Escribiendo en cristiano

06 julio 2006

 

 

 Amor a la lectura

 

 

 

 

La vida es un temblor, una inquietud que se contempla en el espejo del tiempo. Luces y sombras entre una muchedumbre de indeferencia. O el revuelo de unas lágrimas en el rostro, mientras el óxido del otoño reza de belleza el paisaje de los años. Nada es inútil. Cada brizna de lenguaje es la obertura de una memoria futura que nos recuerda tal y como somos. Pero ¿qué somos? Ésa es la seducción que nos carcome, la emoción más pura que puja en el  alma del hombre. Nada es inútil. Nada. Porque amamos. Y buscamos ser amados. He aquí el sentido último de la rutina, o el de la mirada, o el de la lectura.

 

Leer es no cansarse de mirar. Es como sumergirse en el sueño de una fotografía y su profundidad. Una fotografía que es imagen muda de un paisaje incierto pero a la vez definitivo. Desde su fondo otra mirada nos observa, en una lengua que se adivina curiosa y llena de delicados secretos. ¿Qué nos dice su estilo, que nos sugiere su ritmo? Las palabras meditan sobre su propio silencio. Su pecho respira acompasado, en la prosa de una plegaria o en la estrofa de nuestras vidas. Leemos aventuras, metafísica, memorias, poesía… Cada libro leído nos aporta al menos una idea, o mejor aún, una efusión de compañía.

 

Uno a uno suma ensueños, caricias o desasosiego. Emanación de una presencia invisible que amanece cada mañana en la biblioteca. La luz, en su crepitación, toma conciencia de nuestra soledad. Ahí están. Sus lomos son el alfabeto de una evocación, y de una pérdida, pulcramente alineados en afinidad de dones. Nada es inútil. Nada. Y abrimos los libros como quien abre sus alas al vuelo de lo imprevisto. Mientras con la altura vuelve la elasticidad a los entumecidos músculos del alma. Sin ruidos, sin la mezquina altisonancia de la prisa.

 

El amor a la lectura es cada vez un bien más preciado. Su criterio nos orienta en el precario sarcasmo de la mentira. Su imaginación nos redime de una realidad insuficiente. Su armonía nos traduce el significado oculto de la lluvia. Y su pasión nos aboca a la causa primera de toda experiencia (o excelencia). Comprar un buen libro es, en si mismo, un acto intemporal, un gesto cuya dimensión no alcanzamos a comprender del todo. En esas pocas páginas nos reunimos personalmente con Montaigne o Tácito, con Pérez-Reverte o Salinas. Porque leer es una conversación. Y también la mejor manera de aprovechar el tiempo, porque no en vano es la mejor manera de interpretarlo.

 

 

GUILLERMO URBIZU

 

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