Fe, Razón e Historia

22 febrero 2007

 

 

Paz, vida  y libertad religiosa  

 

Paz, vida  y libertad religiosa. El derecho a la vida y la libertad religiosa son premisas indispensables para la paz, tal y como nos recordó Benedicto XVI en la Jornada Mundial de la Paz de 2007. Antonio R. Rubio Plo.

 

 

La Jornada Mundial de la Paz de 2007 giró en torno al lema La persona humana, corazón de la paz, y en el Mensaje del Papa se hace hincapié en la idea de que “respetando a la persona se promueve la paz”. En principio la inmensa mayoría de la gente, sea o no religiosa, estaría de acuerdo con esta afirmación. Es sabido que desde que terminó la II Guerra Mundial hemos entrado en la “era de los derechos”, en expresión de Norberto Bobbio, y no son pocos los juristas –y sobre todo, los políticos- que presumen de garantistas. Todo son apelaciones a los derechos y libertades o a la tolerancia, término éste último que se emplea con más frecuencia que respeto. Dadas estas premisas, lo lógico y racional sería que nuestros sistemas políticos y sociedades tuvieran mucho de idílico y de remanso de paz, pero la realidad demuestra cada día que hay un acusado desfase entre teorías y realidades. Los marcos legales pueden hablarnos de derechos y libertades, mas el primero de todos los derechos –el derecho a la vida- se ve radicalmente cuestionado por pragmatismo o conveniencias de un individualismo muy poco solidario. La proclamación legal del derecho a la vida se entendería mejor si llevara consigo adjetivos como “sana” o “útil”. En este contexto se explica la denuncia de Benedicto XVI en el Mensaje: “Hay muertes silenciosas provocadas por el hambre, el aborto, la experimentación sobre los embriones y la eutanasia”. Pocos ven en estas situaciones una amenaza para la paz y en el mejor de los casos, la admitirán en el caso del hambre. En los otros casos, la mentalidad imperante es la de afirmar que estamos ante “derechos de nueva generación” o que son una manifestación del progreso técnico que se traducirá en mejoras de la salud humana. Los positivistas y cientificistas del siglo XIX se sentirían encantados ante este panorama actual en el que el último autor de best-sellers, pretendidamente científicos, se está limitando a copiar sus ideas.

Habría que detenerse, sin embargo, en otro aspecto del Mensaje de 2007: la defensa de la libertad religiosa, sin la cual la paz también está amenazada. Las constituciones recogen este derecho, incluso en los sistemas políticos comunistas, pero el problema radica una vez más en lo que se entiende por “libertad religiosa”. El problema es que estamos asistiendo a una batalla por el control del significado de las palabras, una batalla cultural de corte gramsciano mucho más decisiva que todos los viejos debates sobre teorías económicas. En este sentido, nuestro mundo es mucho más orwelliano de lo que el autor de 1984 pudo soñar. Sin catástrofes espectaculares ni asfixiantes sistemas políticos con su parafernalia de robots y demás aparatos electrónicos, el mundo está cayendo bajo la dictadura de los guardianes de las palabras, que no son otra cosa que los ingenieros de almas a los que se refería Lenin. Por cierto, en la antigua URSS cualquier titulado técnico llevaba la denominación de ingeniero. En este sentido, el Papa hace muy bien en referirse a “la libre expresión de la propia fe”. Ahí reside la verdadera acepción de la libertad religiosa, no en un derecho reducido a ocultar la fe en nombre de una supuesta tolerancia. Según lo que algunos entienden por libertad, habría que ser religioso únicamente en la intimidad, con el espíritu pero no con los sentidos. El resultado sería esa espiritualidad difusa –que no es religiosidad- que tanto triunfa en nuestros días.

Benedicto XVI pone de manifiesto “las dificultades que tanto los cristianos como los seguidores de otras religiones encuentran a menudo para profesar pública y libremente sus propias convicciones religiosas”. Esas dificultades existen cuando hay Estados que se niegan a reconocer que lo religioso no es un fenómeno aislado e individual, una ideología entre tantas, sino que también requiere de presencia en la vida pública. Es el caso del laicismo agresivo que no detiene su hostilidad ni siquiera ante esta contradicción: predica tolerancia y se presenta como gran defensor de la dignidad de la persona humana, pero está impregnado de una fuerte carga mesiánica, por no decir maniquea; considera que su misión es llevar el progreso a la humanidad y que debe remover todos los obstáculos que se le opongan, entre ellos lo religioso que es una etapa histórica superada. El laicismo ataca la religión con un fervor religioso, con ínfulas de sentirse exclusivo depositario de una moral que apela de continuo a la paz, la justicia o la igualdad. Quien conozca algo la Historia, no podrá dejar de reconocer que esto es también una amenaza a la paz.

 

Antonio R. Rubio Plo
Historiador y Analista de Relaciones Internacionales

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