Fe, Razón e Historia

17 junio 2006

 

 

San Antonio de Lisboa

 



En casi todas partes se le llama San Antonio de Padua, pero no así en Lisboa, ni en Portugal ni en el mundo lusófono. Allí la denominación de este santo portugués y universal es la de San Antonio de Lisboa, ciudad en la que nació alrededor de 1195, en una casa junto a las puertas de la urbe medieval, donde hoy se alza una iglesia dedicada a su memoria. Pero la capital portuguesa contará también de aquí a unos años con un templo dedicado a San Antonio. Será la nueva catedral –o mejor dicho, concatedral- de Lisboa junto al Tajo, porque este río es “el alma de la ciudad”, en expresión del patriarca lisboeta, cardenal José Policarpo. Cuando este proyecto se haga realidad en un terreno de once mil metros cuadrados, cedido por el ayuntamiento y sito en la céntrica avenida del mariscal Gomes da Costa, Lisboa contará con un atractivo más para residentes y visitantes, uno más entre los muchos que hay rememorar o descubrir en esa fascinante ciudad asentada, como Roma, sobre siete colinas. A este proyecto de catedral se refirió el propio Juan Pablo II, en un discurso pronunciado en la iglesia de San Antonio, en su primera visita a Lisboa en mayo de 1982, y allí expresó el deseo de que esta iniciativa pudiera reunir a todos los portugueses en torno a San Antonio “en unidad de fe y armonía de corazones, para la gloria de Dios”.

Son días éstos de fiesta popular en la capital lisboeta, en la ciudad vieja, junto al castillo de San Jorge y la Alfama. Son noches de fuegos artificiales, bailes, música y comidas al aire libre –con las imprescindibles sardinas asadas-, de tradiciones de un tiempo no muy lejano que va asociado al recuerdo y la intercesión de unos de los santos más populares de la Cristiandad, importante referencia en la cultura europea. Devociones, favores e imágenes; presencia en los retablos, en las hornacinas y en la toponimia... Todo sirve para honrar al lisboeta más ilustre que, sin embargo, no es el patrono de Lisboa. A esto se añade además el reciente estreno de un film italiano, Antonio, guerrero de Dios, primero del director Antonio Belluco, hasta ahora un desconocido proveniente del mundo de la publicidad. Según nuestras referencias, no estamos exactamente ante una biografía sino ante la percepción que del personaje tiene un ladrón que le sigue porque está convencido de que el santo lleva consigo un tesoro. Belluco no es exactamente un hagiógrafo, pero parece valorar de modo especial el papel de Antonio como defensor de los derechos humanos, como el predicador que en sus sermones ejerce una denuncia profética de las injusticias cometidas por los poderosos de su tiempo. También ése es Antonio, pero en ningún caso –como sucede con los demás santos-, las circunstancias sociales y políticas que conociera pueden disociarse de su mensaje espiritual lleno de profundas ansias de unión con Dios. No puede explicarse de otra manera su habitual representación con el Niño en brazos, en tantas imágenes en las que sólo parece tener ojos para su Jesús, en las que se nos muestra como si estuviera ajeno en esos instantes a todo lo que hay alrededor. Algunos intelectuales pueden llegar también a reducir a Antonio a un hombre de teología, filosofía, de la ciencia y las humanidades de su época, plasmadas en la elocuencia de sus sermones en la que la glosa de la Escritura llega a altas cimas. Sería mucho, pero muy poco para quien supo obedecer el consejo que le diera por escrito su superior, Francisco de Asís: estaba bien enseñar teología a los frailes, pero procurando no extinguir “el espíritu de oración y devoción, tal y como se contiene en la Regla”.

En Antonio el predicador hay sencillez, paralela al saber. Hay sencillez porque hay amor, porque su vida responde a la entrega total de la vida, tras la llamada de Cristo. En aquel mayo de 1982, Juan Pablo II lo presentaba como ejemplo en la homilía de una misa para los jóvenes portugueses. Les habló de Santa Isabel, de San Juan de Dios y, por supuesto, de su San Antonio de Lisboa, santos de caminos diferentes, pero todos ellos “enamorados del ideal de la verdad y del amor, movidos por el Espíritu y Cristo”. Ese ideal llevó al joven noble lisboeta Fernando de Bulhoes a convertirse en Antonio, a abandonar la quietud de los monasterios de Lisboa y Coimbra para hacerse fraile franciscano, a dejar su amado Portugal en busca de una imposible acción misionera en Marruecos, y a terminar sus días en Italia con una constante llamada a la conversión, al encuentro personal con un Cristo capaz de enamorar y colmar la vida.

 

 

Antonio R. Rubio Plo
Historiador y analista de relaciones internacionales

 

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