Escribiendo en cristiano

13 enero 2007

 

 

 

EL PAPA Y LAS FAMILIAS

 

 

El Papa ya se ha ido, dejando tras de sí un rastro de bonanza cordial y gratificante. Los que tienen oídos han escuchado el bullicio alegre de un millón y pico de personas. En su mayoría familias deseosas de hacer valer su amor sacrificado. Mujeres y hombres de todos los continentes que rezaban, escuchaban, gritaban, aplaudían. Las almas de los niños agitaban banderines y alzaban sus manos como palomas. Reconocían que Dios pasaba a su lado. Y se encaramaban sobre las mochilas o sobre los hombros de sus progenitores. Querían contemplar el rostro del Papa, reconocer en sus rasgos el origen de la alegría.

 

El Papa se ha ido ya de Valencia. Y las familias han vuelto poco a poco a sus hogares. Cansados, pero prestos a la lucha. El cristianismo no es un capricho, ni una terapia de grupo. Es la necesidad de identificarse personalmente con Cristo. Es volverse loco de amor, sin ambigüedades ni dilaciones. Todavía suena el eco de las palabras, pero son más nítidas las imágenes que ya no podremos olvidar nunca. El servicio constante de los más jóvenes, la hospitalidad de los voluntarios, el resplandor  solícito de las madres, los sacerdotes absolviéndonos de la tristeza, padres organizando juegos… Nadie se quejaba, en una solidaridad  pletórica de fe y comprensión.

 

En Valencia hemos estado una familia compuesta de un millón y medio de personas. Una familia compuesta de cientos de millones de almas. La Iglesia Universal en torno a Benedicto, “el abuelo del mundo”. La transmisión de la fe encuentra su cauce natural en el seno de la familia. En ella es en donde se siembra el núcleo de la piedad, en ella es en donde el individuo aprende el significado redentor del dolor, en ella es en donde el cariño -a pesar de las dificultades- moldea un corazón dispuesto a darse constantemente a los demás, sin oponer  indiferencia o comodidad.

 

La familia educa las veinticuatro horas del día durante los siete días de la semana. Sin vacaciones ni arbitrariedades convulsas. Es iglesia doméstica, escuela de virtudes y universidad donde se cursan asignaturas como la decencia o especialidades como la delicadeza. Los padres y abuelos son libros abiertos que se leen con claridad y provecho, aquellos donde uno debe estudiar las coordenadas de una existencia consciente de su privilegio. Porque la familia es un privilegio. Quizá -y sin quizá- uno de los más altos. La familia es teología de la ternura.  En ella comienza, para cada uno de nosotros, la misma intimidad de Dios. Es decir, la santidad.

 

Pero también la familia debe ser educada. Y todo empeño es poco. Comenzando por los padres. Para así poder ayudar a los demás con un entusiasmo más riguroso y eficaz.

 

Ya nos iremos contando. Nos volveremos a ver en Méjico. Gracias a todos.

 

 

GUILLERMO URBIZU

 

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