Recursos para orar

21 marzo 2008

 

 

Eucaristía y Espíritu Santo

Textos para rezar al Espíritu Santo ante Jesús sacramentado

Preparados especialmente para la proximidad de Pentecostés

 

 

 

1

 

Ven, Espíritu Santo,
y envía del Cielo
un rayo de tu luz.

 

Ven, padre de los pobres,
ven, dador de gracias,
ven luz de los corazones.

 

Estamos aquí, ante Jesús sacramentado, de modo parecido a las santas mujeres después de la Resurrección, que se juntaban con María y los apóstoles en el Cenáculo. ¿Qué hacían allí? Perseverar en la oración, reforzar los vínculos de caridad y aguardar la Venida del Espíritu Santo. También nosotros nos preparamos para Pentecostés. Y le decimos: Ven, Espíritu Santo, ayúdame a convertirme en este fin de curso, que el trabajo de estos días, con su cortejo de agobios, impaciencias y cansancio, afine mi alma y me haga digna de Ti.

 

2

 

Consolador magnífico,
dulce huésped del alma,
su dulce refrigerio.

 

Descanso en la fatiga,
brisa en el estío,
consuelo en el llanto.

 

Dios vive en nosotros cuando estamos en gracia, somos su casa, su sagrario viviente. De modo análogo al bebé en el vientre materno, así quiere el Espíritu Santo que lo llevemos a todas partes, que lo cuidemos y lo sintamos. ¿Notamos sus llamadas silenciosas? ¿Le respondemos cuando nos impulsa a superarnos, a sacrificarnos, a vivir cara a Dios? ¿Reconocemos su voz cuando nos habla a través de otra persona: un amigo, un tutor, un sacerdote? ¿Buscamos su consuelo en la oración o manteniendo la presencia de Dios todo el día?

 

3

¡Oh luz santísima!
llena lo más íntimo
de los corazones de tus fieles.

 

Sin tu ayuda,
nada hay en el hombre,
nada que sea bueno.

 

Sin la gracia de Dios no somos capaces de nada, ni siquiera de reconocer nuestra miseria. ¡Cuánto necesitamos, por tanto, acudir a los sacramentos, en especial a la Confesión! En ella Dios misericordioso nos sale al encuentro para abrazarnos, como el padre de la parábola. ¿Cómo aprecio yo este encuentro con el Señor? ¿Vivo la confesión con fe y valentía? ¿Frecuento este sacramento para conocerme a mí mismo y ser como la Virgen, que aplasta la cabeza del diablo?

 

4

Lava lo que está manchado,
riega lo que está árido,
sana lo que está herido.

 

Dobla lo que está rígido,
calienta lo que está frío,
endereza lo que está extraviado.

 

Como un ama de casa que limpia, plancha, cocina, y decora, así el Divino Espíritu trabaja nuestra alma, para convertirla en morada de la Trinidad. ¿Cómo le ayudo en esta labor dentro de mí? ¿Mantengo a raya mi hombre viejo, esa parte de mí que sólo busca su capricho, su egoísmo y su sensualidad? ¿Sé mortificarme en las comidas, en la curiosidad, en la lengua? ¿Perdono a los demás para que el Señor me perdone a mí?

 

5

Concede a tus fieles,
que en Ti confían
tus siete sagrados dones.

 

Dales el mérito de la virtud,
dales el puerto de la salvación,
dales la felicidad eterna.

 

Como las cuerdas de una guitarra, el Espíritu Santo afina sus siete dones dentro de nosotros: sabiduría, inteligencia, consejo, fortaleza, ciencia, piedad y temor de Dios. Cuando somos dóciles a su inspiración, la música de nuestra alma siempre agrada al Señor y convertimos nuestro trabajo ordinario en un concierto maravilloso. Así vivió nuestra Señora, siempre rebosante del Espíritu Santo en medio de las faenas cotidianas. –Ayúdanos, Madre nuestra, a decir siempre sí a Dios, conviérteme como tú en faro esplendente y rico presente de caridad.

 

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