Escribiendo en cristiano

09 abril 2007

 

 

Vale la pena querer amar

 

El matrimonio debe estar unido hasta en la separación. Esto, que puede parecer una perogrullada, en realidad no lo es. El vínculo sigue presente, y la oración y el amor pueden obrar el milagro de lo que parecía imposible: del perdón.

 

 

Sin conocerlas, siento el dolor y la impotencia de muchísimas personas. Y el caso es que yo mismo me veo capaz de cualquier barbaridad. Sin la gracia de Dios sin duda sería así. ¿Quién soy yo para permanecer en Su gracia? Nada y menos que nada. Bueno, sí, soy hijo de Dios, que es serlo todo. De un Dios que me acoge siempre -haga lo que haga- en el sacramento de Su misericordia infinita. De un Dios al que comulgo en Su Cuerpo y en Su Sangre. ¿Conocéis una intimidad semejante?

Os voy a contar algo un poco confidencial. Hace pocos días, en la tertulia de después de la cena, mi hijo mayor -venía a cuento por la conversación en la que estábamos enfrascados- nos dijo: "Si vosotros os separarais la vida no tendría sentido para mí, todo me daría igual; ¡¡daría cada puñetazo!!". Mi mujer y yo nos quedamos helados. Y pensativos. El amor conyugal es una responsabilidad muy grande. Pero esta responsabilidad se fundamenta en la entrega divina. Porque Jesús se nos entrega cada día, en cada instante. Él se enamora de nuestro amor. Y nos impulsa a una delicadeza mayor con nuestra esposa o con nuestro marido.

Tenemos que rezar más, abandonarnos más en el Señor. Porque no nos entendemos ni a nosotros mismos. Y caemos una y otra vez en el dispendio de Su gracia que es el pecado. Sin fidelidad en lo pequeño. ¿Es posible ser santos en el matrimonio si nos abandonamos a mil fantasías o nos acostumbramos a un corazón enfermo de egoísmo? Nuestros hijos se dan cuenta, lo perciben. Necesitan vernos serenos, piadosos, alegres. Necesitan ver en nuestra mirada una caridad delicada, y sentir en nuestras palabras el tacto de la misericordia de Dios.

Pensemos despacio, con calma. No nos precipitemos en la angustia del momento. ¿Una mujer? ¿Un hombre? ¿Una crisis de madurez? ¿La bebida o la droga? ¿Un pánico incontrolable? Síguele queriendo y perdonando. Una vez y siempre. El Espíritu Santo y tu ángel de la guarda te ayudarán. Renueva ante Dios tu entrega cada día. Dile: "No entiendo nada de lo que nos pasa Dios mío, pero confío en ti, y te ofrezco todo lo que soy, cada lágrima. En Ti dejo mis miedos y mis planes y mi vida. Cuida de mis hijos, que no te abandonen nunca, y cuida del alma de mi marido (o de mi mujer, según sea el caso). Que no se pierda jamás, y que si ha de ser así podamos reencontrarnos en el Cielo. No entiendo nada, pero si Tú quieres que sufra este horror, lo acepto. Sólo te pido que preserves la alegría de nuestros hijos -que son Tus hijos-, para que sean santos y fieles a Ti.".

El matrimonio debe estar unido hasta en la separación. Esto, que puede parecer una perogrullada, en realidad no lo es. El vínculo sigue presente, y la oración y el amor pueden obrar el milagro de lo que parecía imposible: del perdón. No dialoguemos con la tentación de la desesperanza, del desánimo o de la tristeza.

¡A luchar! Hoy más que nunca. A luchar por ese amor que sigue ahí, en tu corazón casi omnipotente de esposa y madre. O de esposo y padre. Ninguno estamos libres de meter la pata.

La Virgen será nuestro consuelo al pie de la cruz, el ánimo y el revulsivo que necesitan nuestras acomodadas vidas. Ella es madre. Y sabe lo que es el dolor. Agarrémonos al rosario de su entrega total, de su abandono incondicional a la voluntad de Dios.

Guillermo Urbizu.

guilleurbizu@hotmail.com

 

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