Escribiendo en cristiano

09 diciembre 2006

 

 

Fieles para siempre

 

Sí, es posible ser fiel, y serlo para siempre. Porque es posible ser santo. No nos podemos conformar con menos

 

 

Hace poco estuve en una boda. Los saludos de rigor. Abrazos y besos. Todos con sus mejores galas. Al entrar en la iglesia uno se da cuenta que la presencia de Dios en el sagrario es ignorada por la mayoría de los asistentes. Son pocos los que hacen una genuflexión, como serán pocos los que se arrodillen durante la consagración. Resulta que estamos perdiendo la compostura ante Dios, y no le damos importancia. Se suceden los cuchicheos. ¿Quién reza por los novios? Y la liturgia se desvanece entre aplausos, fotografías y voces, en un despiste generalizado, en un desaliño espiritual de consideración.

Yo observaba detenidamente a los contrayentes. Personas a las que quiero mucho. Estaban felices. “El corazón alegre es buena medicina”, dice el libro de los Proverbios. Oré para que durante el resto de sus vidas fueran fieles entre si y fieles a Dios. Fieles para siempre. Y me repetía estas palabras una y otra vez durante la ceremonia. Fieles para siempre. Las tentaciones serán fuertes, el desaliento recurrente. Más si descuidan los sacramentos y una vida de piedad mínima, que son el soporte de la verdadera alegría. Todos lo sabemos por propia experiencia.

Porque sin Dios la fidelidad es una palabra más, hueca de alma. Y el “para siempre” un dislate lleno de buenas intenciones, que acaba claudicando tarde o temprano ante la avalancha de vicios. ¿Qué es lo que falla en los matrimonios? Desde luego el amor se confunde demasiado a menudo con el placer egoísta, o con una pasión primeriza. Cuando la bonanza es cosa de dos días, y las contrariedades de la vida van tomando posiciones poco a poco. Es el momento de aprender a rezar con confianza, de vivir con sacrificio, de amar con pureza.

Cuando descubrimos -día tras día y 24 horas al día- que ya no todo es tan perfecto como parecía (¡qué importancia la del noviazgo!). Cuando se suceden los primeros gritos, los celos o las mentiras. Cuando el cansancio hace mella. Cuando dudamos de todo. Es entonces cuando es urgente retomar el pulso de Dios en nuestras vidas. Sólo así renacerán aquellas palabras de cariño o las olvidadas caricias. Debemos convencernos: las crisis de los afectos tienen mucho que ver con la dispersión de la fe, con la pérdida de la gracia.

La “fidelidad para siempre” es un don de Dios, pero también un constante ejercicio de virtud. Es decir, de paciencia, de lealtad, de pudor, de prudencia, de mansedumbre y, sobre todo, de perdón. Cediendo un poco más de nuestra parte.

Sí, es posible ser fiel, y serlo para siempre. Porque es posible ser santo. No nos podemos conformar con menos.

guillerurbizu@hotmail.com

GUILLERMO URBIZU

 

Página principal

darfruto.com