Escribiendo en cristiano

24 julio 2006

 

 

Saber vivir y el placer de releer

 

 

Hablamos constantemente de calidad de vida, pero es un hecho que cada vez vivimos más angustiados y desengañados de todo. En un ahogo espiritual evidente. Las necesidades que nos vamos creando son monederos falsos, que diría Gide . Las prisas son los grilletes que nos lastran el alma, inmóvil entre tanta precipitación alelada. Corremos de alucinación en alucinación, en una carrera errática y superficial. Nada acabamos de conocer, porque en nada nos demoramos lo necesario. Sin fijeza deambulamos en el paripé de una existencia abocada a la triquiñuela. Y la felicidad no es una estadística, ni un horóscopo, ni una moda. Como tampoco lo es el esfuerzo, o la sabiduría. Saber vivir es respirar profundamente, y ser consciente de ello. Para descubrir en nosotros, al fin, el perfume y la llama. Como diría Juan Ramón Jiménez .

 

La relectura es volver a vivir, pero con un sesgo distinto. Mirar con pausa los márgenes de nuestro alrededor. Releer significa amar de nuevo, aventurarse en lo imprevisto de unos signos que nos sugieren el furor y el misterio que explicitó René Char . No es el mismo libro -aunque lo parezca-, porque nosotros ya no somos los mismos. Ni por asomo. Hemos aprendido a subrayar el silencio, y descubrimos emociones distintas en la intimidad del texto. No damos tanta importancia al argumento, y apreciamos más los pequeños detalles. Algo que ya decía Pío Baroja . Esos detalles que nos permiten seguir el rastro de la enjundia que es toda emoción, de la esencia que es toda belleza.

 

Con los años releemos más no sólo porque hayamos aprendido a valorar más lo que más valor atesora. Releemos más porque sabemos que el tiempo no es eterno, aunque lo eterno arraigue en el tiempo. Hay que aprovechar cada minuto, sin dilapidar el gran patrimonio de gozo que nos ofrece la luz cada mañana. Y vamos tomando con mayor frecuencia esos libros de lomos arrugados y páginas gastadas. Esos libros que hemos leído una y cien veces en viajes y consultas médicas, en excursiones y en iglesias (la poesía es acicate de la piedad), en piscinas y umbríos pinares. Volvemos a leer La montaña mágica de Thomas Mann o los Cuentos de Julio Cortázar, los Cuatro cuartetos de T.S. Eliot o El río de sombra de Antonio Colinas. Libros todos ellos plagados de anotaciones a nuestra propia vida.

 

La madurez ya no sé si la da el tiempo, o es más bien su relectura. Ese cerrar los ojos mientras abrimos las páginas de la memoria. Instantes que fueron el prólogo de un encuentro plagado de sentido. Libros que jalonan algo más que la hojarasca de nuestros días. Libros que nos recuerdan que somos lenguaje estremecido. Libros que certifican que el hombre es la traducción más aproximada de lo divino.

 

¿Habré releído algo similar en Novalis o en Edmund Jabès ? Pudiera ser.

 

 

GUILLERMO URBIZU

 

Página principal

darfruto.com