Escribiendo en cristiano

04 junio 2006

 

 

El síndrome Código da Vinci

 

 

 

Todo lo que rodea a la historieta de Dan Brown es, en resumidas cuentas, una secreción financiera elevada al cubo de la memez. Todo se vende al mejor postor en esta nueva Babilonia. Absolutamente todo. Y me hace gracia la ingenuidad de algunos cuando llaman a rebato -por poner un ejemplo- a la productora de la película diciendo que todavía está a tiempo de rectificar escenas que atentan contra la verdad. Pero, ¡por amor de Dios! ¿Desde cuando la verdad tiene algo que ver con los dividendos o con el botín? ¿Desde cuando la mosca o vil metal hace acto de  conciencia? Los de Sony todavía están partiéndose de la risa.

 

El síndrome Código da Vinci consiste, principalmente, en escupir doblones. En forrarse, vamos. Y punto.  En forrarse a costa de los crédulos de siempre, capaces de engullir cualquier tipo de paranoia pueril. Sin inmutarse. Desde esa premisa se debe analizar todo lo demás. Perder la dignidad intelectual, estética o moral les trae al pairo a los promotores del asunto, entre otras cosas porque es imposible perder algo que nunca se ha tenido. Están ahí para acumular dólares -como el tío Gilito-, que es de lo que se trata y en lo único que trajinan. Porque nunca es suficiente. ¿Que simplifico? ¿De verdad lo creen? Desde luego cada uno es libre de narcotizar su cerebro a capricho.

 

Sé que hay quienes ven en todo este tinglado la mano viuda de la masonería, o de los judíos más radicales, o vaya usted a saber. Es obvio que los enemigos de la Iglesia Católica son legión (nunca mejor dicho), y no hay que despreciarlos. Aprovechan cualquier fisura para blasfemar su bilis. Y además el morbo vaticano vende más que nunca. No hay como asomarse a los escaparates de las librerías para darse cuenta de ello, con todos esos volúmenes tan despampanantes como huecos. Porque la perversión de la verdad tiene una irresistible tendencia hacia la nada, hacia el vacío.

 

Pero la peor secta, señores míos, es la de los innumerables zoquetes -muchos de ellos cristianos- que creen a pies juntillas cualquier tontería que se publica o se filma o se dice. Sin procurarse mayor información. Y con voz afectada presumen de su propia necedad, en un pormenorizado karaoke. La peor secta es la de todos aquellos que creen saber algo y no saben de misa la media, conformándose con la arbitrariedad y la frivolidad como única referencia mental. La peor secta es la de todos aquellos que piensan que Dios es una ficción y sin embargo entregan su vida al esoterismo más pelmazo.

 

En fin, dinero y estupidez, una combinación de lo más inquietante.

 

 

 

GUILLERMO URBIZU

 

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