Escribiendo en cristiano

13 enero 2007

 

 

 Oración de una madre

 

 

Oh mi amado y buen Jesús, apenas me queda tiempo para Ti. ¿Puede ser? ¡Qué vergüenza! Un día y otro ando desquiciada en mil afanes, segura de poder solucionarlo todo, de llegar a todo. Sí, Tú eres Dios, mi alegría y mi descanso, y Te quiero. Pero dime, si yo fallo, ¿quién hará las cosas? Ya ves mi casa, entre el ajetreo de los niños y sus estudios, entre la compra, las comidas y el polvo de las estanterías. Y atender a mis padres -tan mayores ya-, y a mis hermanos, sobrinos y demás parientes. ¿Mi marido? No creas que se me olvida. Ya sé que quieres que le atienda con más mimo, que cuide de su alma, que tenga paciencia. Pero ayúdame con él, Jesús mío, porque es como si siempre tuviera que llevarme la contraria. ¿O me lo parece a mí?

 

Es una de las peticiones que quiero hacerte. Darme sin resquicios a mi marido, darme sin nervios a mis hijos, darme por entero a todos los que llevo en mi corazón. Pero quisiera hacerlo con un cariño más profundo, más delicado, más sosegado y, sobre todo, más sobrenatural. Porque la vida va a tal velocidad -¿o soy yo la que me precipito?- que es como si me faltara el aire, el oxígeno de Tu gracia. Sé que pierdo el resuello mil veces en naderías, sin darme tiempo a tocar con mis manos la eternidad de Tu Providencia. Ya me ves ahora, cabizbaja y agotada, ante Ti… No ando muy bien de esperanza Jesús mío, de confianza en Tu divino proceder. Y como lo reconozco Te lo digo. Ayúdame a ser más tuya. Quisiera arrodillarme durante el día en todo lo que hago, que no haya gesto ni palabra que no sea para Ti. Para ver en cada una de mis tareas una pequeña parte de esa cotidiana liturgia  que desemboca en Tu Amor omnipotente.

 

Jesús, que no se apodere de mí nunca más el grito o la exasperación, el enfado o el zaherimiento. Y como no soy indispensable -aunque a veces lo piense- Te ofrezco desde ahora todo lo que soy. Toma mi corazón, mi boca y mis manos, y sé Tú su latido, su palabra y su ternura. Que se note el cambio, la conversión de mi conducta. Y que cada sonrisa, o lágrima, sea un acto de piedad en toda regla. Un signo más de Tu presencia en mi vida. Te lo ofrezco todo, mi Jesús, hasta a mis hijos. Tómalos para Ti, para Tu gloria. Transforma también mi matrimonio en una continua revelación de alegría -sin discordias o discusiones estériles-, en un aluvión de bienaventuranzas que sirva para que las almas de nuestros familiares y amigos se acerquen más a Ti.

 

Y una última cosa Jesús mío, que sabes que me cuesta especialmente. No dejes que piense que tengo siempre la razón. Aunque la tuviera. Con tu ayuda quiero aprender el difícil arte de  callarme a tiempo. Haciendo de ese silencio la oración más perfecta, la genuflexión más delicada. A ejemplo de María, Madre de todas las madres.

 

 

GUILLERMO URBIZU    

 

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