Escribiendo en cristiano

04 junio 2006

 

 

Cine infantil en familia

 

 

 

 

Estos días, por motivos estrictamente familiares, he visto un par de veces la película protagonizada por Emma Thompson. De entrada no me hacia mucha ilusión someterme a una nueva sesión de cine para niños. Les seré completamente sincero: no me hacía ninguna gracia. Es más: malditas las ganas de volver a ver otro pastiche infantiloide. Pero entre eso y tener que aguantar las continuas quejas de los hijos, uno está dispuesto a casi todo. Mientras esperaba mi turno para sacar las entradas miraba de rondón los títulos de algunas otras películas un poco más adultas. Ana -mi mujer- se percató del hecho, porque escuché en mi oído diestro: “chitón, la familia para estar unida debe ir a todo unida”.

 

¿A todo? No sé, no acabo de verlo claro. Y en esos momentos entró en juego el atractivo mundo de las personales apetencias. En una palabra: el egoísmo. A uno le hubiera gustado más un pausado y tranquilo recorrido por librerías amigas, o tomar un café capuchino mientras leía los últimos poemas de Olvido García Valdés. O pasear entre los tilos o los plátanos, tanteando mi felicidad por los cinco dedos de la mano de ya se pueden imaginar quién. Porque no sé a ustedes, pero a mí el tiempo se me escapa en una hemorragia que parece no tener cura. ¡Tantas cosas por hacer!, ¡tantos libros por leer! La tentación es siempre la misma: ir a lo mío. Pero para un padre de familia cristiano ir a lo suyo significa desatender fundamentalmente dos realidades: Dios y su familia. Precisamente las que constituyen su identidad, el quicio de su vocación.

 

La experiencia nos lo demuestra día a día. La imprudencia del activismo alocado produce en nosotros un espeso desaliento. El trabajo se convierte en la excusa, y la excusa en arbitrariedad. No hay tiempo para el Dueño del tiempo, no hay vida para aquellos a los que tantas veces denominamos “nuestra vida”. Y llega un momento en el que el trabajo se convierte en un cómodo refugio donde se aloja el disparate de un buen pasar. Por eso al final decidí ver “La niñera mágica” con los míos. A pesar de mi capricho o desazón. En primera fila, con una sonrisa, y con una  enorme bolsa de palomitas en el regazo. Las luces se apagan, silencio, comienza la sesión.

 

Y ocurrió. Quiero decir que “La niñera mágica” me gustó. En aquellos momentos me pareció una de las historias más bonitas jamás contadas. Esa familia era mi propia familia, con sus cuitas y alborotos, con su desorden y cariño. Una pandilla de locos que se quieren de verdad. Y los niños van aprendiendo poco a poco (a levantarse a la hora, a dar las gracias, a obedecer…), de la misma forma que el padre, tan desasosegado por el dinero y su enajenamiento, aprende de sus hijos a escuchar. Pero todos necesitan de un algo más, de un poder superior, de una “magia” extra que, simbolizada en el bastón de la niñera, no es otra cosa que la gracia de Dios. Ese milagro cotidiano que es visible si uno enfoca el alma al objetivo de la fe. A su cordura.

 

Si hubiera cedido al egoísmo pertinaz de mis frecuentes avutardas -¿librerías, paseos o cafés capuchinos?- no hubiera disfrutado de la película, ni de la compañía de aquellos que me quieren por lo que realmente soy. Y por eso la volví a ver: para seguir aprendiendo de mi familia a saber querer.

 

 

GUILLERMO URBIZU

 

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