Fe, Razón e Historia

18 mayo 2007

 

 

Portugal y el mensaje de Fátima
 

 

Las apariciones de Fátima que dan comienzo el 13 de mayo de 1917 se inscriben en un contexto histórico y geográficos muy concretos: el Portugal de inicios del siglo XX con una sociedad mayoritariamente rural y con una secular tradición católica. Todo un contraste con otro Portugal, cuyos primeros balbuceos datan de los tiempos del despotismo ilustrado y en el que tanto la política como las corrientes ideológicas y culturales en boga persisten en alejarse del catolicismo para adherirse a visiones del mundo dominadas por el positivismo, el cientificismo y toda clase de utopías que pretenden en basarse en la confianza ciega en la razón humana para construir sociedades perfectas. En el país luso han calado las ideas que vienen de Francia, acaso mucho más que las que proceden de la tradicional aliada británica, y el resultado es una combinación de republicanismo mesiánico, laicismo agresivo y anticlericalismo. La República implantada en 1910, tras una azarosa algarada militar, es el punto culminante de una deriva que se venía venir de lejos, cuando la monarquía de los Braganza alcanzaba cotas de insensibilidad e impopularidad. Los tiempos serán difíciles para la Iglesia aunque la hostilidad de los poderes constituidos no llegue hasta los extremos del México revolucionario o de la España republicana. Por si fuera poco la I Guerra Mundial, en la que Portugal participa junto a los aliados, proporciona más sufrimientos a un pueblo cuyos hijos van a morir en el fango de las trincheras de Flandes. El horizonte de 1917 amanecerá con nubarrones todavía más sombríos: llegará la revolución bolchevique cuyo ejemplo hará también correr la sangre en el Portugal de los años inmediatamente posteriores. Se vivirán momentos de locuras colectivas en el que las ideologías totalitarias o la mera volunta de poder atentarán contra la dignidad física y espiritual del ser humano.

En este sombrío escenario se producen las apariciones de Fátima, una revelación particular que la Iglesia reconocerá en muy pocos años y que demuestra la persistente providencia de Dios en todos los tiempos. Estamos ante una revelación privada que no se aleja sino que confirma el mensaje esencial del Evangelio: la llamada a la conversión. Es lo más importante porque el cristianismo no está llamado a edificar el reino de este mundo pues los cristianos no tienen ciudad permanente. Toda interpretación en sentido político, sea de uno u otro signo, está llamada a fracasar y termina por ser un espejismo temporal. También el Portugal de los años siguientes a las apariciones pudo creer que había entrado definitivamente en una era en que reinaba el orden y se multiplicaban las manifestaciones exteriores de la fe católica. Eran los tiempos de un régimen encabezado por un antiguo seminarista llamado Antonio Oliveira Salazar. Como es sabido, todo terminó con revoluciones políticas y sociales que introdujeron bruscamente a los portugueses en la era moderna y aun en la posmoderna de tal modo que la sociedad lusa vive hoy algo parecido a una crisis de identidad en la que muchos han arrumbado sus raíces para adherirse a una forma de vida en la que sólo cuenta el eterno presente de lo material. No se puede negar que para algunos portugueses Europa –o mejor dicho una cierta idea de Europa- ha sido más instrumento de desarraigo y frustraciones que de esperanzas. A esto se añaden los desafíos sociales y económicos de la globalización ante los que el pequeño Portugal no parece tan preparado con sus infraestructuras humanas y materiales. En este Portugal ¿queda todavía lugar para el mensaje de Fátima?

A decir verdad no son pocos, dentro y fuera del país, los que asocian el mensaje de Fátima a formas de religiosidad tachadas de primitivas y de otro tiempo: peregrinaciones, rosarios, velas, cánticos, peticiones... Un cristianismo supuestamente adulto y deseoso de calado teológico consideraría que esas imágenes cargadas de sentimiento –o de sentimentalismo- en muy poco se corresponderían al mensaje cristiano. Si a esto añadimos las especulaciones y esoterismos que han florecido paralelamente a la existencia del tercer secreto de Fátima, se entiende que algunas mentalidades cristianas no se sientan demasiado entusiasmo por el santuario portugués... A lo mejor han olvidado que María es llamada consuelo de los afligidos. Pero esos ramalazos de “racionalismo” cristiano olvidan que la fe sigue siendo el patrimonio de los sencillos más que de los sabios y entendidos. Las apariciones de la Señora de Fátima se dirigieron no a doctos teólogos ni a esforzados benefactores sociales sino a unos niños que pastoreaban rebaños de ovejas. El mérito de Lucia, Jacinta y Francisco no consistió en haber sido agraciados con una aparición celestial sino en aceptar el mensaje de oración, penitencia y llamada a la conversión. Fue entonces una provocación en el ambiente social y político enrarecido de la época que unos pastorcitos dijeran que habían visto a la Virgen. No eran los niños los encargados de hacer una teología de Fátima: dicha lectura teológica corresponde a la Iglesia y en buena parte está todavía por hacer aunque Juan Pablo II, tan devoto de la Virgen aparecida en Portugal, abrió un camino digno de seguir. En ese camino no faltan los signos externos como la próxima inauguración en el santuario de Fátima de una iglesia dedicada a la Santísima Trinidad. Y es que el mensaje es profundamente trinitario, tal y como señaló Lucía al referirse a la aparición del 13 de junio. Lo que allí pudo contemplar, amar y adorar le acompañaría desde su vida de infancia hasta el claustro del monasterio. Es lo que le llevó a escribir muchos años después: “No deseo nada más, nada más ansío, el misterio de la Santísima Trinidad es para mí el más bello recreo”.

El mensaje de Fátima, otra manifestación concreta del amor eterno de Dios, no ha quedado desfasado en un tiempo en el que Dios parece haberse eclipsado. Hay quienes proclaman, más con los hechos que con las palabras, que Dios no tiene futuro. Sin embargo, don José Policarpo, patriarca de Lisboa, recordaba hace algún tiempo que ese futuro se llama Cristo, un rostro humano que quiere sentirse cercano al hombre. Es precisamente el amor de Cristo lo que nos transmite el mensaje de Fátima.

 

Antonio R. Rubio Plo
Historiador y Analista de Relaciones Internacionales

 

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