Escribiendo en cristiano

13 enero 2007

 

 

 

Una carta de amor

 

 

 

Te quiero con locura. Para mí, como decía el poeta, “vivir es seguirte viendo”. Cada palabra que escribo, cada libro que leo (y leo muchos), me hablan sólo de ti. Y de Dios por ti. Me haces el más dichoso de los hombres. Cada vez que te miro -tan mujer, tan femenina- admiro más todo lo que es tuyo y que, por amor, es también para siempre mío. Y admiro todavía más aquello que mirar no puedo, pero que sí “veo”: tu gran corazón. Suya es la melodía que conmueve por entero mi existencia. Amor: no tengo otra razón para vivir, no vivo por otra razón. Porque estamos hechos de amor, porque estoy hecho de ti y para ti.

 

Amar y ser amado. ¿Qué más desnuda verdad puede anhelar el alma? Cualquier otra sabiduría es vana. Ni la mismísima poesía acierta a expresar del todo un poco de su inefable don. Amar y ser amado, en esto se conoce que el hombre es inmortal. Cada gesto se prolonga en su virtud, atesora una luz que transforma en infinito su valor. Amar y ser amado es dar cumplida respuesta al anhelo de nuestras vidas. Nada es igual para el que ama. ¿No ves el resplandor que nos rodea y es, a la vez, interior? Quisiera ser -sólo para ti- poeta. Y poder así nombrarte hasta la saciedad. Mejor dicho: hasta la santidad. Porque nuestro amor es algo santo.

 

En ocasiones enmudezco porque Dios me devora por dentro. No hablo porque busco escuchar en lo secreto. Y a veces me enfado por nada y, soberbio, te hago rabiar con mi silencio. Te pido perdón. No tengo derecho a hacerte sufrir. Además no puedo verte sufrir. Se me descoyunta el alma, pierdo el norte, las cosas carecen de sentido. Te quiero mucho. Y seguiría escribiendo y escribiendo, en letanía de amor, hasta desnudar las palabras. Eres en mi vida consuelo y fortaleza, entraña, esencia, alegría y esperanza. Eres todo eso y más, porque para mí eres la más acabada imagen de Dios. Y Dios, que es Uno, nos hace también uno a los dos.

 

Te escribo todo esto porque necesito dejar constancia, reflexionar sobre el significado de tu amor. Te contemplo en silencio y pienso que el recuerdo de todos los días que llevo junto a ti suma infinito. Conocerte fue uno de los mayores dones que ha experimentado mi corazón. Y mi vida sigue dependiendo de aquella primera mirada. Todo cambió, todo adquirió un sentido nuevo, pleno, lúcido. Como dice otro poeta: “todo era igual y todo era distinto”. Ayer, hoy y siempre. Los días van pasando, pero ni el tiempo es el mismo tiempo. Contigo cada instante es una dimensión distinta. Quisiera que esta carta -coja expresión del sentimiento- tuviera la delicadeza de una caricia y la donación de un beso.

 

Pero lo único que sé es que te quiero, que el corazón me puede. Yo nací el día que te conocí. Eres para mí un continuo cumpleaños. Y veo la luz a través de tus ojos, abrazo la misericordia de Dios en tu cuerpo, y creo que nuestro matrimonio es el fundamento real del mundo. Reza por mí.

 

 

GUILLERMO URBIZU

 

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