Escribiendo en cristiano

04 junio 2006

 

 

Invertir en la educación de los hijos

 

 

En los tiempos que vivimos cualquier oportunidad es buena para comprar la primera fruslería que se pone a nuestro alcance. Se tenga más o menos dinero. Da igual. Con préstamo o sin préstamo. A plazos o a tocateja. El caso es hacer nuestro el capricho. Da lo mismo su grado de trivialidad. Si me apetece no me lo puedo negar. Mío hasta la tumba. Y si la conciencia repiquetea en nuestra alma, nos reconforta pensar que sólo se vive una vez, que bastantes padecimientos sufrimos, o cualquier otra majadería por el estilo. Y así se nos va pasando la vida, entre sacadineros de la más variada estirpe y necedades sin cuento.

 

Sin embargo nuestra cicatería presupuestaria adquiere proporciones de escándalo precisamente cuando atañe a asuntos realmente importantes. Por ejemplo la educación de nuestros hijos.  Es curioso. Somos capaces del sacrificio más extravagante por ellos, ¿no es verdad? Como el de esos juguetes incomprensibles que se ven por todas partes, o esas abracadabrantes actividades extraescolares, o viajes a Estados Unidos e Inglaterra (el inglés es ya casi una religión). Pero a la hora de elegir colegio parece como si nos diera un poco igual o se nos encogiera lo que entendemos por sacrificio. Y priman factores como la proximidad a casa, las perfectas instalaciones deportivas o -entonces sí- un precio prudente.

 

Podemos pensar que la formación más importante se da en casa. Y es cierto. Pero habría que cerciorarse de si es verdad que en casa nos ocupamos de nuestros hijos y no los dejamos al albur del ordenador, de la televisión o de terceras  personas. Es decir, si actuamos como padres responsables. ¿Hablamos con nuestros hijos dedicándoles el preciado tesoro de nuestro tiempo?, ¿les ayudamos a resolver sus dudas (y no sólo las académicas) anticipándonos a sus problemas?, ¿jugamos con ellos a los indios, al ajedrez o al escondite?, ¿rezamos en familia?

 

Los hijos son nuestro mejor negocio. Y a los negocios hay que dedicarles tiempo, ganas, y una constante inversión. Si queremos creer en su rentabilidad por supuesto. ¿Qué es lo más importante? No todo en la vida es una batalla competitiva. Hay que trascender lo académico, buscando desde su excelencia una coherente formación humana, una educación fundamentada en una jerarquía de valores y de virtudes humanas y espirituales. Porque mejorar la sociedad comienza por elegir para nuestros hijos un colegio donde se les ayude a ir adquiriendo un fuerte sentido de la solidaridad cristiana, donde se les encauce hacia una perspectiva de la futura profesión como actitud de servicio a los demás. Lo que siempre se ha entendido como vocación. Esa es la verdadera madurez.

 

Como padres deseamos lo mejor para nuestros hijos. En definitiva, queremos que sean felices. Pero la felicidad no es una dimensión que se mida en sofisticación o dinero.

 

 

GUILLERMO URBIZU 

 

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