Escribiendo en cristiano

06 octubre 2006

 

 

El abanico de seda

 

 

El abanico de seda, de Lisa See

Traducción de Gemma Rovira Ortega

Editorial Salamandra. Barcelona 2006. 317 págs.

 

  

 

Un buen libro es acicate de muchas cosas. Previsibles algunas, otras no tanto. Las horas que invertimos en él se transforman en un tiempo sin tiempo. Mejor: en un tiempo de otro tiempo, que nos hace más conscientes de nuestra frágil pero intensa realidad. La que nos ha tocado vivir a cada uno. A veces notamos un algo raro, como si nos estuvieran escribiendo a nosotros mismos, formando parte de aquello que leemos con más o menos inteligente demora. Las palabras se anudan en un universo de emociones y sentimientos. Y el lector avispado puede encontrar entre ellas el resquicio por donde avistar su propia alma. Entumecida tal vez, después de no poca molicie. Y es que la buena literatura nos despierta a una más clara percepción de la costumbre.

 

Bueno, pues yo quiero dar fe de que la novela El abanico de seda, de la norteamericana nacida en París Lisa See (1955), pertenece a ese tipo de libros excelentes. Un libro sobre el que han recaído diversas distinciones, como el de mejor libro del año en California. Pero eso es lo de menos. A lo que vamos. Sobre un fondo de cultura china y paisaje rural, se va dibujando la historia de unas mujeres sojuzgadas por la rutina machista desde niñas, pero redimidas por algunas tradiciones milenarias. ¿Las más llamativas? La posibilidad de poder alcanzar el privilegio de tener una laotong o alma gemela (algo mucho más perfecto y delicado que el pertenecer a una simple hermandad de amigas), y el aprendizaje de un lenguaje secreto entre mujeres llamado nu shu.  

 

Y será precisamente este lenguaje y su estudio (la novelista llegó a conocer en sus investigaciones sobre el terreno a la última hablante) aquello que servirá de inspiración para la escritura de El abanico de seda. Lisa See va construyendo el andamiaje de una historia cuyo eje central será el amor. Un amor de amistad -del que habla con aguda inteligencia C. S. Lewis en su libro Los cuatro amores (Rialp)- con sus adentros y sus alrededores, con sus alegrías y sus tragedias, con sus amores y sus miedos. Lirio Blanco nos va contando el argumento de su vida, ya nonagenaria, como una forma de seguir unida a sus recuerdos, como una forma de agradecimiento a Flor de Nieve, su alma gemela, que la quiso “por todo lo que era y por todo lo que no era”, con la lealtad más firme.

 

En un mundo donde la mujer está predestinada a ser una posesión más del hombre, a ser menos que nada, indigna desde el mismo momento de su nacimiento (carecen de valor), la relación entre dos laotong y la escritura secreta femenina cumplen una función de rebeldía, de reivindicación de su dignidad. Como hijas, como esposas, como madres, y como amigas. En realidad asistimos a una extensa meditación sobre ello, desde su entramado familiar, donde los personajes van desgranando sus astucias, su nobleza o su ridícula jactancia. “Vivimos para satisfacer los caprichos y los placeres de los demás”. Pero en otro momento dirá Lirio Blanco: “Quien diga que las mujeres no pueden influir en las decisiones de los hombres comete un enorme y estúpido error”.

 

A destacar el profundo lirismo que lo impregna todo en estas páginas, la búsqueda de un sentido que trasciende el dolor y la presencia habitual de la muerte (“no hay vida sin muerte”). El yin y el yang, el hallazgo de la armonía. El loto dorado del alma. El amor que perdona. Sólo al final de su vida podrá comprender la protagonista la hondura de aquello que le decía su madre: “La belleza sólo se consigue a través del dolor. La paz sólo se encuentra a través del sufrimiento”. En definitiva, una delicia de novela, elegante y seductora como pocas.

 

Guillermo Urbizu

 

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