Escribiendo en cristiano

13 enero 2007

 

 

 

LA TEORÍA CONYUGAL ES LO MÁS FÁCIL

 

 

Pensaba ahora que en todos los aspectos de la vida sabernos la teoría es lo más fácil. Sobran libros, cursillos y seminarios, toda una nutrida bibliografía del matrimonio y su responsabilidad. Lo difícil es cuando llega la hora de vencer las tentaciones, cuando por entremedio de la fidelidad se meten los sentimientos más variados, esas tonterías que a veces nos da por pensar. O soñar. Esas fantasías que nos hacen aflojar en la vida de piedad, en los detalles con nuestras esposas o con nuestros esposos. Al principio no les damos importancia. Es un pequeño consuelo nada más. Y el demonio acaba llevándonos a su terreno.

 

La vida es dura, nadie lo niega. A veces muy dura. Y la rutina nos puede llegar a resultar inaguantable. Por ello -quizá al principio sin darnos mucha cuenta- buscamos compensaciones, algo que nos redima del tedio (no olvidemos que el tedio está muy cerca de la tibieza), algo que nos procure un poco de cariño extra, de una satisfacción sentimental que siempre nos parece escasa. Es entonces cuando comienza el insensato jugueteo. Y lo que era inconsciente se vuelve un poco más consciente. Imágenes, deseos, pensamientos. Creemos, con Calderón de la Barca, que “los sueños, sueños son” (aunque a veces deriven en pesadillas), y fantaseamos  a gusto con unas dadivosas caricias, o con besos que no nos corresponden. Nadie se da cuenta.  Y, además, no hacemos daño a nadie. Pero, ¿estamos seguros de eso?

 

En primer lugar está la ofensa a Dios. Por venial que nos pueda parecer. Tras ella, la falta de delicadeza con nuestra mujer, o con nuestro marido. Y al demonio no hay que darle ninguna facilidad, pues puede acabar abrasándonos el alma en un fuego no precisamente agradable. Estamos de acuerdo en que no somos de piedra, pero debemos ser más conscientes de nuestra nulidad, ser juiciosos, pues la experiencia nos enseña que todo lo que aleja de Dios -por pequeño que sea- acaba alejándonos de la felicidad. Más tarde o más temprano. Y la fidelidad conyugal es un don de Dios que hemos de pedir cada día.

 

La búsqueda de compensaciones es fruto del egoísmo. Porque lo que deberíamos estar pensando, en una gimnasia espiritual perseverante, es todo lo contrario: ¿cómo puedo dar gusto a mi mujer, o a mi marido? Ah, me dicen, pero es que “no sabes tú lo insoportable que se ha vuelto”, o “ya no tiene el atractivo de antaño”, o “vivimos como familiares lejanos”, o “sólo piensa en los niños (o en sus amigotes, o en el trago, o en el fútbol)”. Y el padre de la mentira que es Satanás, todo lo va enredando. ¿Recordáis? La inquietud comenzó con aquella entelequia, tan seductora. En vez de poner nuestro anhelo de cariño en el Corazón de Cristo, decidimos que la imaginación -“la loca de la casa”- nos procuraría una satisfacción más adecuada, y además a corto plazo.

 

Pero nada está perdido. Desconfiemos de nosotros mismos y volvamos a contemplar, con enamorada fascinación, el amor de Dios. Un Amor que nos pondrá sobre la pista de la verdadera belleza de nuestra mujer, o de la verdadera bondad de nuestro marido. Lo demás es una pantomima. En la que nos jugamos el alma.

 

 

GUILLERMO URBIZU    

 

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