Escribiendo en cristiano

01 septiembre 2006

 

 

Carta a Dios

 

 

 

Dios mío, en los márgenes del tiempo vamos dejando el verano, pero no su imagen, que en el alma queda impresa. El tiempo, hecho añicos, pasa. Pero no pasa la encrucijada de la luz entre las ramas de los plátanos, o el afecto de los niños, o el abrazo de mi mujer, o los cuerpos desechos de tantas guerras (sin distinción de razas). Vida y muerte, dolor y resurrección. No tenemos que perder de vista nada, porque de todo Te sirves. Cada alma y cada detalle son importantes. Y mi visión de la vida es de perplejidad. Lo miro todo como un recién nacido, y cada mirada es un comienzo. Mi asombro no se desenvuelve en el tiempo, es el tiempo el que se adentra en mi asombro. El poeta Luis Rosales decía que para ver es preciso mirar mejor que saber. Y tenía razón.

 

La poesía que asume la vida es la ontología de Tu mirada, esa mirada que es memoria, acto de ser. “Devuélveme memoria prodigiosa / la conciencia profunda del instante”, dice un poeta amigo en  versos que paladeo una y otra vez. Y esa memoria prodigiosa sólo puedes ser Tú, el mismo Dios, porque la conciencia profunda de lo que hago y digo adquiere en Ti la textura del estremecimiento, el amor con el que admiro y vivo. ¡Es tan sobrenatural todo, tan sencillo! La humildad nos ayuda a comprender y las palabras nos ponen en nuestro sitio. Son muy pocos los que entienden Tu misericordia. Yo, Dios mío, no leo para saber. Es un afán distinto el que me consume. Leo para ver -para verte-, para ser cada día un poco más santo. Porque la poesía, la literatura, el arte, nos desvelan ante todo la santidad de las cosas, esa entraña Tuya  que nos interroga, sugiere y completa. Nada es baladí, nada carece de importancia. En cualquier lugar que mires hay algo que nos sorprende y nos identifica Contigo.

 

El mundo se sostiene en lo pequeño. Un simple verso es capaz de trastocar la historia de un alma. Con una sola palabra -“hágase”- creaste de la nada el entero universo. Y la misma palabra hizo también posible que Tu Verbo se encarnara en María, nuestra Madre. Una palabra tan solo, un “sí” a Tu voluntad, afecta al entramado más íntimo de la creación. Estamos hechos de amor. Estamos hechos de Ti. Cuando leemos y escribimos -cuando miramos- estamos en realidad rezando. O cuando hacemos cualquier otra labor por amor Tuyo. E inmersos en este reparador diálogo vivimos. Vivimos y nos percatamos “de la infinita vanidad de todo”, como cantaba Leopardi. Y yo me fijo en los santos, y leo sus vidas. ¡Cuánta docilidad a la gracia!, ¡cuánto todavía por aprender! Crear significa creer.

 

Salgo de casa. La belleza con la que me tropiezo a cada paso es un impulso sobrenatural por la que nos arrebatas el alma. Cada hombre con el que me cruzo por la calle me interroga sobre Ti, y cada árbol es una meditación de Tu gloria. La luz enhebra sus hojas en fronda de oración. Visión y contemplación. Saber mirar es saber amar. El amor es anterior -e interior- a espacio y tiempo. Te veo en todo, Te siento en todo (y en todos), Te toco en todo, Te leo en todo. Todo eres Tú. En cuanto sale uno de si y entra en Tu intimidad,  irremediablemente se transforma y transforma a los demás. Sin remedio y sin mérito alguno por nuestra parte.

 

Cuida del hombre y del mundo que nos regalaste. Y concédenos el don de la paz, de la conversión constante. Ah, y gracias por escucharme, por estar siempre a mi lado. Tu hijo

  

GUILLERMO URBIZU

 

 

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