definitiva, se trataba de ver a Cristo en los demás, pues la dignidad de los seres humanos se fundamenta sobre todo en un Dios hecho hombre. Lo difícil, sin embargo, es ver a los que conviven en nuestro entorno, sean familiares o compañeros de trabajo, como otros Cristos. Mala cosa sería ver a Cristo en los necesitados de ayuda material y no verlo tan claramente en quienes tan sólo demandan de nosotros una escucha paciente, una sonrisa o unas palabras de ánimo. La imaginación de san Ignacio permite ver a Cristo en cada ser humano sin distinción.

¿Pero la imaginación no puede jugar malas pasadas en la vida espiritual? El propio santo reconoce que, cuando estudiaba Gramática en Barcelona, le venían en mente toda clase de “nuevas inteligencias espirituales” y, en definitiva, se sentía lleno de consuelos para el alma. Esta apertura de su entendimiento a las cosas de Dios bullía con frecuencia en su interior y él mismo reconocía que “ni cuando yo me pongo en oración y estoy en la misa no me vienen estas inteligencias tan vivas”. Ignacio acaba rechazando esto como una tentación, pues si para descubrir a Dios, hay que alejarse de la oración y de la eucaristía, el resultado no será nada bueno. El alma acabará envaneciéndose de una sabiduría que no es suya y que sólo se la debe a Dios. Si además va cortando los canales que le unen a Él, el fracaso será tremendo. De ahí puede salir una persona con un acentuado espíritu de rebeldía y con la amargura que nace de la sensación de no ser suficientemente valorada. Aquí hay que cortar la imaginación e Ignacio la somete a los medios que Dios ha puesto para llegar hasta Él. La imaginación será sierva de la oración y de la contemplación. Es el sometimiento al Creador lo que le infundirá toda su plenitud creadora.

 

 

Antonio R. Rubio Plo
Historiador y analista de relaciones internacionales

 

 

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