Escribiendo en cristiano

13 enero 2007

 

 

 

La bondad de mi suegra

 

 

 

Imposible, dirá alguno. No hay suegra buena. Todas acechan, importunan, zascandilean. Son cargantes hasta la extenuación y disparatadas por vocación. Amigo tengo que al saber que iba a escribir sobre este tema me ha dicho: “Guillermo, son malas, no le des más vueltas”. Es verdad que conozco matrimonios que andan a la greña por culpa de las suegras, llegando incluso a la separación. Poco a poco han ido encizañando la intimidad conyugal, creyendo que hacían un favor a su hijo o hija, tan benditos. ¡Qué disparate!

 

Desde luego si hay una virtud inexcusable en toda mujer, y ya no digamos en una suegra, esa virtud es la discreción. Pero ser prudente en gestos y palabras requiere en estos casos un desprendimiento efectivo (no afectivo), un amor bien entendido. En una palabra: que no hay que ser pesados. “Cada uno en su casa y Dios en la de todos”, reza el refrán. Y es que hay madres que llevan muy mal el “compartir” el cariño de sus retoños (ya entrados en años), lo que provoca en numerosas ocasiones la prolongación en el tiempo de una inmadurez filial que es abrasiva para el propio matrimonio y para la relación familiar.

 

Pero pese a la mala fama de las suegras, no es menos cierto que  todas las generalizaciones acarrean graves injusticias. Lo fácil es la broma, el chiste, la guasa y la chirigota. Cada uno de nosotros podría poner abundantes ejemplos en uno o en otro sentido. Decir que todas las suegras son despreciables es como decir que todos los niños son inaguantables, o que el ideario de todas las esposas se limita al ordeno y mando. Y no es así, queridos amigos, aunque parezca difícil de creer. Porque en la vida hay de todo, incluso suegras aceptables y alguna que otra excelente. No caigamos en el lugar común, en lo manido. E intentemos ponernos de cuando en cuando en su lugar. Para comprender y prevenir las trifulcas.

 

Me voy a fijar en mi suegra, que es la que más cerca me queda y la que yo conozco mejor. No exagero si digo que es una mujer piadosa y equilibrada (pienso que esto último es fruto de lo primero), que desprecia los prejuicios y las mentiras como si fueran la misma peste. Una mujer sensata, que jamás se mete en donde no la llaman. Una suegra que viene poco por casa y que nos ayuda en lo que necesitamos realmente, no en hipótesis exhibicionistas que no van a ningún sitio.

 

Y puede que el medidor más exacto para calibrar el buen hacer de una suegra lo encontremos en la palabra y en la simpatía de los niños. Es decir, en sus nietos. Ellos se dan cuenta y hablan a las claras. No engañan, no actúan, no simulan afectos. Si existe un trato natural, si jamás oyen discutir a sus padres por causa de lo que la abuela diga o deje de decir, si tienen unas ganas tremendas de ir a su casa, la cosa va bien. Y la suegra es lo que debiera ser siempre: una ayuda de primer orden para el matrimonio, que refuerza su unidad conyugal y es parte esencial de la familia.

 

Recuerdo muy bien que cuando murió mi madre (ver mi artículo); lo primero que le dije a mi suegra fue que a partir de ese momento ella pasaba a ser mi madre. Me salió del corazón, y unos cuantos años más tarde lo sigo sintiendo así. Y doy gracias a Dios por ello.

 

 

GUILLERMO URBIZU

 

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