Escribiendo en cristiano

01 julio 2006

 

 

La importancia de un partido de fútbol

(Segunda carta a un padre de familia)

 

                                                                  

Para José Luis Sanz, agradecido 

 

Normalmente uno jamás tiene ganas de hacer lo que debe. Las excusas se ciernen sobre nosotros en un extraordinario juego de fastos y efectos, mientras la voluntad es maniatada por lo estrictamente apetecible. Deambulamos entre bostezos televisivos y pretextos holgazanes. Lunes que es ya martes de un miércoles vecino. Jueves en la posibilidad del viernes o del sábado imprevisto. Y esos domingos horizontales en los que una tediosa  extravagancia -disfrazada de chándal- sestea sin remedio. Proclamamos nuestro cansancio con cuquería. Con afectación presumimos de un trabajo que utilizamos muchas veces a conveniencia. Suspiro a suspiro nos parapetamos detrás de tan esforzada argucia ronaldeando conversaciones conyugales o la siempre latente amenaza de los críos.

 

Nos cuesta mucho dedicar tiempo a todas esas circunstancias que nos supongan un esfuerzo familiar, o incluso social. El caso es que andamos equivocados de dimensión. No se trata de tiempo, se trata de amor. “¿Y papá?”, pregunta alguien a bocajarro. Instintivamente nos encogemos en el recoveco de nuestros hábitos y vamos preparando una contundente respuesta. “¿Ha visto alguien a papá?”. No hay forma de escabullirse, el cerco se estrecha. Aquí están. “¡¡Papá!!”, grita el pequeño mientras se lanza en plancha sobre nuestro gesto hostil. “¿Jugamos al ordenador o a las cartas Magic?”. Sin embargo nos resistimos. Estamos muy cansados. (Porque ya saben ustedes que las madres no conocen la fatiga). Y ¡hay tantas cosas por hacer! Cosas, cosas, cosas. Cosas y más cosas que sobrecargan nuestro ceño y confunden nuestro entendimiento.

 

Pero de cuando en cuando se produce el milagro. El padre de familia se incorpora en toda la extensión de su deferencia y pronuncia unas palabras. Escuchémosle: “Chicos, tengo una idea”. Tras un murmullo de admiración, continúa: “Vamos a ver un partido de fútbol”. Increíble, sobre todo teniendo en cuenta que no le gusta ese deporte. Las mujeres de la familia optan por escabullirse. “¿Quién juega?”, pregunta el mayor. Da lo mismo, es el mundial. Y comienza el partido. El padre observa a sus hijos con delectación, piensa que nada hay comparable a su compañía. Salta con ellos, grita al árbitro con ellos… Y cuando llegan los goles bailan todos juntos una extraña danza festiva entre abrazos y alaridos.

 

Decididamente este juego no tiene pies ni cabeza y le parece bastante cargante. Pero hoy es distinto. Las reglas son otras, y los verdaderos jugadores son sus hijos. Están disfrutando como pocas veces. Su risa es la rúbrica de una felicidad única. Hablan por los codos. Porque saben que la verdadera estrella del partido es su padre, que en esta ocasión no anda en fuera de juego. ¿El resultado final? La familia ha ganado, desde luego. Por goleada.

 

 

GUILLERMO URBIZU

 

 

 

 

 

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