Escribiendo en cristiano

13 enero 2007

 

 

CARTA A BENEDICTO XVI

 

 

Santidad:

 

Me gusta imaginar que leerá estas líneas. Entre otras cosas porque  el amor de Dios siempre nos ayuda a soñar con lo imposible. Sería como abrazarle, como abrazar al mismo Dios. Las palabras obrarán el milagro. Mejor dicho, lo hará el amor que traza el significado más profundo de estas palabras que escribo. Palabras que quisieran ser brazos muy largos, palabras que balbucean esperanzas, palabras que rezan y que tantas y tantas veces sufren de impotencia a lo largo del tiempo.

 

Santidad, le escribo porque es la única forma que tengo de hablarle, de tenerle más cerca. Porque no quisiera otra cosa que estar a su lado, como un monaguillo invisible. Mientras está en Valencia, junto a las familias, quisiera ver muy de cerca su rostro, atender al matiz de cada sonrisa o gesto. Sé muy bien que usted no es usted. Que dejó de ser usted el día en el que le dijo sí a Dios. Por eso le escribo y le quiero tanto: porque usted es Cristo, el nazareno. Y porque el amor me puede y no me deja permanecer callado.

 

El amor al Papa es un signo que caracteriza al cristiano. En una filiación tan misteriosa como necesaria. Mi fidelidad a Dios pasa por mi fidelidad al Papa. Necesariamente. Y esto no es una exageración fundamentalista o un culto extremo. Se trata de un querer divino, algo que mi alma precisa en su lucha por la santidad. Así pues le pido, Santo Padre, que me deje estar a su lado. No molestaré. Se lo prometo. ¡Quisiera contarle tantas y tantas cosas! Aunque sé que en la intimidad de su corazón usted me lee y me escucha. Porque el Espíritu Santo hace que todo sea posible. Una vez más. Y siempre.

 

Le escribo porque apenas se hacer otra cosa, no soy lo que se dice un hombre práctico. Al menos lo que el mundo entiende como tal. Y esto es algo que a Ana -mi mujer- le pone bastante nerviosa, se lo puede imaginar. Pero ella, pese a la angustia que está pasando a causa de una enfermedad, está a mi lado y me quiere. De hecho, en este mismo momento, ofrezco nuestro amor y nuestras dificultades por usted, por su fortaleza de Pastor universal. Todo lo nuestro es suyo, todo lo que tenemos y somos. Bienvenido a España, bienvenido a nuestra casa, bienvenido a nuestra familia.

 

De sobra sabe que andamos acosados por un laicismo furibundo, que mal disimula su odio a Dios. Quieren destruir el matrimonio, quieren manipular la libertad de educación con embustes sin cuento. Y en cuanto pueden hacen burla y escarnio de lo más sagrado, en un derroche de publicidad, comadreo, corrosión moral y subvenciones públicas. Por eso es ahora tan importante su presencia entre nosotros. No voy a perderme ni una de sus palabras Santo Padre, ni una. Sabedor de que es el mismo Jesús el que habla, el que nos visita, el que nos anima, el que nos ama.  

 

Santidad, ¡qué cerca estamos del Cielo! Siento la misericordia de Dios a través de su persona, y siento la oportunidad de la conversión de un buen número de almas, comenzando por la mía, que tanto lo necesita.

 

Déjeme abrazarle muy fuerte. Y déjeme pedirle su bendición. Le quiere como no imagina su hijo

 

 

GUILLERMO URBIZU

 

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