Fe, Razón e Historia

27 agosto 2006

 

 

San Maximiliano María Kolbe: por el camino de María

 


De san Maximiliano María Kolbe se recuerda, sobre todo, su sacrificio que salvó la vida de Franciszek Gajowniczek, aquel prisionero desesperado ante la idea de una muerte tan repentina como injusta que le separaría de su mujer y sus hijos. Evocamos enseguida ante la mención de este santo al propio Jesús cuando afirma que “Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos” (Jn 15, 13), pero hay otra faceta de san Maximiliano que no debe pasarnos desapercibida, pues su vida entera gira en torno a ella: el amor a la Inmaculada. A pocos se les presentará la oportunidad del martirio, de la entrega de la propia vida como consecuencia del amor a Cristo, pero a todos se nos ofrece una misma y valiosa oportunidad en el camino hacia la santidad: el trato con María. Un camino seguro para ser santo es ser muy mariano. María es el camino más recto para llegar hasta Jesús, pues ser mariano significa que se aspira a poner en práctica la recomendación de la Madre en las bodas de Caná: “Haced lo que El os diga” (Jn 2, 5) .

No es casualidad que la existencia terrena de san Maximiliano se acabara un 14 de agosto, el de 1941, cuando una inyección letal terminó con su vida, tras ser condenado, con sus compañeros de Auschwitz, a morir lenta e inexorablemente de hambre. Aquel enamorado de María salió al encuentro de su Madre en la víspera de la Asunción. Se había cumplido así lo que la Virgen, según testimonio del propio santo, le anunciara en una aparición cuando tan sólo tenía diez años. La Señora le ofreció entonces dos coronas, una blanca y otra roja, símbolos respectivos de la pureza y del martirio. Raymond – todavía no había adoptado el nombre de Maximiliano- aceptó las dos. El ofrecimiento de María se identifica con la voluntad de su Hijo de dar a beber a sus discípulos más cercanos el mismo cáliz que Él bebió: el de los padecimientos físicos o morales que adquieren así un valor redentor que completa el sacrificio del Calvario. Pero antes de que eso llegara, Maximiliano está muy próximo a la Madre del Redentor. Cuando hace los votos solemnes como franciscano, añade el nombre de María al de Maximiliano. Quiere ser enteramente de María, estar consagrado a Ella, tal y como hiciera en el siglo XVII san Luis María Grignon de Monfort. Desea que sus pensamientos, palabras y acciones pertenezcan por completo a la Inmaculada. Pone sus intenciones en sus manos para que María pueda acomodarlas a su voluntad que no es otra que la de su divino Hijo. La vida, la muerte y la eternidad de san Maximiliano giran en torno a María. Esta es la mejor opción que un cristiano podría hacer: acogerse a Aquella de la que proceden todas las gracias de Dios. Es un camino que no defrauda, que fortalece, un rumbo seguro para navegantes. Optar por María es adherirse a una teología de la humildad. María es el camino sencillo y de los sencillos. Hay itinerarios espirituales que son abruptos y dificultosos. En cambio, el itinerario de María es recto. No se le ahorran las dificultades a quien quiera seguirlo, pero se camina por él con confianza, con la misma confianza que un hijo pueda tener en su Madre.

Tampoco es casual que la devoción a la Madre del cielo sea promovida en muchos cristianos por la madre terrena. La madre de san Maximiliano que, por cierto se llamaba María, contribuyó a despertar en aquel niño el amor por la Virgen de Czestochowa, faro seguro de tantas generaciones de polacos. María Kolbe influyó decisivamente en que su hijo, un niño inquieto y algo travieso, se acercara a la Virgen y abandonara en Ella su destino. Eran los primeros años del siglo XX y a la nación polaca le quedaba un duro camino que recorrer: los totalitarismos harían mella en su carne pero no así en su espíritu. Mas, en medio de las tormentas, los católicos polacos tenían siempre un punto de referencia: nuestra Señora de Czestochowa. Era la Reina de la Paz que protegía a Polonia en medio del fragor de las guerras y de las revueltas políticas y sociales. La Virgen sería también un símbolo de victoria; la Mujer que aplastó la cabeza de la serpiente, despertaría la confianza filial de san Maximiliano que, a finales de la década de 1930, expresaba la convicción profética de que un día se podría ver la estatua de la Inmaculada en el centro de Moscú junto al Kremlin.

En los primeros años del siglo XXI hemos asistido a la esperanza que supone el retorno de Polonia a Europa. No se trata tan sólo de entrar en una organización como la UE sino sobre todo del reconocimiento de que Polonia no es ya un lejano país del Este, pues está anclado, y no sólo geográficamente, en el corazón de Europa. Muchos polacos del siglo XX hicieron posible el reencuentro entre Polonia y Europa, comenzando por Juan Pablo II. Fue elegido Papa en Roma un 16 de octubre de 1978, una significativa coincidencia con otro 16 de octubre romano: el de 1917, cuando en la Ciudad Eterna san Maximiliano y otros seis religiosos de su Orden se consagraron a la Virgen como caballeros de la Inmaculada. Surgía así la Milicia de la Inmaculada, instrumento de devoción mariana que el santo y sus compañeros extenderían por el mundo desde Polonia a Japón, pasando por la India.

San Maximiliano María Kolbe es también otro ejemplo para nuestro siglo, una demostración con hechos de cómo la defensa de la dignidad de la persona humana se construye más sólidamente si se hace desde el amor. Ese amor, que no es otro que el amor de Cristo, supera con mucho todas las aspiraciones del corazón humano. Mas no olvidemos que tenemos la mejor Maestra en la escuela del amor: la Virgen Inmaculada, a la que san Maximiliano consagró su vida entera.

Antonio R. Rubio Plo
Historiador y analista de relaciones internacionales

 

 

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