Fe, Razón e Historia

09 marzo 2007

 

 

 

Oriente Medio visto por Benedicto XVI

 

 

En su discurso al Cuerpo Diplomático ( 8 de enero de 2007), el Papa pasó revista a la situación en Oriente Medio con un enfoque en el que se unen la esperanza y la sensatez. Antonio R. Rubio Plo.

 

Es tradicional en el primer lunes después de la Epifanía que el cuerpo diplomático acreditado ante la Santa Sede sea recibido por el Papa y se intercambien mutuos saludos de felicitación. Pero es además un momento para que el Pontífice pronuncie un discurso en el que pasa revista a múltiples aspectos de la vida internacional. Aunque sólo fuera por las imágenes televisivas, cualquier analista de estos temas tendría motivos para el pesimismo en un panorama cargado de violencias y tensiones que no ahorran ningún continente. La diferencia es que las amenazas a la paz y a la seguridad son de índole muy diversa: hay ataques contra la vida pero también contra las conciencias o la dignidad del ser humano. Sin embargo, el mensaje de Benedicto XVI no se deja llevar por el pesimismo. No ve el mundo desde un prisma exclusivamente negativo, pues las situaciones que describe son planteadas como un reto “consistente en promover y consolidar todo lo que de positivo hay en el mundo y a superar con buena voluntad, sabiduría y tenacidad, todo lo que hiere, degrada y mata al hombre”.

Seleccionaremos del discurso papal la exposición referente a Oriente Medio, “fuente también de grandes inquietudes”. Cualquier analista internacional coincidiría en que esa región, y en general el arco arábigo-musulmán que iría desde Marruecos a Indonesia, constituye la zona más conflictiva del mundo, la que puede desencadenar chispas devastadoras a partir de acciones terroristas globales o de guerras localizadas en las que podrían utilizarse armas de destrucción masiva. Es una región en la que todo aparece estancado, en la que han fracasado negociaciones de paz, métodos de guerra preventiva o espectaculares operaciones contra la insurgencia. Benedicto XVI reconoce la existencia de un “complejo tablero político en la región”, pero a pesar de todo piensa en “un futuro de paz y fraternidad”, tal y como señalaba en su reciente carta a los católicos de Oriente Medio con motivo de la Navidad. El mensaje papal predica la sensatez porque predicar una auténtica paz es la mayor sensatez. La paz nace de la confianza, algo que no existe en esa región. De ahí que el Papa señale algo lleno de cordura: “Si cada uno de los pueblos de la región ve sus aspiraciones tomadas en consideración y se siente menos amenazado, se reforzará la confianza mutua”. Los libros de historia están llenos de tratados y paces, expresiones que son presentadas a menudo como sinónimos cuando la realidad es que han abundado los “dictados” de paz. Nada tiene que ver la paz con someterse a imposiciones arbitrarias para vivir con“tranquilidad”, que nunca significará seguridad, o en función de acomodaticios intereses de poder. La paz auténtica implica a las dos partes y supone que no haya vencedores ni vencidos: no implica que una parte tenga que ceder en todo. Desde estos planteamientos la supuesta victoria de las armas se traduce en una ensoñación utópica: el rencor de los vencidos o humillados alimentará siempre deseos de violencia y revancha. La victoria completa de las armas es en nuestros días un espejismo alimentado por la Historia. Hay políticos y analistas que, por ejemplo, tratan de retrotraer a nuestra época la derrota del nazismo y ven por doquier similitudes no del todo existentes. Olvidan que los acontecimientos históricos nunca se repiten. Pueden tener utilidad didáctica, pero los tiempos son diferentes. Una muestra histórica: el fracaso de la expedición franco-británica contra Suez (1956) fue, entre cosas, el resultado de asimilar a Nasser con Hitler y Mussolini.

El camino a la paz en Oriente Medio pasa, entre otros aspectos, por el respeto a “las aspiraciones y legítimos intereses de los distintos pueblos implicados”. El Papa se refiere a libaneses, israelíes y palestinos: todos ellos tienen derecho a vivir en un Estados libres y soberanos y, sobre todo, a vivir en paz. No obstante, apenas hay en el discurso papal una referencia a la que se está perfilando como la mayor amenaza a la paz en Oriente Medio: las guerras civiles, o mejor dicho los brutales actos de terrorismo, que sacuden al mundo islámico. Nacionalismo e islamismo, sunismo y chiísmo, son algunas de las denominaciones que están detrás de una violencia que salpica con brutal intensidad a los propios musulmanes. Las cifras de víctimas de esa violencia son mucho mayores que las de israelíes u occidentales asesinados, e Irak es al respecto el caso más paradigmático. Mas sobre particular el Pontífice ha hablado en diversas ocasiones para condenar toda violencia ejercida en nombre de Dios, al igual que hiciera Juan Pablo II. En todo caso, el terrorismo debe incluirse hoy en una agenda global de la seguridad: “Las cuestiones de seguridad, agravadas por el terrorismo que es necesario condenar firmemente, deben tratarse con un enfoque global y clarividente”. Insiste, por tanto, el Papa en algo subrayado en muchos foros internacionales en las últimas décadas: la seguridad no equivale únicamente a la defensa, los medios militares son uno de tantos medios, aunque no único y exclusivo, para hacer frente a las amenazas a la seguridad. A algunos les parecerán utópicas las palabras finales del discurso papal a los diplomáticos, pero el camino hacia la paz pasa por “la construcción de un humanismo integral, el único que puede garantizar un mundo pacífico, justo y solidario”. Construir ese humanismo supone respetar a toda persona humana. En ese respeto extensible a todos los tiempos y sociedades radica la paz auténtica.

Antonio R. Rubio Plo
Historiador y Analista de Relaciones Internacionales
 

 

Página principal

darfruto.com