Imagen y presencia personal

16 diciembre 2006

 

 

Estética y ascética

 

La era de la comunicación ha introducido una nueva estética, en cuyo centro no está ya la obra de arte sino la imagen femenina. La nueva sensibilidad, sin embargo, también esconde el peligro de cosificar el cuerpo y reducirlo a una belleza puramente plástica. ¿Cómo recuperar la auténtica raíz de esta belleza, que es la intimidad? ¿Cómo interiorizar la cosmética y el arreglo, sino es mediante el autodominio y la superación personal? Pablo Prieto y Mª Ángeles Rodríguez.

 

 

¿Qué es la estética hoy?

Estética, esteticién y esteticismo

La esteticién estigmatizada

Discreta apología de la esteticién

Cosmética, ascética y buen humor

 

 

 

¿Qué es la estética hoy?

 

El profesor Pablo Blanco comienza su notable obra Estética de bolsillo con una anécdota personal que expresa muy bien la sensibilidad contemporánea. En una biblioteca italiana donde solía consultar tratados y ensayos de su especialidad, que es la Estética filosófica, la bibliotecaria le hizo una pregunta desconcertante: “Oiga, usted se dedica a la estética ¿verdad?” “Pues sí…”. “Entonces ¿me puede decir qué puedo hacer con mis arrugas?” [1].

 

El profesor Blanco hace notar no solo la confusión terminológica que demuestra este sucedido, sino también el empobrecimiento conceptual: ¡la ciencia de la Belleza reducida a pura cosmética!

 

No deja de ser irónico el proceso que ha seguido la estética hasta llegar a estos extremos posmodernos. Lo que en un principio nació como Filosofía de la belleza se fue reduciendo progresivamente, a lo largo del siglo pasado, a mera filosofía del Arte, para llegar por fin, como vemos en la bibliotecaria, a un arte entre otros muchos: el de embellecer el cuerpo. Se diría que esta ciencia, de tanto aproximarse a los objetos de su estudio, hubiera acabado confundida con uno ellos, renunciando a la universalidad propia de su método. La estética primero degeneró en esteticismo y luego ha acabado convertida en esteticién.

 

Gran pérdida, ciertamente, pues a la belleza necesitamos pensarla si queremos vivirla con intensidad y protegerla de sus falsificaciones. Hoy, en efecto, se llama estética a cualquier cosa, o se la invoca para justificar cualquier conducta o capricho.

 

Una constatación de ello la encontramos en ese espejo de la cultura actual que es Internet. Si escribimos “estética” en alguno de los grandes buscadores, por ejemplo Google, se nos remitirá a una gran cantidad de artículos (¡17.300.000!), la mayoría de los cuales se refiere a lo mismo que la bibliotecaria: la esteticién.

 

Ahora bien ¿ha sido tan negativo este proceso de transformación? ¿Y si en medio de tanto narcisismo y frivolidad hubiera salido a la luz algo verdaderamente nuevo y valioso? Cierto que los “institutos de belleza”, los gimnasios, las peluquerías, las clínicas estéticas y los centros de moda no son lugares de altos vuelos culturales, ¿pero acaso no se respira en ellos cierta ráfaga de humanidad que no encontramos en museos y academias? Por lo menos en las peluquerías se habla de la familia, los amores y los negocios, mientras que los catálogos de exposiciones, los suplementos culturales y las declaraciones de los artistas tratan de ideas muchas veces abstrusas y rebuscadas, y usan un lenguaje deliberadamente críptico, por no decir esnob.

 

A pesar de ello, los libros de estética filosófica insisten en centrarse en su objeto tradicional, que es la obra de arte, como el citado más arriba, donde se afirma tajantemente: “El arte es el tipo de belleza que tenemos más a mano, y esto es un hecho incontrovertible, casi un presupuesto teórico” [2].

 

¿Realmente esto es así? ¿Es el arte la belleza más cercana de que disponemos? ¿No están ahí, en nuestra familia y en la calle, las conversaciones bellas, los encuentros bellos y, especialmente, las mujeres bellas? ¿Y no son estas bellezas las verdaderamente decisivas en nuestra vida, más que las que contemplamos en museos, pantallas y exposiciones? Estas preguntas nos conducen a otra aún más radical: ¿Y si este gran remolino posmoderno, a pesar de su turbulencia, estuviera desplazando al arte como centro de la estética y poniendo en su lugar a la mujer? ¿No habría que celebrar tal mutación como saludable progreso de la cultura, que ha roto por fin con los viejos esquemas decimonónicos?

 

Peligroso asunto —dirán los moralistas—. ¿La mujer en el centro de la estética? Podríamos acabar de este modo admirándola como cosa bella, como objeto —y no sujeto— de placer estético, maniquí de hermosas curvas, material orgánico artísticamente manipulable, etc. Es verdad, y lamentablemente así ocurre con frecuencia. ¿Pero no se vislumbra también una perspectiva más personalista y cálida de la belleza? Al fin y al cabo la bibliotecaria hablaba de su propia cara y no de un lienzo o una talla de madera; por arrugada que estuviera, la suya es una belleza de alguien, no de algo; una belleza personal, con identidad e historia, con sangre corriendo por las venas, y más viva que todos los cuadros que llenan el museo del Prado. Su preocupación cosmética, además, estaba íntimamente ligada otras formas de belleza que los expertos suelen olvidar: la de las relaciones interpersonales. Pues, en efecto, ¿qué buscaba en su cutis esta mujer sino una relación hermosa con su marido, su familia o sus amigos? Y si es así, ¿quién sabe más de esta belleza que podríamos llamar relacional? ¿El teórico del arte o el modesto profesional de la esteticién…?

 

 

Estética, esteticién y esteticismo

 

Pero antes de proseguir es indispensable poner un poco de orden en el vocabulario relativo a este campo ya que, como se ve, está plagado de equívocos e imprecisiones.

 

Para empezar, nos hemos permitido un neologismo que nos extraña no encontrar en el Diccionario de la Real Academia, ya que está muy extendido y no hay equivalente castellano: esteticién. Proviene del adjetivo francés esthéticien, con que se designa a la mujer (esthéticienne) o al varón (esthéticien) que se dedican profesionalmente al cuidado de la belleza del cuerpo, particularmente el rostro. Con el mismo significado también se escribe así en castellano, pero cada vez más se prefiere escribirlo como se pronuncia, ‘esteticién’, aplicándolo tanto al varón como a la mujer: “Juan es esteticién”.

 

La palabra esteticién tiene la ventaja de designar también, de modo claro e inequívoco, una realidad que de otro modo habría que englobar en el término genérico de ‘estética’, ya de por sí bastante confuso. Se trata, en efecto, de la acepción 7 del Diccionario de la Real Academia, que reza así: Conjunto de técnicas y tratamientos utilizados para el embellecimiento del cuerpo. A esta noción nos referiremos en el presente artículo con el nombre de ‘esteticién’, reservando el de ‘estética’ para la filosofía de la belleza.

 

En sentido estricto, la palabra 'esteticién' se refiere sobre todo a las técnicas vinculadas con el cuidado del cutis y las uñas, como la manicura, la pedicura y la depilación, pero en un sentido amplio, que es el que va imponiéndose cada vez más, la esteticién incluye no sólo el universo de la cosmética, sino también la peluquería, la gimnasia, y la cirugía estética. En este sentido amplio, que es el que adoptamos en estas líneas, esteticién y cosmética vienen a ser palabras sinónimas.

 

También requiere aclaración el vocablo ‘esteticista’. Por un lado el esteticista es el partidario del esteticismo —actitud de quien identifica la belleza con el arte, y reduce su contemplación al mero placer subjetivo—, y por otro es, simplemente, el profesional de la esteticién. Cuando sea el caso procuraremos dejar claro a cuál de las dos acepciones nos referimos.

 

Ciertamente el esteticismo, heredado del romanticismo y consolidado en la modernidad, es el principal responsable de la hipertrofia contemporánea de la esteticién. No por ello, sin embargo, hay que poner bajo sospecha esta honrosa profesión, ni creer que conlleva inevitablemente una visión cosificante y reduccionista del cuerpo humano, por más que muchas veces, ¡lamentablemente!, sea así. En otras palabras, el esteticista-profesional no tiene por qué aprobar el esteticismo ideológico, es más, necesita librarse de él si quiere descubrir las posibilidades de humanización que encierra su oficio que, como veremos más abajo, son muchas.

 

Una vez aclarados los términos estética, esteticién y esteticista intentemos dilucidar los valores y contravalores que subyacen a estos términos.

 

 

La esteticién estigmatizada

 

La actual obsesión por la belleza corporal, por la esteticién, convive curiosamente con su más virulento desprecio. Se aplican a ella los mismos improperios que a la moda, de la que forma parte, pero con más dureza aún: se dice que tiraniza, aliena, deforma, adocena, explota; que es hipócrita, hedonista, cursi, totalitaria, opulenta, avasalladora, y por supuesto erótica, sexista y materialista; que es la responsable de la anorexia, la bulimia y otros trastornos psicológicos; se afirma incluso que es una nueva religión, con sus dogmas y sus ritos, los cuales se celebran en esa especie de santuario que son los “institutos de belleza”, y también los gimnasios, clínicas, balnearios y demás locales consagrados al bodybuilding. Y ciertamente no se puede negar que en estos sitios se respira un aire cuasi sagrado, de una seriedad tan exagerada que raya en la estupidez.

 

¿Qué fundamento tienen estas críticas? Todas ellas apuntan a un fenómeno incuestionable, que Montserrat Herrero ha descrito con gran acierto: “La era de la imagen se convierte fácilmente en la era de la apariencia; la realidad se juzga por lo que aparece, porque no es posible acceder a lo que las cosas son, a lo que es la persona. El conocimiento queda así reducido al nivel de la percepción inmediata” [3]. En este contexto el aspecto físico y el arreglo externo adquieren una relevancia social desmesurada, por encima del temple moral de las personas, la riqueza de su conversación o el argumento de su historia. Se trata, en definitiva, de un penoso empobrecimiento antropológico, tanto ético como estético, que podríamos sintetizar en los siguientes puntos:

 

● La belleza de la persona queda reducida a su belleza plástica (volumen, tersura, color, vellosidad, etc), como prueba el equívoco de la palabra ‘estética’, que venimos comentando en este artículo.

 

● Al subrayar los aspectos meramente físicos de la persona, esta estética empobrece el trato entre varón y mujer y su conversación pierde calidad humana.

 

● El amor erótico se sexualiza, se oscurece el sentido romántico y el trato entre enamorados se torna tosco y trivial.

 

● El cuerpo cosificado entra en la lógica consumista como un objeto más de disfrute subjetivo, e incluso de manipulación técnica y de comercio.

 

Estas apreciaciones, sin embargo, no deben exagerarse, pues hay pocas fashion victims que lleguen al punto de renunciar a un mínimo de libertad, creatividad y juego. Por mucho que insistan ciertos sociólogos y psicólogos, siempre queda un rastro de aquella moda genuina que brota desde dentro, y no sólo es disfraz impuesto desde fuera. En medio de tanta apariencia, siempre queda algo de aparición.

 

 

Discreta apología de la esteticién

 

Y no sólo eso. Como apuntábamos arriba, hay nuevos valores que la sensibilidad posmoderna está sacando a la luz. Cierto que para captarlos se requiere un vigoroso ejercicio de sentido crítico, pero no faltan personas audaces que lo realizan, entre ellos profesionales de la moda y el diseño, y por supuesto muchas mujeres con estilo. Yendo contracorriente, conocen lo difícil que es arrancar la costra de rancio esteticismo y de utilitarismo materialista que impregna nuestra cultura, pero tampoco ceden a la visión pesimista de ciertos sociólogos, que reducen la vida social al puro juego de las influencias [4].

 

¿Cuáles son estos valores emergentes? Hagamos también aquí una descripción escueta de ellos:

 

● En primer lugar, la belleza que la esteticién promueve es, como decíamos, de alguien, no de algo; es una belleza responsable, que sabe y responde de sí, lo cual la distingue de cualquier objeto artístico.

 

● De ello se desprende que la belleza cosmética es siempre reflexiva: por importante que sea la mediación de los profesionales, esta belleza incumbe en último término a cada sujeto, a cada mujer, que se convierte de este modo en tarea de sí misma. Ello permite un formidable ejercicio de autoconocimiento y autoestima que, como es obvio, escapa al estudio de disciplinas como la Teoría o la Historia del Arte.

 

● El valor estético de la cosmética, por consiguiente, no reside tanto en su carácter artístico, que sin duda posee, sino en acentuar una belleza de orden superior, no artística sino personal. Su resultado no es un objeto manipulado sino una presencia interpretada, es decir, un aspecto personal modelado y realzado en función de la intimidad que aflora en él. Este rasgo característico de las artes cosméticas, es decir, el hecho de supeditar lo artístico a lo personal, proporciona una valiosísima clave hermenéutica para la cultura de la imagen, y en concreto para afrontar la crisis en que, según muchos autores, se debate el arte contemporáneo [5].

 

● Por dirigirse a personas concretas, la influencia de la esteticién se proyecta en el trato de éstas con los demás, elevando el tono humano de la convivencia, e introduciendo en ella interesantes matices expresivos. El peinado y el maquillaje, por ejemplo, se incorporan a la conversación de la mujer y prestan como un complemento visual a su palabra, su gesto y su simpatía.

 

● A diferencia de museos, exposiciones y conciertos, la belleza cosmética ilumina la vida cotidiana, dignificando ámbitos como el hogar, la oficina o la fábrica. Esta hermosura discreta y subliminal proviene sobre todo de la mujer, cuyo arreglo permite irradiar con más intensidad y finura su mensaje humanizador.

 

● Tanto la esteticién como el vestido son un ejercicio de lo que podríamos llamar inteligencia táctil. Como ya hizo notar Aristóteles (De anima II, 9, 421 a 18 sq ), el tacto humano posee una finura excepcional, debido a que está informado por el espíritu. Eso significa que cada persona vive su cuerpo con diversos grados de intensidad, y que unos poseen un tacto más inteligente que otros. En la inteligencia táctil influye la formación tanto ética como estética. La virtud de la castidad, por ejemplo, proporciona una exquisita compenetración con el propio cuerpo, que esclarece su simbolismo amoroso. En sintonía con la castidad, la cosmética y el vestido también acentúan la unidad entre cuerpo y espíritu, y permiten a la persona hacerse a su propio cuerpo y vivirlo desde su intimidad.

 

● Otro valor estético del mundo de la cosmética es su vinculación con el juego, la fiesta y el deporte, y por tanto con la cultura popular. Aun siendo genuinamente estéticas, la modernidad ha excluido con frecuencia estas categorías del olimpo del arte, como lo demuestra el ambiente hermético, intelectualista, y con frecuencia aburrido, que rodea los museos y las exposiciones.

 

● En cuanto cultiva la belleza femenina y promueve su admiración, la esteticién —y la moda en general— desempeña un papel verdaderamente civilizador, ya que el aprecio hacia la mujer, y por tanto hacia su belleza genuina, es el principal índice de cultura en una sociedad.

 

 

Cosmética, ascética y buen humor

 

¿Como cultivar estos valores sin ceder al esteticismo materialista que los deforma? ¿Cómo conseguir que trasciendan a la cultura, que cuajen en el ambiente juvenil, que se plasmen en el arte, especialmente en el cinematográfico? En una palabra, ¿cómo admirar la corporeidad humana sin reducirla a belleza plástica?

 

Estas preguntas envuelven uno de los grandes desafíos éticos de nuestra cultura. De su solución depende, entre otras cosas, que la mujer no resulte atrapada en la civilización de la imagen, sino que se alce como su centro y su clave hermenéutica.

 

La mencionada solución debería ir en la línea de interiorizar la cosmética, es decir, armonizar la esteticién con las demás formas de superación personal, incluida la ética. En otras palabras, es necesario interpretar la belleza corporal como parte de una belleza integral, que es física y espiritual a un tiempo.

 

La propuesta no es tan extravagante ni forzada como pudiera sonar. Hay que pensar que la esteticién, con toda su guarnición de técnicas y procedimientos, conlleva una disciplina personal a veces muy rigurosa: dietas, gimnasia, higiene, tratamientos manuales, químicos y quirúrgicos, pautas de conducta, adiestramiento técnico, etc. Se trata en realidad de una actitud vital, que podríamos denominar temple estético, y que abarca todos los aspectos de la existencia.

 

Por si no quedara claro, la retórica publicitaria insiste en esta idea de belleza como forma de vida o disposición interior, que va más allá de usar tal o cual producto o tratamiento: se propone un estilo, un modo de ser, un tipo de feminidad, un modelo de relación amorosa, etc.

 

Ahora bien, estos ideales se mueven todavía en un nivel muy superficial: el de la apariencia externa. ¿Por qué no desarrollarlos hacia dentro, conectándolos con su verdadera raíz, que es la intimidad? ¿Acaso no lo exige el mismo temple estético de que estamos hablando? ¿No es la misma lógica de la cosmética la que conduce, de modo natural, a la ascética?

 

Ascética, en efecto, es el término clásico que mejor expresa este dinamismo superador que unifica en el hombre lo físico, lo psíquico y lo espiritual. Del griego asketés, que puede traducirse como ejercitación, gimnasia, entrenamiento, la ascética es en el fondo el alma de la estética corporal, la inspiración última de las prácticas cosméticas, que les confiere hondura humana, y con la hondura, también horizonte espiritual y desenfado. Pues ¿cómo entender la belleza del cuerpo si no es como esplendor de la persona, irradiación de su intimidad?

 

Entre la cosmética y la ascética, pues, hay que tender un puente, o más bien reforzar el que ya existe, aunque muy ligero e inadvertido. La tarea no es tan difícil si se afronta con imaginación y buen humor, y se sigue el ejemplo de tantas mujeres enérgicas y elegantes.

 

Pongamos un ejemplo. Más allá de las comidas, también se puede vivir una dieta visual, que mejore la calidad ética y estética de la mirada. En efecto, si frente a escaparates, anuncios y pantallas mantenemos a raya la curiosidad, concentrando la atención en unos objetos y desechando otros, no sólo mejoramos nuestra categoría ética sino nuestra sensibilidad estética. La mirada se torna así más sutil y penetrante, percibimos mejor las realidades personales, nos volvemos más aptos para la admiración y el agradecimiento. La mujer que adopta semejante dieta visual, en primer lugar capta mejor su propia belleza, luego percibe, más allá del aspecto físico, la intimidad del prójimo, y finalmente aprende a relativizar las otras dietas, las estrictamente corporales, y las lleva con desenfado y flexibilidad, pues comprende que se insertan en el contexto de una superación personal más amplia e importante.

 

Interiorizar la cosmética mediante la ascética es, como decimos, todo un desafío. Porque después de tantas críticas, sin duda lúcidas y atinadas, que se han vertido contra los excesos de la cosmética, ¿no es hora ya de proponer una solución constructiva, de cultivar una nueva mentalidad más positiva y renovadora?

 

 

Pablo Prieto y Mª Ángeles Rodríguez

pabloprieto100@hotmail.com

 

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NOTAS:

[1] BLANCO, Pablo, Estética de Bolsillo, Palabra, Madrid 2001, pp. 15-16.

 

[2] Ibidem p.17

 

[3] HERRERO, Montserrat, “Ética y cosmética” en Nuestro Tiempo, mayo 2003, p. 107.

 

[4] Este es, a mi juicio, el enfoque de Margarita RIVIÈRE, no exento sin embargo de grandes aciertos y agudas intuiciones. Cfr Lo cursi y el poder de la moda, Espasa Calpe, Madrid 1992. Las reflexiones de RIVIÈRE se encuadran en el gran debate posmoderno sobre la moda, en el cual suelen destacarse las siguientes obras: LIPOVETSKY, Gilles, El imperio de lo efímero : la moda y su destino en las sociedades modernas, Anagrama, Barcelona 2002; BAUDRILLARD, Jean, De la seducción, Cátedra, Madrid 1989; ECO, Umberto, Apocalípticos e integrados, Lumen, Barcelona 1990.

 

 [5] DANTO, Arthur C., Después del Fin del Arte. El Arte Contemporáneo y El finde de la Historia, Paidós, Barcelona 2003

 

 

 

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