Escribiendo en cristiano

13 enero 2007

 

 

Se escribe mejor de aquello que se ama

 

 

 

Es cuando las palabras se encienden en piropos o cuando sueñas que la felicidad cabe en una sola frase. Palabras que envuelven un designio de cariño en minuciosas metáforas de inspiración tangible. Progresivo enamoramiento que se afianza en el sonido del tiempo, o mucho más allá de su breve lapso.

 

El alma del lenguaje es el lenguaje del alma que ama sin prejuicios, en un silencio que engendra un significado infinito. Por ello tantas veces la escritura se repite. Son variaciones sobre los mismos temas. Imagen de nosotros mismos, que somos encarnadura del misterio.

 

Poner el corazón en trivialidades nos parece ya lo habitual. Por eso se habla de lo que se habla o se escribe lo que se escribe, en incontables libros y sofisticadas combinaciones a la moda. Pero no siempre es así. Hay personas que se rebelan y hablan de lo que verdaderamente sienten. Con sincero afán, sin miedo a la intemperie.

 

Siguiendo su ejemplo, yo quisiera aquí hablar de nuevo de uno de mis amores: de mi mujer. Hoy es su cumpleaños. Y reconozco que decirle felicidades, hacerle un buen regalo o darle un beso, se me queda corto, muy corto. Porque repasas tu vida -nuestras vidas- y te das cuenta de que su presencia es, tal vez, el más alto don que Dios me ofrece.

 

Y digo bien: el más alto. Sin ella hasta el sentido de lo sagrado me resultaría incompleto. Su amor me perfecciona. Cada mirada suya me impulsa a descubrir nuevos matices de la alegría. ¿Qué decir? ¿Cómo expresarle mi agradecimiento? Yo soy como soy: un tipo más bien normal, incapaz de espléndidas sorpresas…

 

Pero de algo estoy seguro: de que la quiero. Y Jesús me habla en ella, en sus gestos de esposa entregada. Porque mi mujer forma parte de mi oración, de mi intimidad con Dios. Y quisiera amarla en consecuencia, con más provecho y delicadeza, con una fidelidad más pura. Luchando con la medianía de la costumbre, del “no puedo más”, del egoísmo rampante.

 

Felicidades Ana. A lomos de la luz te contemplo. Sonríes a la belleza interior de lo invisible. Todavía niña, perspicaz, inquieta maravilla. Tus manos trenzan mis sueños a tus días, y eres el sentido de mi vida, en una afectividad que de tan generosa parece sobrenatural. ¿Qué más da que me repita de nuevo? ¿Desde cuando el amor cansa?

 

 

 

GUILLERMO URBIZU 

 

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