Escribiendo en cristiano

13 enero 2007

 

 

 

Mi mujer está enferma

 

 

Y yo la quiero más que nunca. La veo tan desvalida que me entran ganas de llorar. Me siento cansado, impotente, confundido. Uno no sabe lo que es el amor hasta que no conoce el dolor. Nos miramos los dos con mayor urgencia. Tomo sus manos trasparentes, y vivo prendido a ellas. Su tacto es mi equilibrio. Su caricia mi redención. Necesito estar con Ana, pasear con ella, ver juntos alguna película (la película es lo de menos), o sentarnos debajo de los tilos. A su lado yo prefiero el silencio. Tal vez porque me sienta más cerca de Dios, y las palabras me estorben. Ella prefiere que le hable, que le cuente, que le diga. Y reconozco que muchas veces no me sale, que me tengo que esforzar para hilvanar un par de frases. Es como cuando uno está delante del sagrario y cierra los ojos, y percibe la presencia del milagro. Ana es mi sagrario, mi milagro. Siento su respiración, el pulso de su alma en la mía. ¿Para qué tantas palabras? Pero la entiendo.

 

Al escribir ahora de ella estas mismas palabras se me adelgazan en un hilo de voz. Los médicos esgrimen sus dictámenes ante nuestra atónita preocupación. Los fármacos parecen marcar el ritmo de los días y de las horas. Y el agotamiento deriva en un corrosivo escepticismo, en una tenaz angustia. La prueba es dura. Hasta rezar se hace cuesta arriba. Pero rezamos. Y ofrece su enfermedad por la vocación de nuestros hijos, por el Papa o por las almas del Purgatorio. Entre otras cosas. A veces basta una jaculatoria, o apretar en el puño el rosario. Estando junto a ella no dejo de aprender. Ana no puede vivir sin entregarse a los demás. En continuos detalles que en sus actuales circunstancias se me antojan heroicos. Y pese a que no soy precisamente ningún modelo de marido, os digo que en estos momentos de contrariedad intento estar más tiempo con ella. Para quererla como merece, y para que nuestro matrimonio cuaje en una felicidad sin parangón.

 

La ansiedad le cerca en su devaneo y desafío, pero -aunque no lo comprendamos del todo- es indispensable para su santidad. Y para la mía. Ana no es Ana. Quiero decir que es mucho más que Ana. Mucho más que una mujer encantadora y guapísima. Ana es ahora el mismo Cristo sufriente, el verdadero sostén familiar. Su eficacia es corredentora, mucho más allá del ordinario revuelo que es toda madre de familia. No hay desengaño posible ni miedo que nos arrugue. El día de Santiago Apóstol celebraremos nuestros primeros 15 años de casados. Y lo haremos recorriendo este particular vía crucis. Con esa alegría interior que sólo la misericordia de Dios puede hacer posible. Con la certeza de que es señal de predilección. Y de mejora.

 

Quiero a Ana en toda la extensión de su cuerpo y de su alma. Todo lo que soy es gracias a ella. Y gracias a Dios, que nos presentó. Muy pronto estará mejor.

 

 

GUILLERMO URBIZU

 

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